Cultura Transversal

Umberto Eco: falsos intelectuales al servicio de la anti-Tradición

Posted in Autores, Esaúl R. Álvarez, Literatura, Sabiduría Universal, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 8 julio, 2016

por Esaúl R. Álvarez – Uno de los personajes más siniestros de la intelectualidad europea de posguerra, que tanto hizo por destruir las tradiciones culturales y la identidad fundamental de Europa, fue sin duda el recientemente fallecido Umberto Eco.

Sorprende comprobar hasta qué punto este tipo de personajes inquietantes, que estaban a la orden del día en los medios de propaganda en décadas pasadas y ahora parecen relegados a la prensa escrita -esa que ya nadie lee-, despiertan los halagos unánimes tanto de izquierdas como de derechas, supuestamente tan enemigas entre sí.

Que las élites mundiales alaben unánimemente a este personaje sin el más atisbo de crítica ya es algo sospechoso.

En realidad, Eco, como todos aquellos ‘intelectuales mediáticos’ que tanto abundaron en los platós de televisión de los años ’70 y ’80 y de los que tuvimos un nutrido grupo en España -ahora al parecer sustituidos por los tertulianos y opinadores profesionales, que se dirigen a un público aún menos letrado que aquellos-, no puede considerarse en rigor un filósofo, ni siquiera un pensador, sino un propagandista. No en vano incluso los obituarios no le han recordado por su obra académica sino por sus aclamados best-sellers.

Pero no vamos a tener el mal gusto de repasar y analizar su obra, nos limitaremos tan solo a situarle en el contexto socio-ideológico que le corresponde, y es que la función de este ‘cuerpo de élite’ que fueron -y son- los intelectuales al servicio del sistema demo-liberal ha consistido básicamente en adoctrinar y re-educar a las clases medias europeas, propagando las nuevas verdades y dogmas que debían ser aceptados por el naciente hombre-masa para nunca ser discutidos.

El ataque a la Tradición como función principal del ‘intelectual mediático’ moderno

Una de las principales razones de que la izquierda haya hecho de Eco durante años un tótem, una figura intocable en el mundo del pensamiento europeo, ha sido sin duda el poco disimulado anti-clericalismo que Eco profesaba. Este anti-clericalismo esconde, disfrazado tras los tópicos y leyendas negras habituales, un verdadero anti-cristianismo. En esto Eco no era precisamente original, más bien seguía la corriente dominante de todo el pensamiento de la modernidad: el odio anti-religioso es la forma burda y la cara política que toma el giro anti-metafísico y el odio a la Tradición.

Ciertamente entre los objetivos de aquella panoplia de intelectuales de los años ’60 y ’70 no era el menos importante, a tenor de su insistencia en el mismo, lograr una apostasía generalizada en Europa, para lo cual no dudaban en desprestigiar constantemente la religión bajo el manido argumento de la lucha entre fe y razón [1]. Eco se tomó especialmente en serio esta ‘cruzada’ contra todo lo que él tachaba de mistérico y supersticioso, poniendo a un mismo nivel y confundiendo -y, lo que es más grave, haciendo confundir- ocultismo y esoterismo, como deja claro por ejemplo en su novela El péndulo de Foucault, donde se esfuerza sobremanera en desprestigiar cualquier Tradición metafísica o espiritual dando siempre una visión ‘demasiado humana’ de las mismas y equiparando implícitamente esoterismo y sociedades secretas. Una burda manipulación más entre las muchas que hizo. En realidad su particular cruzada no fue contra la superstición y las creencias sino más bien contra cualquier visión trascendente de la realidad humana y con ello contra toda perspectiva metafísica. Es decir su objetivo era propalar una visión exclusivista y unilateral que eliminara las otras por mistéricas, pseudo-científicas, pseudo-filosóficas, etc.

Hay que reconocer que aquellos pseudo-intelectuales -que en realidad cumplieron la función de una ‘contra-élite intelectual’ dirigida contra la verdadera intelectualidad tradicional- lograron en buena medida su propósito, pues su propaganda arraigó en el imaginario colectivo europeo y es hegemónica hasta la fecha. Y debemos añadir que el fruto de este desprestigio de la tradición cristiana no es otro que el triunfo de la new-age, tema que ya hemos tratado con anterioridad.

