Cultura Transversal

Las Ciudades Invisibles de los “Rubios”

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 15 junio, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Hará cosa de treinta años que escucho el cante de volcán pensativo de Miguel El Rubio, eje en torno al cual gira hoy la singladura escénica de una casa cantaora de suma relevancia en el mapa flamenco debido, entre otras cosas, a la enorme y decisiva influencia estilística en su día ejercida sobre Camarón por Antonio El Rubio y Joaquín El Canastero, padre y tío de Miguel. Las gargantas de esta saga atesoran un don, esa es la palabra, ese valor durmiente pero siempre en alza que algunos llaman la Moneda con mayúscula, el acuñado metal que, quien lo posee, siempre puede cambiar… De ahí que el señorío subyacente en su concepto del cante gitano y su duende en el decirlo conviertan para mí en un acontecimiento cada una de sus comparecencias ante la afición.

Resulta de lo más significativo que, luego de tantos años familiarizado con su cante, los Rubios sigan invariablemente sorprendiéndome -privilegio de los artistas geniales- y arrancándome sartales de olés nuevos, distintos, inéditos cada vez. Escucharles es como asistir al desvelamiento de los secretos de las Ciudades Invisibles en esas tertulias mantenidas por Marco Polo con el Gran Khan en el libro de Italo Calvino. Eso es, sí, cada letra por soleá o fandangos de los Rubios: el vislumbre fascinado de una Ciudad Invisible cuya ubicación no figura en los mapas.

Miguel El Rubio y su hijo Ingueta cerraban mano a mano el ciclo isidril programado por Antonio Benamargo en Casa Patas y no era cosa de perdérselo, y no faltaron artistas y aficionados como Guadiana -hoy, bastión cantaor de los Porrina– y su manager José Andrés, Salomé Pavon, Isaac de los Reyes, Toni Fernández, Juanma Terrón, Francisco del Pozo… Rompió plaza ante el expectante auditorio Ingueta, que se acompañó a sí mismo -y con gran clase- a la guitarra después de, como en pie ante la frontera de agua donde sabían o creían los vikingos que se acaba el mundo, arrancar los olés a la audiencia con un saludo capotero a una mano por martinete, toná y cabal doradas a fuego con miríadas de acentos personales. A los cantes libres les imprimió después el sello incandescente de la casa con afilados quejidos que renovaron la taranta y la granaína al dotarlas de tallo y ramaje tan añejos como novísimos y destelló con aura de grande, como era de prever, en el palo emblemático de la casa: el fandango. Los tangos, en que se le unieron Lucky e Iván Losada, integrantes de otra importante dinastía de músicos flamencos, terminaron de poner en claro por qué Ingueta figura en la primera línea de los ecos de su generación.

Tras haber la concurrencia repuesto gasolina en la barra, llegó el turno a Miguel, quien abrió boca con la romera de Antonio El Chaqueta -a cuyo hijo Chaleco, que vive un excelente momento como cantaor, no estaría nada mal escuchar una noche en la García Lorca– para, acto seguido, prender la hoguera del entusiasmo con cinco letras por soleá por bulerías aristadas y deslumbrantes como cinco Ciudades Invisibles: Cloe, Ottaria, Fillide, Moriana, Leonia… Allí se alzaron ante nosotros, con sus cúpulas resplandecientes, las ciudades de Marco Polo. Imposible callarme que nunca había escuchado cantar por soleá por bulerías con tal donosura, con esa enduendada enjundia, con la sedosa y fantástica ligazón en los tercios con que lo hizo esta noche Miguel El Rubio. Asistimos, por así decirlo, a la apoteosis de uno de esos brotes desbordantes de inspiración que, sin previo aviso, de cuando en cuando irrumpen de repente en el curso de la Historia para poner en figura grande a un torero, a uno de esos enigmáticos lapsos de tiempo en que el curso de las horas queda en suspenso para que, durante los mismos, fluya la comunicación sin barreras entre el mundo de los hombres y el de los dioses. ¡Sensacional!

Aportaban fondo y oleaje a su cante la percusión de Lucky Losada y las guitarras de Iván Losada e Ingueta, y aquello seguía manando con ígneo caudal en una tanda por bulerías alentada por los olés de la concurrencia y el toro muy embebido en la muleta. Y, ya con la plaza entregada, he ahí que se perfiló Miguel con la espada y por fandangos. El primero le salió bueno. Y, como el segundo le salió genial y lo supo, aprovechó para tomar el olivo con flema de grande y retirarse a sus aposentos bajo el purpúreo manto de una clamorosa ovación, como a veces hacían El Gallo y Cagancho dejando a la gente hipnotizada y perpleja al cortar por lo sano en las postrimerías de un sensacional trasteo.

Los Rubios regresarán a escena en Madrid a finales de mes, en el Cafe Berlín, y allá habrá que estar. Lo vivido en el Patas es irrepetible, pero a buen seguro que volverá a haber magia, duende y sabor a raudales, esas viandas y condimentos que hacen del flamenco el manjar que es y a falta de los cuales sentarse a la mesa puede suponer una tortura. ¡Quien se da un banquete en una de las Ciudades Invisibles, ya no entra en cualquier restaurante!

Allí nos vemos…

Foto: José Luis Chaín

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