Cultura Transversal

Don Tancredo y los Padres del Desierto

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 25 mayo, 2016

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Hugo Bäll (1886-1927) fue un personaje ciertamente sui generis en la vida intelectual del siglo XX y no sé si, quizá, debiéramos decir que también del IV, toda vez que, tras haber sido uno de los padres fundadores de las Vanguardias artísticas, del dadaísmo en su caso, en determinado momento trasladó de una vez y para siempre su interés al cristianismo oriental y, en concreto, a los Padres del Desierto. Además de sugerir aquello de que acaso, para comprender el cubismo, habría que leer a éstos, dejó escritas obras que, por cuanto oponían la figura del santo cristiano, que percibía investida de heroísmo, a la del héroe neopagano, no podían ser demasiado bien vistas en su Alemania natal, envenenada ya por los delirios ariosóficos preludiadores del nazismo (“Desesperado”, escribe en 1923 en su Cristianismo bizantino, “percibí una confusión en los conceptos morales que ya apenas distinguían entre interés y entusiasmo, entre convencimiento y conveniencia, entre disciplina soldadesca y asuntos divinos”).

En realidad, y más allá de su aparente extravagancia, la peripecia intelectual suya dista de ser aislada si pensamos en cómo un hacía mucho consagrado André Bréton, supremo pontífice del surrealismo, fascinado por la obra escrita por René Guénon en torno a la naturaleza intrínsecamente falaz del progresismo y la unidad esencial de todas las tradiciones espirituales, admitió que, si a éste le asistía la razón, y le parecía que sí, toda su obra se derrumbaba como un castillo de naipes. También Julius Evola comenzó su vida pública como pintor abstracto y hombre de letras adscrito al ultraísmo para, a no mucho tardar, sumergirse con todas sus armas y bagajes en el estudio de la alquimia, del budismo tántrico y de los movimientos ocultistas.

A primera vista, parece en verdad difícil conciliar al Hugo Bäll retratado con guantes de cartón, ropa como de hojalata y un grotesco capirote cilíndrico plantado sobre la cabeza a modo de sombrero con el grave y fogoso recopilador y comentarista de los textos de Simeón El Estilita, Dionisio Aeropagita y Juan Clímaco, “uno de esos muy raros astros que sólo muy de vez en cuando aparecen en el cielo” y a quien, de creer a varios testigos, el propio Moisés sirvió como mayordomo el día de su investidura como prefecto de un monasterio en el Sinaí. Nos referimos a la foto de portada de su Cristianismo bizantino, que ahora publica Almuzara por primera vez en español.

Pero no nos llevemos las manos a la cabeza. Aparte de que, en ella, Bäll no hace mucho más el payaso que Marinetti, quizá no sea impertinente recordar que nunca es oro todo lo que reluce y que muchos de los eremitas de los primeros siglos del cristianismo no andaban lejos de la excentricidad, por no decir que vivían por completo inmersos en un mundo de atmósfera pesadillesca, destilada por el masoquismo más obsesivo. En el monte santo (Península) de William Dalrymple, por ejemplo, nos presenta un variopinto catálogo de estajanovistas de la santidad y maníacos de todo tipo que utilizaron el misticismo como pura excusa para dar rienda suelta a sus perturbaciones psíquicas. No obstante, tampoco procede ocultar que uno se queda pensativo ante la provocativa estampa de la portada, preguntándose si lo que gasta Bäll es un disfraz payasuno o son las pretendidas vestiduras rituales de un sacerdote caldeo o mazdeo tal y como un europeo podía imaginárselos en los días del cine mudo.

El libro ha sido traducido por Fernando González Viñas, que es autor para la misma editorial de una novela que no deben perderse –Esperando a Gagarin– a fuer de director del Boletín de Loterías y Toros, en cuyo más reciente número reflexiona -en El toreo ye-yé– sobre otros vanguardistas –The Beatles y El Cordobés– a quienes sospecho que, pues cuentan con sus propios hagiógrafos, no hay que leer a los Padres del Desierto para poder comprender. Su índice incluye también una entrevista a fondo con Fernando Bergamín y un ensayo -inspirado en Rafael de Paula y El Torta– en torno al arte como autodestrucción y la autodestrucción como arte. Ni Rafael, hombre sensato, ha llegado ni El Torta llegó nunca, por supuesto, a los límites de delirio y surrealismo hollados por muchos de los eremitas que fascinaron a Bäll.

Por efigie y avíos, el Bäll de la portada recuerda un algo a un personaje de la tauromaquia más rancia, muy caro por cierto al padre del entrevistado en el Boletín: Don Tancredo. En rigor, también se da un cierto aire al propio Bergamín. Y es que, ¿no era Simeón, instalado en lo alto de la columna, una suerte de precursor de Don Tancredo, burlador con su imperturbabilidad de la embestida de los satanases dejados en libertad por los chiqueros del infierno? ¡Subirse a una columna, símbolo del árbol que antiguamente se alzaba en el Centro de todos los ruedos! ¡Qué modo tan torero de marcar distancias con el samsâra! Y es que, ya lo escribió Bäll: “Tener espíritu significa mantener una distancia con la existencia. La ascesis enseña las leyes de dicha distancia”.

Pongámonos a ello, pues.

Foto: José Luis Chaín

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