Ante este sesgo anti-espiritual sólo cabía esperar que la izquierda y el progresismo lo viesen como un aliado, en tanto ellos siempre han tratado de imponer una visión del hombre profundamente reduccionista, limitada a la dimensión material de la vida humana y apostando por una evidente laxitud moral en nombre de nebulosas abstracciones como la libertad.

En definitiva, el núcleo ideológico de Eco consiste en el eterno argumento, mil veces repetido y presentado bajo infinitas variaciones, del enfrentamiento entre la modernidad como era de la razón y de todo bagaje pre-moderno, presentado como una edad de tinieblas, crueldad, autoritarismo y sinrazón. Nada destacable si no fuera porque es precisamente la agenda ideológica del sistema de dominación actual.

Dicho sea de paso, ante este panorama ‘intelectual’, es verdaderamente lamentable -o quizá algo peor- que la Iglesia católica se esfuerce desde hace décadas en el diálogo con todas estas corrientes de pensamiento falsamente ‘humanistas’ que se presentan bajo un disfraz dialogante, pero que con todo no se toman la molestia de ocultar su declarada agenda laicista -es decir atea- y a las cuales la Iglesia así como todo aquel que se diga cristiano debería considerar enemigos declarados.

Al acceder a este tipo de diálogo se legitima el punto de vista profano, materialista y ateo, anti-tradicional en esencia, presentándolos como dos opiniones al mismo nivel entre las cuales el sujeto espectador tiene la libertad de elegir. Otro ejemplo más de democratización, en este caso realmente grave y pernicioso. Cuando estos ‘intelectuales’ abogan por una religión que se retire del ámbito público y quede relegada al ámbito de lo privado saben muy bien lo que hacen, pues como todo hombre tradicional sabe, no hay religión ni Tradición posibles sin comunidad, sin compartir y sin el apoyo de los iguales qui transitis per viam [2]; de modo que ese laicismo es tan solo una trampa demagógica más y un estrangulamiento al correr del tiempo. Estrangulamiento que hay que reconocer que han logrado y están a punto de consumar.

No somos los únicos que se sorprenden ante esta especie de ‘coloquios’ o careos cada vez más habituales [3] en los que la Iglesia se rebaja a discutir de filosofía moderna y adopta su terminología mientras descuida la enseñanza espiritual que debería ser su misión irrenunciable. Con ello la Iglesia se aleja poco a poco de su núcleo doctrinal y se acerca cada vez más a hacer ética o filosofía moralista para todos, no sabemos bien con qué fines pues deberían preocuparle antes que nada sus fieles. Pareciera que desde el Vaticano II la Iglesia hubiera renunciado a la defensa pública de su doctrina, interiorizando más y más los conceptos liberales y los tabúes propios de lo políticamente correcto -¿dónde ha quedado el infierno en los sermones?-, y sobre todo parece que haya renunciado a la defensa de su antropología tradicional, una visión del hombre que se sitúa en las antípodas, y es por tanto incompatible, con la antropología liberal, materialista y atea que se pretende imponer.

Por tanto debemos decir que estamos ante otra victoria más de los enemigos de la Tradición.

El nihilismo como ‘ideología profunda’ de la postmodernidad

Además de este odio a la Tradición, disimulado bajo la tópica jerga del humanismo, la edad de la Razón, la defensa de la modernidad como edad de la libertad, etc. hay en la obra de Eco un extremado nihilismo que, y es algo que nos sorprende también, ha pasado bastante desapercibido. No otra cosa se oculta tras el aparentemente muy racional e inteligente escepticismo, o tras el cinismo y el sarcasmo que eran tan habituales en él. Este nihilismo, un rasgo indudablemente siniestro y que ha sido inoculado a la juventud europea desde hace décadas por toda esta ‘sub-cultura’ de la postmodernidad, disfrazado a veces de hedonismo y culto a la juventud, a veces de pensamiento crítico y de una actitud libre de prejuicios, es probablemente el contenido más esencial y transversal de toda la obra de Eco.

No han errado en efecto quienes le han calificado de “escolástico ateo”, una definición que tiene mucho más alcance que la simple paradoja que ofrece a simple vista.

