Cultura Transversal

Cuentos inquietantes

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 7 mayo, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Confieso no haber leído nada de Edith Wharton antes de sus Cuentos inquietantes, y que mi resolución de poner punto final a tal distanciamiento fue en parte propiciada por el sombrío caserón pintado por Albert Carel Willink y que ilustra su portada. ¡Eso es un caserón! Bueno… Miento. La verdad es que en su día vi en el cine La edad de la inocencia de Scorsese, basada en la novela de Wharton del mismo título, y fue como leerla porque, en ella, sonaba una omnipresente voz en off que nos declamaba pasajes de la autora coincidentes con la acción de la película. Si Daniel Day Lewis abría la puerta, se nos informaba: “Abrió la puerta con su parsimonia característica y, cuando aquellos dedos suaves suyos hicieron girar el pomo”… O, si Michele Pfeiffer se sentaba, se nos decía: “Se dejó caer sobre el diván silueteándose contra el ventanal”… Como si no lo estuviésemos viendo o hubiéramos ido al cine a leer. Un coñazo, en fin. Yo, para leer, no voy al cine: abro un libro, como he hecho con esta recopilación de relatos de Wharton que ha sacado Impedimenta.

¿Que a mi edad y con lo famosa que es bien podría haber leído a Edith Wharton mucho antes? Pues sí, pero he andado liado con otras cosas y, por lo demás, mi demora no viene sino a demostrar que nunca es tarde para descubrir a un escritor, un músico, una mujer o un tesoro escondido. La vida no cesa, en efecto, de sorprendernos a poco, claro, que nos coloquemos en el sitio de la cornada.

Inquietante es aquello que te escama y te inocula un cierto grado de incertidumbre. Vocablo emparentado con el presentimiento, nos remite a cualquier sensación -ligada al amor, el miedo, la reputación, la amistad, la posición social…- que en cierta medida te descoloca y turba, posicionándote en un estado de ánimo un punto zozobrante que te hace cobrar conciencia de que has de ponerte en guardia ante la eventualidad de que te estén haciendo la cama o puedas acabar como Roberto Calvi.

Leer los cuentos cosidos al lomo de este volumen no es ni mucho menos una pérdida de tiempo, sobre todo si se hace tumbado, pues, como apuntaba Luis Miguel Dominguín, el único tiempo que se gana es ese, el supuestamente perdido y que pasa uno en posición horizontal. Su lectura es, por el contrario, una experiencia de lo más sabrosa para el degustador de la prosa bien ritmada.

Cuento a cuento, y por citar cuatro de ellos, Después luce un título un tanto contradictorio con su argumento, por cuanto trata de un fantasma que se aparece a la gente ya desde un poco antes de morirse el muerto, valga la redundancia. Veredicto es la historia de un célebre pintor al que es encargado retratar de cuerpo presente a un colega no menos afamado. Los otros dos recoge las peripecias de un caballero inquieto por los pasados estados civiles de su esposa. Y La botella de Perrier recupera la atmósfera dominante en los viejos relatos sobre momias, en El invitado de Drácula de Stoker (que nos es servido en su catálogo por Ediciones del Viento) o en La Atlántida de Benoit, que Jacques Feyder llevara al cine en la etapa muda. En unos casos, al invitado le aíslan del mundo exterior los Cárpatos y, otras veces, como aquí, el desierto, pero el protagonista no deja nunca de ser un trasunto de Jonathan Harker.

Más allá de que este último relato –más karloffiano que los otros- sitúe a su actor principal en un escenario relativamente insólito, no deja de converger con los demás en un acercamiento literario a la naturaleza evanescente de los fantasmas de poca monta que a diario revolotean en torno nuestro. Casi nada, en el fondo, tiene la importancia que nuestra inquieta psique se inclina a otorgarle, y sorprende, en verdad, cuánto nos cuesta a veces pasar página a propósito de nimiedades convertidas en lastre por nada más que nuestra costumbre de malcriar a la mente. En base a tonterías, urdimos un monumental cuento. Y así un día, y otro, y otro…

Edith Wharton lo entendió muy bien.

Foto: José Luis Chaín

 

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