Cultura Transversal

Criminales victorianos

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 31 mayo, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Las novelas policíacas victorianas resultan de lo más esclarecedoras no sólo para recordarnos que, en cierta época, incluso a los autores de la llamada novela popular se les exigía no escribir con la vulgaridad de cualquier caballero o señora del montón, sino la enorme clase, selecta crianza y buen gusto de que otrora hacían gala los asesinos. En la Inglaterra victoriana, el criminal de novela, reflejo siempre del que hacía de las suyas en la vida real, cuando mataba, lo hacía asestando a su víctima un certero golpe en el cerviguillo con -mismamente- la cabeza de galgo, labrada en oro, que su bastón de madera de ébano lucía como pomo. O, a lo mejor, la arrojaba al vacío desde lo alto de un acantilado con un empujoncito que era todo un dechado de corrección y tacto. O la apuñalaba, sí, pero con un sable que había hecho historia en los combates librados en el Paso de Khyber contra las fieras tribus afghanas. Así, daba gusto ser abatido por un malvado. Uno era asesinado, pero con categoría.

Nada que ver con los alucinados gañanes que asesinan hoy y sirven de modelo a los autores contemporáneos nuestros, quienes, lejos de imitar a sus más ilustres predecesores, han tomado unánimemente como fuente de inspiración a Jack El Destripador. Éste, en su tiempo –seamos sinceros- no fue nadie: sólo una aisladísima excepción y la vergüenza de todo el gremio de asesinos. Pero en las actuales novelas negras, salvo en las ambientadas en las penumbras del espionaje, raro es el ejecutor que no lo sea en serie, que no apeste y viva medio sepultado entre orines y malolientes fetiches, que no se pirre por manipular vísceras y no someta a sus víctimas, antes de matarlas, a interminables y crudelísimas sesiones de tortura alternando la mutilación lenta y morbosa con las más asquerosas modalidades de violación. Debo haberme quedado muy antiguo, pero nunca he entendido eso de que ahora, a la gente, matar le excite: que cortar dedos o hacer sufrir a un desconocido sometiéndole a toda clase de humillaciones, ponga cachondo.

Está claro que mi mundo no es de este reino, como diría un amigo mío, y que me siento, más a gusto que en él, en el ambiente de los asesinos del tiempo del Raj y de la guerra contra los zulúes, al que Siruela rinde homenaje con su nueva Biblioteca de Clásicos Policíacos, que arranca con Un hombre muerto, de Ngaio Marsh, actriz y directora teatral enormemente popular en su día, gran señora del género y galardonada con la Orden del Imperio Británico… y bastante cosas más. La novela reúne todos los tópicos imprescindibles para que una propuesta de esta índole me guste. Damas que se desmayan y a las que son administradas las pertinentes sales, policías que se sonrojan por la vergüenza de haber de pedir a una dama o un caballero sus huellas dactilares, un arqueólogo y su casquivana mujer, que no lee los libros de su marido por encontrarlos “plagados de horrores nativos” y, por tanto, de mal gusto… Un magnífico elenco, en fin, de perfiles estereotipados que aceptan la invitación de Sir Hubert Handesley a jugar en su mansión al Asesino, pasatiempo que dará comienzo cuando se apaguen las luces. Entonces, aquel a quien haya tocado encarnar al criminal, tras ejecutar -claro que en sentido figurado- su cometido, deberá hacer sonar el gong asirio colgado tras la mesa de bebidas. Antes, y para calentar motores, el mayordomo “un poco ruso” servirá a todos un Represión Soviética, cóctel de su invención y huelga decir que no apto para remilgados.

No aguo la fiesta a ningún lector anticipando que el crimen -porque ya imaginan que hay crimen de verdad- es cometido con una magnífica y antiquísima daga mongola venerada por una no menos añeja sociedad secreta rusa que se mueve a tiros por Londres como, a decir de la prensa, andan ahora por Málaga y alrededores las mafias irlandesas. Esta hermandad en la sombra, claro, opera con aires mucho más místicos y notables guiños a Fu Manchú del todo ausentes en el proceder de los pistoleros de la Costa del Sol. El Restaurante Hungaria, por ejemplo, tan importante en la novela, podría perfectamente ser propiedad de aquel clásico de la conspiración cuyas uñas llegaban hasta los confines del orbe. Por supuesto, la autora de esta trama y madre de sus personajes, que, como los de El ángel exterminador de Buñuel, tienen prohibido por la policía abandonar la mansión hasta que no haya sido solucionado el enigma, no oculta en muchos pasajes su conciencia de que todo es una pura coña.

El otro título con que comienza esta colección ya en la calle es Muerte en la rectoría, de Michael Innes. Lo mismo les digo: así, da gusto. Nada de sexo caníbal, ni de yuppies con impotencia y depresión que lo pagan con pobres almas por entero inocentes de los desvaríos que obnubilan sus entendederas… “La mayoría de las víctimas conocen al asesino”, dice el protagonista de otra policíaca de Siruela (esta, de hoy: Suerte maldita, de Danny Miller). Y es cierto. Pero antes era distinto. Antes, al asesino era un placer conocerle, de lo distinguido y educado y culto que era. Ahora, que le conozca su santa madre, con perdón.

Foto: José Luis Chaín

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