Nihilismo y ateísmo son inseparables pues ambos responden bajo la apariencia racionalista con el mismo reduccionismo ontológico de la realidad y de la vida humana, y ambos son muestra de un mismo odio anti-metafísico.

Por tanto al hablar de Eco nos encontramos ante un agente de primer orden de la anti-Tradición -no hay más que ver las líneas llenas de odio que dirigió a Guénon o Evola- así como de la operación sistemática de disolución cultural europea emprendida tras la segunda guerra mundial, uno de los actores principales de lo que hemos denominado en otro lugar ‘cultura del palimpsesto’.

La intelligentsia europea de posguerra y la ‘cultura del palimpsesto’

Si el periodo de entreguerras produjo en toda Europa una efervescencia cultural prácticamente sin precedentes fuertemente crítica con el desarrollismo, la era de las revoluciones y la modernidad, una época que trató de conjugar e hilvanar el pasado europeo con el presente y el futuro y en el que aún quedaban pensadores difícilmente situables en el nefasto eje izquierda-derecha, tras la segunda guerra mundial la perspectiva intelectual y la consigna cultural a propagar para las masas cambió radicalmente.

Por una parte la hegemonía académica marxista implantó un régimen de censura encubierta convirtiendo en malditos a todos aquellos pensadores de los que no se podía servir para su proyecto de re-educación -desde Guénon hasta Jünger pasando por Heidegger, Spengler y Ortega, e incluso académicos del máximo prestigio como Eliade, se vieron boicoteados durante décadas por no comulgar con el marxismo rampante- y tergiversando al resto en lo que fuera necesario. A esto hay que añadir el uso sistemático del freudismo como herramienta dialéctica-filosófica que permitía justificar cualquier teoría, por rocambolesca e increíble que fuera. El par freudismo-marxismo fue particularmente dañino ya que permitía verter suposiciones como hechos ciertos bajo un barniz pseudo-científico y académico.

De otra parte comenzó un camino de auto-inculpación, auto-odio y auto-destrucción de todo el legado cultural europeo. Todo debía ser revisado y re-elaborado desde la nueva perspectiva que otorgaban la decepción y el escepticismo propios de la postguerra. La vieja identidad europea sería acusada sistemáticamente en esas décadas de autoritaria, poco democrática y no lo suficientemente moderna: todo lo malo provenía del negro pasado de la pre-modernidad cuyas raíces había que arrancar [4]. Del mismo modo que ingleses y holandeses se habían aplicado a la elaboración de una leyenda negra anti-española, la intelligentsia neo-marxista iba a elaborar una leyenda negra de proporciones inimaginables contra toda la historia europea anterior a la revolución francesa. Si había algo rescatable para ellos era con seguridad posterior a 1789 y muy probablemente se hallara entre las manidas abstracciones y eslóganes que desde entonces forman el núcleo mismo de la propaganda mediática que todo europeo común debe soportar desde su infancia: libertad, igualdad, democracia, feminismo, etc.

Comenzaba así la ‘cultura del palimpsesto’ y la re-educación de masas.

La labor de palimpsesto de la intelectualidad académico-mediática posee dos fases bien diferenciadas, al modo de sístole y diástole, y tal como veremos al final de este artículo Eco era un experto consumado en la elaboración y aplicación de estas estrategias que han devenido en la neo-lengua postmoderna, y ello por varias razones, siendo la principal de ellas que, como dijimos, era un ‘escolástico’ de formación y por tanto un lógico.

Hay que advertir que ambos procesos de sístole y diástole se daban en dos órdenes: exterior o social de una parte, e interior o individual por otra, alcanzando y de algún modo re-programando el nivel psicológico del individuo.

• La primera fase es el borrado sistemático, basado sobre todo en el desprestigio de la tradición, la cultura y las instituciones tradicionales europeas. Debido al papel que jugaban como ligazón social los mayores enemigos para la intelligentsia postmoderna no podían ser otros que la familia y la Iglesia.
• La segunda fase es la de re-escritura, muy frecuentemente consistente en un revisionismo histórico insidioso en el nivel social, en una búsqueda inacabable de víctimas y verdugos, pero sobre todo esta fase alcanza su cima en la re-educación moral de la gente, y es que la re-educación en la libertad postmoderna posee un extremado carácter moralizante.

