Cultura Transversal

Evocaciones

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 11 mayo, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Bueno, ya ha llegado Mayo y, con él, arrancado con muy buen pie el ciclo de la Sala García Lorca de Casa Patas, en el que La Cañeta, José de la Tomasa, Rafael Riqueni y demás flamencos en él acartelados festejarán al Santo Patrón de Madrid al tiempo que Roca Rey, El Juli, Diego Urdiales o David Mora hacen lo propio de luces y ante el toro. Tras el éxito de taquilla de la noche de Vicente Soto Sordera, a quien correspondió el honor del chupinazo y al que los aficionados aún dedicaban sus parabienes veinticuatro horas después, llegó el turno de colgar también el no hay billetes al chiclanero Antonio Reyes, garguero entroncado en una de esas estirpes en las que el arte flamenco y el de la lidia confluyen en acompasada yunta. No le habíamos escuchado antes cantar, pero los muletazos cargados de sabor vistos a su hermano Juan Ramón ya nos anticipaban que esta familia hace buenas migas con la virtud del temple, que es donde, junto con el sentimiento, reside todo el secreto del dominio del cante.

Mayo es mes floral y, más o menos a la vez, leímos, iba a declamar esa noche y en Barcelona sus versos Yevgeni Yevtushenko, uno de los poetas panegiristas del deshielo de Khruschev a quien, la verdad, yo creía descansando desde hacía años en Novodevichi, el cementerio de las glorias soviéticas. Mas parece ser que no, que todavía vive e imparte clases en las aulas del capitalismo estadounidense con rostro humano. De todos modos, la cosa no podía presentar dudas aun cuando su lectura hubiera sido anunciada en la capital, por cuanto, mientras los bardos cortesanos dedican sus loas a ensalzar las ocurrencias -a menudo, catastróficas- de los políticos, el cante gitano es ante todo un ritual de invocación al genio de los antepasados, que es lo que me llega y un poco lo llevado a cabo por Apolonio de Tiana al convocar al alma de Aquiles, el hijo de la ninfa Tetis que combatiera en Troya. Nos cuenta Filóstrato que lo hizo ante su túmulo funerario, “suplicándole como los indios dicen que suplican a los héroes” y con estas palabras:

-¡Aquiles! La mayoría de los hombres aseguran que estás muerto, pero yo no admito esa idea, ni Pitágoras, ancestro de mi sabiduría. Si estamos en lo cierto, muéstranos tu propia figura, pues en gran medida te beneficiarías de mis ojos si te sirvieras de ellos como testigos de tu existencia.

Y, tras un breve temblor de tierra, Aquiles se apareció para revelar a Apolonio, entre otras cosas, que la Guerra de Troya había sido un error, pues Paris no se llevó con él a Helena a Troya, sino que la ocultó en Egipto.

Siempre es una alegría, eso de ponerte a resguardo de la lluvia y así, de sopetón y mientras tus ropas se secan junto al fuego, descubrir a un cantaor y que éste, a su vez, te revele que Helena está en Egipto y no en Troya, y esto nos sucedió con Antonio Reyes y sus invocaciones estilísticas a Manolo Caracol. En la segunda parte de su recital dejó, sí, patentes y constantes muestras de luengo conocimiento y soltura expresiva por siguiriyas, bulerías o fandangos, donde su distinguido decir no cesó de cosechar olés. Pero fue sobre todo la primera parte del recital cuando hizo que la piel del corazón se nos estremeciera como se estremeció gozosamente la tierra alrededor del lugar de reposo de Aquiles.

Pariente de Pansequito y Jarrito, eco que recoge y amalgama las formas de cantaores de la tierra como Rancapino, Juan Villar o Camarón, el de Antonio Reyes impresionó vivamente por la delicadeza, elegancia, clase y superiorísima afinación con que desgranó los aires por soleá. Y, por tientos, se desenvolvió con unos tan refinados modos, un temple tan exquisito y unas cadencias tan al límite de lo soñado que, la verdad, hemos de decir que, desde José Monge, no habíamos escuchado cantar por ese palo con tan majestuosa naturalidad. Cantar con aire por tientos, no es lo común. Pero hacerlo desplegando ese manto de tan centelleantes brocados, mucho menos… Y similar sublimación del temple logró también, en distintos momentos, cuando extendió por alegrías y cantiñas esa sedosa capa.

En tales circunstancias, y como el cante es al final asunto de dos, las cosas sólo podían rodar si, como fue el caso, un infinito sentido de la templanza matizaba muy, muy, muy al alimón con el suyo las punzadas de Diego del Morao, quien, jaleado también por rotundos olés, refrendó su fama de tocaor egregio con atemperados silencios, falsetas inmejorablemente buriladas y redondísimos remates que dieron testimonio de sus enormes recursos como acompañante del cante. En muchos pasajes de la noche las embestidas y las telas dieron, pues, cuerpo casi, casi a a faena soñada, dejándonos soberanamente claro por qué Antonio Reyes, de Chiclana, es uno de los jóvenes cantaores más reclamados por la afición. En su figura hay fundamento, solidez esencial. Su disco con Diego a la guitarra, grabado durante una actuación en el Círculo Flamenco de Madrid, está en las tiendas. ¡No lo dejen escapar!

Foto: José Luis Chaín

 

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