Cultura Transversal

Tortillas de camarones

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 19 mayo, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Hace sólo unos meses que, en esta misma columna y a propósito de su novela Lo que dicen los dioses (Versátil), nos referimos a Alberto Ávila Salazar como un prosista armado con el don de hechizar al lector. Y bueno, ha repetido el sortilegio con Iluminada (Eolas). Si en la primera, instalando a un grupo de espectros en uno de los más señoriales inmuebles de la Villa y Corte, Ávila Salazar lograba ejercer como cronista de Madrid centrándose en la realidad paralela de naturaleza astral a que sus calles dan cobijo y señalando nuestra urbe como último remanente del culto a Cibeles, en Iluminada ha seguido un poco el camino opuesto. Porque, como la autoficción es un género convertidor de la vida real en asunto de novela, la lógica consecuencia de su cultivo es que también la ficción irrumpa a toda vela en las pedanías de lo cotidiano.

Puesto uno a escribir sobre sí mismo, nada como la autoficción. Ya lo dijo Bergamín, que la literatura memorialística que se quede en eso, en el mero recuerdo más o menos fidedigno, anima poco el cotarro: “Fabular sobre la vida de uno mismo”, escribió, “es la única manera de escribir unas memorias que valgan la pena. Lo demás es biografía, que es el peor género literario posible”…

Con esto en mente, me toma sólo relativamente de sorpresa que a la presentación de la novela en Espacio Leer acudan, fundamentalmente, individuos acreditados como personajes en el libro y que desfilan por el evento como romeros de una peregrinación en pos de sus dobles literarios al tiempo que, muy educados, agasajan al doctor Frankenstein que les ha imbuido de vida imaginaria. La obra es presentada -junto con Héctor Escobar, ex bajista de Los Flechazos y editor de la misma- por el escritor Alberto Masa. Ambos, claro, aparecen en Iluminada. Acaba de empezar el acto cuando, con intención de reseñarlo luego en El Estado Mental, llega Bárbara Mingo Costales, personaje también de la novela. Y, ceñido por su inveterada camiseta de H. P. Lovecraft, me ha guardado silla Frank G. Rubio, que igualmente sale en ella. Bueno, a Frank también yo le inmortalicé, tiempo ha, como protagonista de un relato que me publicaron en Granta en Español. Frank es ya un clásico.

Contando cabezas, saco la impresión de ser el único espectador domiciliado en exclusiva en la vida real, y no en la de ficción. En rigor, yo y otra escritora, Marta del Riego Anta, de Vanity Fair, autora de Sólo los tontos creen en el amor (Planeta) y a quien me parece que Ávila Salazar tampoco ha concedido cameo en Iluminada. No sé si lo tiene Javier Timmerman, a quien encuentro en plena forma y dando vueltas a cómo es concebible que alguien pueda construir algo tan maravilloso e inefable como una bóveda.

Alberto explica a la audiencia -sus criaturas- que escribió esta “novela metafísica desde bases rigurosamente materialistas” durante una escapada a Santiago de Compostela y en tan sólo doce días, batiendo por dos la marca de Simenon, y, en el coloquio, Bárbara, pasando por alto toda la castaña de que el escritor se ha asomado a los abismos del Más Allá y es como un samurái que se abre las tripas ante la página en blanco, le pide detallar cuál fue, durante aquellas jornadas decisivas, su régimen alimenticio, cuántas horas dormía, si escribía de día o de noche… Detalles imprescindibles de cara a elucidar si lo escritores seremos capaces de sobrevivir en el espacio exterior cuando se imponga la medida de abandonar la Tierra.

A la salida y con un libro de Alberto Masa –Roberto Alcázar, supongo (también en Eolas)- bajo el brazo, cruzo al bar de enfrente a tomar unas cervezas y unas tortillas de camarones -manjar con hechuras de mito de Cthulhu- en compañía del autor y sus personajes. De entre ellos, también se ha incorporado Jaime Royo-Villanova, quien ha escrito excelentes biografías de Manuel Díaz El Cordobés y del célebre garañón Porfirio Rubirosa. En su calidad de pariente político de una Familia Real balcánica, Royo-Villanova aporta además a la reunión, sin conciencia de ello, ese sutil punto Prisionero de Zenda que aliñaba antes de la I Guerra Mundial todas las buenas tertulias. Hacen corro asimismo Fernando Manjarrés, propietario de la editorial segoviana Materia Oscura, muy interesado en la vida y los sonidos negros de Manuel Torre, y otro escritor con el que ya he coincidido en alguna tertulia de Ángulo Muerto en El Ajenjo, José Pazó, traductor del japonés, avanzadilla galaica del budismo y que cuando estas líneas vean la luz habrá publicado una nueva novela: El enigma de los espejos. No tarda en aparecer un admirador bastante ebrio de Ávila Salazar, con quien Alberto Masa se marcha al poco en busca de un taxi. Creía que la jugada era despacharle a su casa, pero, para mi sorpresa, es el borracho quien -las apariencias engañan- ha acompañado a Alberto al taxi y pasados diez minutos se presenta de nuevo y, simpaticón y taurino, toma asiento con nosotros. ¡Cosas que suceden cuando los escritores se dedican a eso de la autoficción! Se dejan abierto el ordenador, y los personajes… se escapan. Después, no es tan fácil devolverlos al sobre. Alguien señala ahora un contenedor que ha empezado a arder a pocos metros de nosotros. Y es que, cuando se tiene cerca a Frank G. Rubio, toparse con Signos de los Tiempos y Advertencias del Fin parece algo muy difícil de evitar.

Suelo alternar poco con escritores, porque se trata de un gremio a cuyos integrantes encuentro, por lo general, bastante aburridos, pero hoy me sonríe la suerte al haber dado con literatos que, a la vez, son personajes, y estas ocasiones hay que aprovecharlas. Quedamos ya pocos en el campus de Miskatonic cuando Ávila Salazar nos pide que firmemos en una libreta, pues va a leernos el destino y el carácter en los trazos de nuestras rúbricas. Escruta la mía, la de Lucía Casanova y la de Mario Santos Sousa. Lo hace muy bien, y me pregunto si no podríamos ganar bastante dinero montando estas lecturas en plan espectáculo, a lo Houdini. Lo digo, pero no me echa cuentas. Parece ser que Alberto ya cultivaba este arte durante los años en que trabajó en un bufete de abogados. Echaba un vistazo a las firmas de los clientes y ya sabía de antemano quiénes de ellos iban a pagar y cuáles iban a escaquearse.

Ya a bordo del vagón de metro, empiezo a leer Iluminada. ¿Quién será Clara, la protagonista? ¿Estaría en la presentación?

Han pasado las horas. Visto para sentencia el libro, apago la lámpara de la mesilla. Antes de sumergirme en el estado onírico, me digo que Ávila Salazar ha escrito, sí, una novela de horror cósmico… Pero que lo que este tío derrocha en ella es un finísimo sentido del humor. Lo mismo que, en el fondo, le pasaba a Lovecraft.

Ya a oscuras, me duermo. Sobre mi barbilla, se curva una sonrisa de angelito negro de Machín.

Foto: José Luis Chaín

 

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