Cultura Transversal

“Farruquito”: más allá de la cima

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 23 junio, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Calificaba Santa Teresa a la imaginación como “la loca de la casa” y, en esa línea, los maestros espirituales de todas las tradiciones se han pronunciado desde antiguo contra su influencia por considerarla una más que peligrosa distracción, una urdidora de obstáculos, una tendedora de cepos en el sendero seguido por los buscadores de la Iluminación. Se trata, claro, de la imaginación entendida en su sentido coloquial o vulgar, porque la Imaginación Creadora sobre la que en la Edad Media escribiera Ibn Arabi es cosa bien distinta. La Imaginación Creadora es nada menos que la regente de lo que Henry Corbin, ya en el siglo XX, bautizara como Mundo Imaginal: esos territorios, ciudades, lagos, cordilleras y desiertos con sus oasis yacentes a medio camino entre el mundo material o físico y el espiritual y que conforman los dominios del Reino del Alma.

Es esa Imaginación con mayúsculas, cualitativamente superior a la mera fantasía, la que permite al artista “improvisar”, hacer pie en el océano abisal donde todos se ahogan y sobrevolar los bosques que a ojos de los demás son techo y cima para, pulverizando toda expectativa racional, transmutar lo rancio en lozano y lo apagado en iridiscente. Nacido en una casa de bailaores de acentos antiguos muy marcados, es esa soltura y familiaridad con que Farruquito transita por el Reino del Alma la llave que le faculta para lograr encarnar tan importante e infrecuente panacea alquímica como el matrimonio de la tradición con la personalidad. Porque, si el flamenco nada es sin su raíz, esta no puede ser regada con aguas estancadas. Vimos su Improvisao en Pamplona, en la pasada edición de Flamenco On Fire, y ahora que hemos vuelto a disfrutarlo en el Teatro del Canal, donde está transcurriendo la Suma Flamenca, constatamos que el manantial sigue fluyendo y renovando sin cesar el agua de sus meandros.

Farruquito se presentó en Madrid arropado por las guitarras de añejo timbre de Román Vicenti y José Gálvez y las voces de María Vizárraga, Antonio Villar y Zambullo, una formación corta en número, pero curtida en mil batallas farruqueras y cuyos integrantes conocen el baile y el instinto artístico de su jefe de filas casi tan a la perfección como él mismo conoce los resortes de su propio cuerpo. De ahí que el danzar por siguiriyas con que rompió plaza, que alcanzó sus momentos culminantes bajo el baño de plata del cenital -marcando Farruquito el compás con tan hirviente temple que nos recordó las palabras de Stravinsky, señalando a Nijinsky como el hombre con más talento dramático de cuantos había visto bailar- y luego en los medios, inspirado por un Zambullo que ha cuajado ya, para nuestro gusto, en uno de los más caros cantaores para el baile… De ahí, decíamos, que ese baile por siguiriyas fuera celebrado a su término por el público con una ovación de gala que valió por las que, a otros artistas, les son tributadas sólo al final del espectáculo. Detalle como para tomar nota de él, creo yo… Sobre todo, porque el rendido agasajo se repitió número tras número.

Y es que, después, exuberante de regusto gitano, munificente en majestad y un paso más allá que el mejor en cuanto a recursos rítmicos, Farruquito literalmente hipnotizó a la audiencia con una interpretación de tan originalísimo sello que, por la singularidad de su concepción estética, da virtualmente pie a hablar de un antes y un después de él en el baile por alegrías (no sé qué pensarán el gran Toni El Pelao, Alicia Díaz o Alfonso Losa, pesos pesados del baile allí presentes). Esa pieza -lo que les decíamos de la Imaginación con mayúscula de Ibn Arabi- fue una verdadera creación, de la que auguramos que muchos van a beber en el futuro. Y, ¡qué decir de su estremecedor acople con el cante de María Vizárraga, donde, rebuscando en sus entrañas con una naturalidad ajena a cualquier atisbo de amaneramiento, agavilló los olés como el que, cruzando la calle, deshojara una rosa!

Decía Corrochano que le gustaba el toreo de Domingo Ortega porque no tenía nada de empalagoso, y a mí me sucede igual con el baile de Farruquito. Juan Manuel Fernández Montoya huye del amaneramiento como de la peste, porque puede permitirse y encuentra el más firme de los apoyos en su elegancia y su carisma innatos. Bailando, busca la ebriedad fugaz -pero inolvidable- del duende, mas nunca el empacho. El don que atesora para bailar el cante nos regaló, por ello, momentos impagables diríase que casi, casi sin bailar mientras, degustando el bravo eco por soleá de Villar, se deslizaba sobre el proscenio ensimismado en un paseo de naturalísima levedad y una despaciosidad imposible de escandir.

Noche de lujo y noche para meditar, esta que nos improvisó en la Suma el nieto del genial Farruco y rematada en el fin de fiesta por Polito, un percusionista que sale a los medios y marca y remata por bulerías con un sabor que para sí quisieran tropecientos bailaores. Después de esto… ¡Ya saben, señores! ¡A improvisar!

Foto: José Luis Chaín
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