En definitiva, la ‘postmodernidad’ consistió en un desmantelamiento de todas las tradiciones de pensamiento europeas, a las que se desprestigió y censuró, y en una deconstrucción cultural programada y sistemática que ha terminado por imponer una visión del mundo materialista, atea, hedonista, reduccionista, simplista y profundamente nihilista, en una carencia total de valores.

Semejante movimiento cultural, que partía indudablemente de las universidades y tomaba como objetivo de su labor a la juventud, a fin de emplearla como combustible de la locomotora de la auto-destrucción, bien podría ser calificado de conspiración.

Esta idea de conspiración toma más peso cuando se constata cómo la gran operación anti-europea de re-educación y lavado de cerebro se puso en marcha de forma paralela a la nueva ‘construcción europea’ que representa la actual UE, y cómo han avanzado durante seis décadas a la par.

De ningún modo se trata de un hecho casual, por el contrario ambos procesos son dos caras de una misma moneda y obedecen a un objetivo común: la destrucción del legado cultural europeo como medio básico de lograr la dominación plena de los pueblos de Europa por parte de los poderes capitalistas, externos y coloniales. En este contexto no es exagerado decir que la UE es un proyecto que contiene un inquietante trasfondo anti-europeo.

Desde este punto de vista, el triunfo del proyecto de re-educación de Europa al servicio del cual estaban los intelectuales académico-mediáticos como el propio Eco, era una condición necesaria para la implantación pacífica y sin demasiadas tensiones sociales del modelo socio-político que se pretendía.

Resulta especialmente escandaloso cómo, en su defensa de la modernidad y en su manipulación histórica consciente, aquellos ‘intelectuales del palimpsesto’ han tratado de vincular por todos los medios a la cultura europea pre-moderna y al pensamiento tradicional, lacras genuinamente modernas como el racismo, los nacionalismos y las nefastas ‘ideologías’ políticas modernas, que tantos muertos han causado.

Desde la ilustración hasta la segunda guerra mundial Europa fue la cuna de los nacionalismos, del militarismo, del colonialismo, de un capitalismo inhumano disfrazado de progreso, de las expropiaciones a la Iglesia y la razón de Estado, del favoritismo a los grandes capitalistas a costa de los ciudadanos de a pie, de un sinnúmero de ideologías intolerantes y excluyentes, así como de perversiones de carácter inequívocamente moderno como fue el racismo.

Todas estas perversiones culturales fueron justificadas y legitimadas sin excepción por los filósofos y pensadores modernos e ilustrados como no lo habían sido jamás por los teólogos católicos ni protestantes, reformistas o contra-reformistas, y esta es una verdad poco tenida en cuenta y que conviene tener presente. Los padres ideológicos de la superioridad étnica o cultural y del destino europeos no eran precisamente teólogos católicos. Poco importa si los que se pretendían filósofos libres e ilustradosm y que no eran más que escribanos a sueldo de sus amos, justificaban todas estas perversiones bajo una apariencia moralizante, o científica y técnica, o racial, o simplemente desde la perspectiva pragmática y utilitarista de la realpolitik, como es un clásico en la escuela anglosajona.

Quizá uno de los ejemplos más escandalosos de esta toma de partido en la sombra a que acostumbraban los intelectuales sean las campañas de descrédito dirigidas a los contra-revolucionarios -por supuesto se trataba de católicos fervientes, ¿hace falta entonces alguna acusación más?- de su admirada revolución francesa y su régimen de terror. Aquí se muestran todos ellos como lo que realmente pretendían ser: manipuladores a las órdenes de los poderosos y re-escritores de la historia.

De modo que bien puede decirse que el ‘intelectual moderno’ lejos de ser una mente crítica y libre como se pretende, es desde su mismo origen un perro de presa de la modernidad al servicio del poder. Quizá la generaciones de la ilustración y la revolución francesa nos proporcionen los más acabados ejemplos de este tipo de erudito, tan petulante como servil al poderoso, charlatán y chaquetero que aún existe en nuestros días y del cual Eco era un ejemplo perfecto.

