Cultura Transversal

Soy el eslabón perdido

Posted in Autores, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 13 abril, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Hace poco, estuve escuchando los fragmentos que circulan por internet de una conferencia en la que un clérigo saudí nos demuestra la falsedad de la teoría según la cual la Tierra gira alrededor de su eje. De ser esto cierto, argumenta, si uno tomara un avión de París a Pekín, dependiendo del sentido en que la Tierra rotara, o bien jamás llegaría –pues la Tierra le “huiría”- o bien sería Pekín quien “llegara” hasta el avión, y no al revés. Y, ¿qué razones podría tener la capital china para moverse de su sitio? ¿Ir a encontrarse con un avión? ¡Ridículo, ja ja ja!

Sus razonamientos fluyen impecablemente construidos, pues no en vano del mismo tipo son los utilizados por los paleoantropólogos para defender la teoría de la evolución, a tenor de cuyos cultores los seres humanos somos descendientes de simios. En efecto, los paleoantropólogos sostienen, por ejemplo, que si hoy los hombres tenemos los molares así o asá es debido a que, en el érase que se era, a un simio se le ocurrió no restringir su dieta a los vegetales y empezar a comer carne y la masticación le endureció la dentadura, fortaleza heredada millones de años después por su descendencia en forma de mutación odontológica. Y es que, como todo el mundo sabe, si uno practica mucho deporte y se pone cachas, sus tataranietos del remoto futuro serán altos y robustos, y quien pierde un brazo en Lepanto tendrá descendientes mancos, de igual modo en que quien aspire a ser evocado en un lejanísimo mañana como el antepasado epónimo de descendientes rubios debe ir ya empezando a teñirse el pelo de amarillo.

Combinada con la escucha de las palabras del científico wahabí, la relectura de estas teorías me ha conducido hasta el descubrimiento de lo ilustre e importantísimo que soy. De hecho, soy el hombre más importante, con mucho, de cuantos actualmente habitan el planeta Tierra. Como lo oyen. Hay días que no pasan en balde, jornadas decisivas tanto para el desarrollo de la humanidad como para comprender el sentido de la propia existencia, y este ha sido uno de ellos. Y es que he descubierto que soy nada más y nada menos que el próximo eslabón perdido en la cadena de la evolución humana.

Me explico. Desde que empecé a utilizar el ordenador, escribo con el rotulador con mucho menor frecuencia que antes. Hoy me he dado cuenta de que he perdido un poco la costumbre y ya no apoyo los dedos sobre el mismo en la posición en que siempre lo hacía. Empuño el rotulador desde más arriba, el pulgar también lo apoyo más alto que antaño… No cabe duda de que nos encontramos ante un paso de gigante, un antes y un después, un brinco evolutivo de enorme calado y de que, dentro de dos millones de años, todos los humanos no sólo escribirán como yo lo hago ahora, sino que sus dígitos pulgar, índice y corazón se habrán convertido en aletas que les permitirán vivir bajo el agua.

Sé que para entonces no se recordará mi nombre. Mi identidad constituirá un misterio científico en cuya investigación mucha gente se hinchará a ganar dinero. Pero no importa. Ser el próximo eslabón perdido es ya suficiente honor. De todos modos, si ahora que aún estoy vivo alguien quiere tributarme por ello algún tipo de reconocimiento en forma de banquete de agasajo, contribución en metálico, vacaciones en alguna playa o donaciones en general, tenga por seguro que no lo rechazaré. Cuando más importante es uno, más humildad debe mostrar. Y yo, en eso, estoy decidido a ser también el número uno.

Foto: José Luis Chaín

 

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2 comentarios

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  1. Fliviano said, on 15 abril, 2016 at 12:49 am

    Apreciado amigo, excelente sarcasmo. No obstante, aclarar que el evolucionismo que criticas -acertadamente- es el de Lamarck; aquel que afirma que la jirafa tiene el cuello largo porque “érase una vez” el bicho no llegaba a la copa de los árboles frondosos africanos, y así, a base de estirar lo que le quedaba corto, finalmente consiguió alcanzar su objeto de deseo (y eso que tampoco hace falta tanto…); y no solo eso, sino también que sus descendientes, a base de estirarse sus padres, satisfacieran sus propios deseos (¡menudo chollo!). Pues bien, no. Me temo que los actuales evolucionistas convencidos, al leer este artículo dirán que no tiene ningún sentido la crítica, ya que la corriente (mitologista) prevaleciente se basa en la tesis Darwinista, aquella que, siguiendo tu ejemplo, afirmaría que solo evolucionarían y sobrevivirían adaptándose “al medio” aquellos que nacieran azarosamente (como si dos y dos no diesen cuatro) ya sin saber usar ese rotulador, sino la tecla; aquellos que nacieran de carambola sin saber hacer una circunferencia en la arena con un trozo de madera, o ni siquiera una “O” con un canuto, sin embargo vieran la luz ya diestros en hincar el dedo en un cuadradillo si más no viene hasta con los ojos cerrados; aquellos “especímenes humanos” nacidos fruto de un azar supuestamente derivado de “la tirada de dados de ADNs” provocada por no se sabe bien que “saltos genéticos evolutivos”, y que de este modo aparecieran neonatos con el dedo gordo afilado y hasta con webcam incorporada… En fin, es el mismo absurdo, pero parece mucho más sofisticado y científico; más difícil de desmontar racionalmente ante los ojos del común despistado … El que tenga tragaderas para tragar, que trague…

  2. Flamel said, on 19 abril, 2016 at 11:20 am

    Señalar únicamente que la ‘herencia lamarckiana’ -transmitir a los descendientes caracteres adquiridos en vida- está más que comprobada y demostrada para organismos simples como bacterias y similares y para seres asexuados. Por lo que de “fantasía” nada de nada, seguramente menos fantástica y más lógica que la neo-darwinista. Ahora bien, siempre hay que acotar muy bien el nivel en que esta teoría funciona y que no es la única fuerza existente. Por poner un paralelismo -salvando las distancias-: las leyes mecánicas de Newton y las leyes atómicas funcionan en diferentes niveles de realidad.


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