Cultura Transversal

Sacralidad de la mujer primordial. Lo sagrado femenino

Posted in Autores, Manuel Fernández Espinosa, Sabiduría Universal by paginatransversal on 10 junio, 2016

cuccinotapor Manuel Fernández Espinosa – “Dos cosas quiere el varón auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, que es el más peligroso de los juguetes”. Friedrich Wilhelm Nietzsche, Así habló Zaratrustra.

El feminismo más radical de nuestros días no puede entenderse si no es en clave esoterista. Es por eso que algunas feministas reivindican la mítica figura de Lilith (demonio femenino de origen mesopotámico que, en el exilio babilónico, los judíos incorporaron a su acervo.) Pero no vengo aquí a hablar de Lilith, para saber sobre ella puede leerse el libro “A la sombra de Lilith: en busca de la igualdad perdida” de Carmen Posadas y Sophie Courgeron que recupera este personaje demoníaco como icono del feminismo.

No obstante, como todo mito, el de Lilith envuelve una verdad que se nos escurre de los dedos si entendemos estos asuntos con el prejuicio parcial y reduccionista del moralismo que ha imperado durante tantos y tantos siglos en el cristianismo (y en los movimientos reaccionarios que contra él se han erguido, como el mismo feminismo radical). Como muy oportunamente señala Walter Schubart: “En la medida en que procura prestar alguna nobleza al eros, el hombre moderno reduce el amor a un culto a la belleza, del mismo modo que reduce la religión a un sistema moral”. Un personaje femenino de Gustav Meyrink venía a coincidir con Walter Schubart, al expresarse en una de sus novelas así: “Cuando les quería explicar que lo importante -lo esencial- para mí en la Biblia y en las otras escrituras sagradas era el “milagro” y sólo el milagro, y no las normas de ética y moral, que no pueden ser más que caminos ocultos para llegar al verdadero milagro -sólo sabían responderme con lugares comunes, pues temían confesar que lo único que creían de las escrituras religiosas podía estar exactamente igual en los libros de leyes civiles”.

Es por ello que, dejando a un lado la siniestra naturaleza de Lilith como demonio femenino, lo que constituye un dato que nos parece destacable es que, en este ancestral mito, se pone de relieve que la condición de la mujer es de orden preternatural, entralazándose en ella lo natural y lo preternatural -y, como veremos, este dato es recurrente en multitud de mitos que nos tratan de explicar la génesis de la mujer. En el siglo XVIII todavía resuena ese demonismo de la mujer en la preciosa novela de Jacques Cazotte, “El diablo enamorado”, donde no es que la mujer sea una diablesa, sino que es el diablo el que se convierte en mujer para enamorarse.

Por ser parte de nuestra tradición religiosa nos conformaremos con aludir al archisabido relato del pecado original, cuando Eva (la madre de los vivientes) sucumbe a la tentación de la serpiente en el paraíso. El recordatorio de este relato del Génesis se ha convertido en un arma arrojadiza del feminismo contra el cristianismo: el cristianismo -dicen- culpa a la mujer del mal en el mundo. Aunque el relato pertenece al Antiguo Testamento y es compartido con el judaísmo, al judaísmo no se le acusa con tanta insistencia por lo mismo. Y lo que es peor, los mismos que denuncian al cristianismo de misógino, prefieren olvidarse del protagonismo que el mismo cristianismo (al menos en su vertiente catolica y ortodoxa) ha adjudicado a la Mujer en la Santísima Virgen María que, además de todos sus sublimes títulos dogmatizados, recibe el culto de hiperdulía (veneración por encima de los ángeles y de los santos varones).

Pero, si salimos del marco judeocristiano, los mitos clásicos del origen de la mujer no tendrían, desde el punto de vista común, una mejor concepción de la mujer. Atendamos, para mostrarlo, al relato mítico de la creación de la mujer en el mundo griego.

Aquí nuestra fuente será Hesíodo. Éste nos proporciona el precioso mito de la creación de aquella que será la antepasada de “la estirpe de femeninas mujeres” y lo hace en dos lugares: en su “Teogonía” y en “Trabajos y Días”. En la “Teogonía” hesiodea la mujer se nos presenta creada como castigo de Zeus a los hombres, por la cólera que en el dios olímpico desata ver que Prometeo ha dado el fuego a los hombres. En los “Trabajos y Días” se amplían los datos sobre los dones que le otorgan los dioses a la mujer primigenia y se nos revela el nombre de la misma: Pandora, la que abrirá la caja que contiene las calamidades todas que se esparcirán por la redondez de la tierra. No la crea Zeus, sino que éste le encarga a Hefesto que la haga de tierra, modelándola a manera de “imagen con apariencia de casta doncella” (lo de “apariencia de casta” no nos parece que haya que dejarlo correr). Todos los dioses, en los “Trabajos y Días” conceden un don a la mujer primordial, pero esa obsequiosidad es para perdición del hombre.

En la “Teogonía” Atenea le da a la mujer el ceñidor y un vestido blanco; en los “Trabajos y Días” se añade que “las divinas Gracias y la augusta Persuasión colocaron en su cuello dorados collares y las Horas de hermosos cabellos la coronaron con flores de primavera”. Hefesto no se conforma con modelarla sino que le ciñe una corona hecha por él mismo, en la que Mulciber ha labrado “numerosos monstruos, cuantos terribles cría el continente y el mar”. A todo ello, en “Trabajos y Días”, Hesíodo añade que Hermes, “configuró en su pecho [se entiende que en el de la mujer] mentiras, palabras seductoras y un carácter voluble por voluntad de Zeus gravisonante. Le infundió habla el heraldo de los dioses y puso a esta mujer el nombre de Pandora porque todos los que poseen las mansiones olímpicas le concedieron un regalo, perdición para los hombres que se alimentan de pan”.