El papel de la intelectualidad europea en la creación de la neo-lengua postmoderna

Hay para acabar otra función que ejerció aquella intelligentsia ‘progre’ y que suele pasar desapercibida: el papel decisivo que aquellos intelectuales ‘de izquierdas’ jugaron en la creación e implantación de la neo-lengua postmoderna y en la actual dictadura del eufemismo y lo políticamente correcto, tras la cual se parapeta la pseudo-ideología del neo-liberalismo. Y aquí una vez más nuestro siniestro personaje destacó especialmente, no en vano en los comienzos de su carrera se labró un cierto prestigio en el mundo de la lingüística y la semiótica, por lo cual debe ser considerado uno de los precursores de la neo-lengua actual.

Es una incoherencia muy notable que hoy por hoy tantos personajes públicos que se dicen ‘progresistas’ e incluso profesores e intelectuales con cierto prestigio, se escandalicen y rasguen sus vestiduras ante el deplorable hecho de que el paradigma neo-liberal carezca de oposición tanto práctica como teórica.

Sostenemos que es una incoherencia porque ellos precisamente ampararon y aún amparan todo aquel proyecto de demolición cultural programada que comenzó por perseguir y socavar la tradición cristiana y ha acabado pariendo el monstruo de la ‘ideología de género’. ¿Qué otra cosa cabía esperar?

La izquierda cae como de costumbre presa de sus mismas contradicciones: ¿cómo se puede defender la ingeniería social más disolvente como un derecho y una liberación y sin embargo criticar la falta de empatía y de solidaridad de los poderes financieros y los gobiernos en la sombra?

No es de extrañar que una vez destruida y criminalizada toda forma de pensamiento mínimamente disidente en Europa, tal y como ha sucedido, los ciudadanos se acojan a cualquier edulcorante intelectual que tengan a su alcance tomándolo por doctrina cierta y verdadera y por ‘ciencia muy sabrosa’.

Si algunos supuestos intelectuales han ejecutado muy bien su papel de re-educadores de masas y clases medias, los activistas y los ‘progres’ han jugado por su parte, una vez más, el papel de tontos útiles.

II

Sin duda para quien conozca la obra de Eco todo lo dicho hasta aquí no puede causarle ninguna sorpresa: su anti-clericalismo disfrazado de laicismo y racionalismo humanista -anti-clericalismo que, como ya hemos apuntado, posee una base anti-metafísica mucho más profunda-, o su extremado nihilismo disfrazado de escepticismo y ‘sentido crítico’, son rasgos evidentes a lo largo de toda su obra escrita.

Pero para quien no esté familiarizado con la obra del piamontés queremos ilustrar con sus propias palabras todo lo que llevamos dicho, tanto el carácter nihilista y destructivo del pensamiento que se dice ‘crítico’, como su capacidad para la manipulación bajo una aparente nueva retórica.

Para ello reproducimos a continuación unos breves apuntes tomados de una conferencia pronunciada por Eco en 1995 y titulada ‘El fascismo eterno’, incluida en su obra Cinco escritos morales [5]. Consideramos que en estas líneas están presentes todos los rasgos ideológicos tan demagógicos como perniciosos que hemos repasado con anterioridad y que son marca indeleble de la ideología postmoderna. No debe pasarse por alto que la conferencia iba dirigida a jóvenes estudiantes, dado que la juventud ha sufrido más que ningún otro sector de la sociedad la labor de re-educación impulsada por la ‘intelectualidad’ postmoderna [6].

“A pesar de esta confusión, considero que es posible indicar una lista de características típicas de lo que me gustaría denominar «Ur-Fascismo», o «fascismo eterno». Tales características no pueden quedar encuadradas en un sistema; muchas se contradicen entre sí, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista.

1. La primera característica de un Ur-fascismo es el culto de la tradición. El tradicionalismo es más antiguo que el fascismo. No fue típico sólo del pensamiento contrarrevolucionario católico posterior a la Revolución Francesa, sino que nació en la edad helenística tardía como reacción al racionalismo griego clásico. (…) Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a los principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi se alimentó de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos. La fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana, Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sión, la alquimia con el Sacro Imperio Romano. El hecho mismo de que, para demostrar su apertura mental, una parte de la derecha italiana ampliara recientemente su cartilla juntando a De Maistre, Guénon y Gramsci es una prueba fehaciente de sincretismo. Si curiosean en los estantes que en las librerías americanas llevan la indicación New Age, encontrarán incluso a San Agustín, el cual, por lo que me parece, no era fascista. Pero el hecho mismo de juntar a San Agustín con Stonhenge, es un síntoma de Ur-Fascismo.

