Cultura Transversal

Historia de los fantasmas

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 30 junio, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – En su enjundioso tratado El error espiritista (o El error espírita, según traducciones), del que existe una edición íntegra en castellano en Sanz y Torres, dejó bien establecido René Guénon el origen del espiritismo y, sobre todo, que los fenómenos estudiados –y meridianamente mal interpretados- por dicha escuela nunca fueron considerados en la Antigüedad obra de los “espíritus” de los muertos, sino de sus cadáveres psíquicos en descomposición (uno de los más notorios cazafantasmas del siglo XX, Andrew Green, se acercó, pues, bastante a la verdad al definir los fantasmas y sus acciones como “residuo eléctrico de emociones que quedaban enredadas entre los vivos”). De hecho, no fue hasta el siglo XIX, centuria de proliferación de todo tipo de “ismos”, que fue acuñada la expresión y empezó a difundirse el “espiritismo” como doctrina y pseudorreligión a partir de no otra cosa que la lectura de los fenómenos paranormales, originados en el plano psíquico o intermedio, según los principios del cientifismo en boga. El “espiritualismo” nace, en suma, de algo tan absurdo como la aspiración a la comprensión del mundo psíquico a partir de los principios del materialismo.

Es precisamente tal pretensión la que torna posible “biografiar” a los espectros. De ahí que los interesados en ese mundo de apariciones, susurros, escaleras que crujen y niños asesinados clamando venganza encuentren una muy apetecible lectura en Historia de los fantasmas (Siruela), donde Roger Clarke, miembro de la Society for Psychical Research y articulista en el desaparecido The Independent, donde también escribía nuestro corresponsal de guerra favorito, Robert Fisk, y que el magnate ruso Alexander Lebedev -que en su día lo adquiriera por el fantasmal precio de una libra- tuvo hace poco que cerrar, acomete el concienzudo estudio de varios casos célebres de poltergeist registrados fundamentalmente en los Estados Unidos e Inglaterra y de cuyo análisis trataron los parapsicólogos de extraer algo así como un patrón de conducta típico de los “espíritus” atormentados o “atrapados” en un lugar.

Clarke parte, en concreto, de la taxonomía fantomática elaborada por otro investigador, Peter Underwood, quien incorporó a ella a los elementales (creemos que erróneamente, pues éstos, como sabe cualquier lector de Paracelso, no son sino los seres del mundo intermedio conocidos desde tiempos remotos como ondinas, silfos, elfos…). A continuación vendrían los poltergeist, considerados por algunos estudiosos como fenómenos terroríficos que -con un adolescente o una niña como vehículo habitual- afectan sobre todo a familias de clase baja o media baja. Los fantasmas cansinos, ligados a un lugar específico en el que, sin aparente conciencia de ello, repiten hasta la saciedad la misma acción, en el mismo sitio y normalmente en la misma fecha. Las apariciones vislumbradas por personas en situaciones críticas o próximas a morir. Los saltos en el tiempo experimentados a veces por algunos individuos. Los fantasmas de vivos, apariciones que responderían en realidad al fenómeno de la bilocación. Y, finalmente, los objetos inanimados encantados.

Clarke suma los fantasmas de animales, precisando que se trata siempre de especies domesticadas, subrayado que, como el de la relación de los poltergeist con los estratos populares o sus comentarios en torno a la novela gótica como “género literario cuyos autores eran principalmente hombres homosexuales y mujeres asmáticas”, recalca la importancia a atribuir al medio social y las atmósferas respiradas en la gestación de los fenómenos espectrales. No se sabe, al parecer, de fantasmas de animales perturbando la paz de los moradores de la jungla. Los espectros de fauna son los de aquellos animales que convivieron mucho con humanos y, de algún modo, viéronse gravemente expuestos a las absurdas preocupaciones y ridículos traumas típicos de ellos. Sospecho que hay uno -de mosquito- en Casa Manolo, el café de la calle Princesa donde muchas tardes tomo asiento a escribir. El mosquito traza cada día la misma trayectoria sobre la misma mesa. Como los seres de esta especie apenas viven unas horas, parece claro que sólo puede tratarse de no de un mosquito, sino de su “espíritu”.

Son cosas de las que, sin este libro, no nos enteraríamos quienes –extracción social aparte- solemos circunscribir nuestro trato al mundo de los vivos y somos prácticamente legos en las andanzas de cazadores de espectros de tan notable trayectoria como el párroco rural Joseph Glanvill (1636-1680), Catherine Crowe (1790-1892), Eleanor Sidgwick (1845-1936) o Harry Pryce, que en 1936 emitió desde la BBC su primer programa de radio dedicado al mundo de los “espíritus”.

La obra de Clarke ofrece un análisis en detalle de bastantes casos famosos en su día a partir de los informes escritos por los contemporáneos que investigaron los hechos sobre el terreno y, a menudo, los diarios íntimos de los protagonistas. Devuelve, pues, a la “vida” o, al menos, a la actualidad no sólo a los fantasmas, sino a quienes padecieron sus disturbios, cuyas voces y reflexiones retornan desde el pasado como si continuaran ligadas a las casas encantadas con la misma fuerza que las almas en pena que las motivaron.

Elocuencia, seriedad y un fino sentido del humor hilan un libro que nos transporta hasta las penumbras, cocinas, desvanes, jardines y rincones encantados en general de aquel mundo victoriano en el que, en un establo, Julia Margaret Cameron hacía posar a sus amigos como si fueran el Rey Arturo o Morgana, Conan Doyle daba conferencias sobre hadas inspirado por recortables para niños o Urantia Lee, reina de los gitanos de Kent, leía el porvenir a las gentes con notabilísimo acierto.

Este libro es más bien de miedo, pero como ha sido escrito con eso, con sentido del humor, da gusto leerlo. Y muy recomendable será, poco después de hacerlo, ver Al final de la escalera, la nueva entrega de El Expediente Warren o película similar. ¡Nada como una clase práctica!

Foto: José Luis Chaín

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