En la “Teogonía”, una vez creada la mujer, ésta es presentada a los dioses y a los hombres, causando estupor. La mujer primordial es vista como un “engaño, irresistible para los hombres. Pues de ella desciende la estirpe de femeninas mujeres”. La conclusión es que “…así también desgracia para los hombres mortales hizo Zeus altitonante a las mujeres, siempre ocupadas en perniciosas tareas”. Y, desde aquel día, el hombre no podrá burlar el castigo: si un varón no se casa, será un desgraciado, si se casa con una “desvergonzada, vive sin cesar con la angustia en su pecho, en su alma y en su corazón; y su mal es incurable”… Y no es mejor la suerte del que se casa con mujer sensata, pues “durante toda la vida, el mal equipara constantemente al bien”.

La mujer resulta ser, así, una mezcla de encantos dulces que encubren los daños para quienes sucumben a ella, algo inexorable para los hombres (y, en la Biblia, hasta para los ángeles*). La percepción que se obtiene de la mujer a través de la mitología griega coincide con las pesimistas enseñanzas de los libros sapienciales veterotestamentarios: “Y hallé que es la mujer más amarga que la muerte y lazo para el corazón, y sus manos, ataduras.” (Eclesiastés 7, 26)

En los mitos más ancestrales la caracterización de la mujer es, como vemos, bastante negativa a simple vista. Es difícil que los contemporáneos puedan asimilar tamaño rigor y severidad como el que estos relatos muestran hacia la mujer, a la que no se le hacen concesiones. Lo más fácil para un contemporáneo es calificar estos juicios como algo obsoletos y profundamente misóginos, alguno ya podrá tener incluso a mano el vocablo de “patriarcado” para evitarse ahondar en lo que en estos textos podemos leer. Y es que, cuando atendemos a estos mitos es fácil incurrir en el error de interpretarlos groseramente, como hace el feminismo más ramplón que inmediatamete denunciaría una misoginia constitutiva en las religiones más diversas, pudiendo incluso tratar de explicársela desde el “patriarcado opresor”. Es frecuente encontrarse con eslóganes, artículos y ensayos que enfatizan la misoginia del cristianismo, acusado de machista con los más peregrinos argumentos, pero la realidad es que, mucho más que el cristianismo, los sistemas religiosos más ancestrales, desde los indoeuropeos hasta los semitas, mostrarían esa presunta misoginia que no lo es, por ser otra cosa.

Lo que verdaderamente hay en estos relatos míticos del origen de la mujer primordial (culpada de ser demoníaca, como en Lilith; de caer en la tentación demoníaca, introduciendo el pecado, como Eva; de ser creada para castigo del hombre y causante de la propagación de las calamidades por su irresistible curiosidad, como Pandora), ¿puede zanjarse con las obtusas categorías del feminismo predominante?

Me parece que no. Sería demasiado fácil y las explicaciones fáciles nunca me han convencido. Estamos más bien ante un misterio, un misterio que tiene mucho que ver con lo que no es, ni más ni menos, que la divinidad de la mujer. Se trata, por lo tanto, de un reconocimiento (por mucho que nos suene a poco galante y, todavía menos, nada romántico): el reconomiento que el hombre hace de algo que a la vez fascina y aterroriza: lo sagrado en la Mujer, la misma sacralidad de la Mujer. A diferencia del hombre, por encima de él incluso, la Mujer es un don divino y, como divino, es algo incontrolable, insondable, impredecible, incondicionado… De ahí la irresistible fascinación que la Mujer ejerce sobre el hombre, a la vez que éste no puede sustraerse al terror y temblor que produce la peligrosidad que entraña esta criatura a la que, en condiciones de normalidad espiritual y fisiológica, se siente por naturaleza atraído sin que nada pueda remediarlo. Muchos casos de homosexualidad masculina pudieran hallar su explicación en el terror ante el misterio inescrutable y divino de la Mujer.

Recordemos a Walter Schubart a quien lo traíamos a colación más arriba: ni el amor puede reducirse a un mero culto de la belleza, ni la religión puede quedar agotada en un sistema moral. No reduzcamos tampoco la Mujer a lo que la quieren reducir las moderneces insustanciales y delirantes, pues la Mujer es parte de lo divino que, sacralmente, crea y destruye.

*Me refiero aquí a los “Grigori” de los libros de Enoc (los ángeles Vigilantes, cuyo caudillo era Samyaza) que se enamoraron de las hijas de los hombres, tomándolas como esposas, por lo que se atrajeron la maldición de Dios (a ello se alude en Génesis 6).

Bibliografía

Sagrada Biblia, Nácar-Colunga.

Teogonía, Hesíodo.

Trabajos y Días, Hesíodo.

Religion und Eros, Walter Schubart: edición en portugués, “Eros e Religiao”.

El Golem, Gustav Meyrink.

El diablo enamorado, Jacques Cazotte.

Fuente: Didaskálion Hispano.

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