2. El tradicionalismo implica el rechazo del modernismo. (…) La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como «irracionalismo».

3. El irracionalismo depende también del culto de la acción por la acción. La acción es bella de por sí y, por lo tanto, debe actuarse antes de, y sin reflexión alguna. Pensar es una forma de castración. (…) El mayor empeño de los intelectuales fascistas oficiales consistía en acusar a la cultura moderna y a la intelligentsia liberal de haber abandonado los valores tradicionales.

4. Ninguna forma de sincretismo puede aceptar el pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento de progreso de los conocimientos. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.

5. El desacuerdo es, además, un signo de diversidad. El Ur-Fascismo crece y busca consenso explotando y exacerbando el natural miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Ur-Fascismo es, pues, racista por definición.

6. El Ur-Fascismo surge de la frustración individual o social. Esto explica por qué una de las características típicas de los fascismos históricos ha sido el llamamiento a las clases medias frustradas, desazonadas por alguna crisis económica o humillación política, asustadas por la presión de grupos sociales subalternos. En nuestra época, en la que los antiguos «proletarios» se convierten en pequeña burguesía (y los lumpen se autoexcluyen de la escena política), el fascismo ha de encontrar su público en esta nueva mayoría.

7. A los que carecen de una identidad social cualquiera, el Ur-fascismo les dice que su único privilegio es el más vulgar de todos, haber nacido en el mismo país. Este es el origen del «nacionalismo». Además, los únicos que pueden ofrecer una identidad a la nación son los enemigos. (…) Los judíos suelen ser el objetivo mejor, puesto que presentan la ventaja de estar al mismo tiempo dentro y fuera (…).

10. El elitismo es un aspecto típico de toda ideología reaccionaria, en tanto fundamentalmente aristocrático.

11. En esta perspectiva, cada uno está educado para convertirse en héroe. En todas las mitologías, el «héroe» es un ser excepcional, pero en la ideología Ur-Fascista el heroísmo es la norma. Este culto al heroísmo se vincula estrechamente con el culto a la muerte (…).

12. Puesto que tanto la guerra permanente como el heroísmo son juegos difíciles de jugar, el Ur-Fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales. Éste es el origen del machismo (que implica desdén hacia las mujeres y una condena intolerante de costumbres sexuales no conformistas, desde la castidad hasta la homosexualidad). Y dado que el sexo es también un juego difícil de jugar, el héroe Ur-Fascista jugará con las armas, que son su Erzatz fálico: sus juegos de guerra se deben a una invidia penis permanente.

13. El Ur-Fascismo se basa en un «populismo cualitativo».

14. El Ur-Fascismo habla «neohabla». La «neohabla» fue inventada por Orwell en 1984, como lengua oficial del Ingsoc, el socialismo inglés. (…) Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico.

*

Ciertamente el texto habla por sí solo y casi resulta innecesario el comentario. Estamos ante una retahíla de tópicos, eslóganes y manipulación de los significados de las palabras que consideramos un ejemplo consumado de cómo funciona la actual neo-lengua, como vamos a ir analizando a continuación. A lo largo del texto se aplican a la perfección todas las técnicas habituales en la retórica neo-liberal actual, aparte de mostrarse en toda su crudeza el odio a la tradición que destilaba semejante personaje.

Como decíamos en la primera parte de este artículo, Eco trata de mostrar la superioridad de la modernidad sobre la tradición por el clásico método de vincular -a menudo empleando argumentos falaces- lo que él denomina tradicionalismo con sinrazón, superstición, autoritarismo, intolerancia, etc.

Es interesante advertir cómo Eco se cuida mucho de definir o delimitar conceptos como fascismo o tradicionalismo, por el contrario intenta darles un límite ambiguo, precisamente para no caer en flagrantes mentiras y a fin de que ambos términos puedan servir como soporte a todo el conjunto de eslóganes que presenta a continuación, tal y como pretende. Por otra parte tampoco expone en ningún momento las supuestas bondades de la modernidad, sino que las deja implícitas de forma meramente alusiva. Para hacerlas explícitas tan solo hay que dar la vuelta a los argumentos que en el texto se asocian con tradicionalismo y pre-modernidad.

Hasta aquí encontramos los argumentos manidos de siempre girando en torno al falso núcleo:

modernidad = tolerancia vs. pre-modernidad = intolerancia

La modernidad como siempre se construye por oposición a la sociedad tradicional sin esconder su odio a la misma (ver aquí) y no repara en medios a la hora de desacreditar la sociedad tradicional y premoderna, incluso si es preciso para ello mentir y manipular la historia, adjudicando a la pre-modernidad toda suerte de cosas indeseables y desgracias, aunque propiamente no sean en absoluto patrimonio de la pre-modernidad, sino más bien de la mediocre condición humana, que es universal.

Pero, por si lo anterior no fuera ya suficientemente falso y demagógico, el escolástico piamontés aborda un giro más, propio de la neo-lengua actual, como es reunir toda la retahíla de eslóganes enumerados bajo la etiqueta de ‘fascismo’, la cual, como evidentemente no puede servir en rigor para ello a riesgo de mentir descaradamente y quedar en evidencia, Eco reinventa y manipula sin empacho alguno creando un artificioso engendro lingüistico: el Ur-fascismo [7].

La cadena que el ilustre ‘pensador’ piamontés pretende establecer de forma ineluctable es:

Ur-Fascismo = Tradición = Irracionalismo

La palabra fascismo resulta entonces vaciada de su significado histórico para servir así de soporte a los eslóganes y ‘sutiles’ argumentos del pensador italiano. Como hemos dicho Eco se cuida mucho de definir el fascismo y parece no importarle en absoluto que el fascismo, como el socialismo y el liberalismo, sean ideologías de carácter esencialmente moderno -de hecho son las tres ideologías de la modernidad-, caracterizadas las tres por compartir los mitos del progreso, el mesianismo -bajo la forma del utopismo- y el desarrollismo -manifestado ante todo en el maquinismo-. Puede decirse que las diferencias entre las tres son más de método que de objetivo y, en todo caso -y a pesar de que el fascismo tuvo influencias tradicionales en su parte teórica-, ninguna es una doctrina tradicional.

Dando la vuelta a sus argumentos descubrimos más claramente su intención: al atribuir todas las desgracias actuales y pasadas al ‘fascismo’ o, mejor dicho, según él, a un fascismo avant la lettre, se pretende obviamente defender y proteger a las otras dos ideologías de la modernidad: el liberalismo y el socialismo marxista.

Por otra parte, la palabra ‘fascismo’ -y su eufemismo actual: ‘extrema derecha’- queda así pues preparada como arma dialéctica, lista para ser lanzada contra cualquiera que levante la voz contra el liberalismo social, político o -y sobre todo- cultural-. De hecho es así como es empleada actualmente por políticos, agentes sociales, mass-media y ‘activistas’.

Estamos ante un ejemplo perfecto de las operaciones de deconstrucción-reconstrucción del lenguaje que ya hemos comentado con anterioridad (ver aquí) y que son la norma en el discurso de la actual neo-lengua post-moderna.

Además el empleo de la lógica aristotélica en la elaboración de estas manipulaciones semánticas y lingüísticas nos sitúa de pleno ante el “escolástico ateo” y nos descubre en qué consiste realmente su trabajo de re-educación: el intelectual manipulador queda fácilmente al descubierto.

*

Como dijimos en la primera parte, el razonamiento de aquella plétora de intelectuales es tan superficial e infantil que cuesta creer que se haya podido tomar nunca en serio:

Todos los rasgos execrables que puedan encontrarse en la sociedad actual provienen sin excepción de las herencias que aún nos quedan de los oscuros e indeseables tiempos de la intolerante pre-modernidad, al modo de atavismos darwinistas. Odiosas herencias que hay que purgar para alcanzar ese futuro utópico lleno de ‘igualdad’ y ‘libertad’ que el progresismo siempre prometió y que nunca termina de alcanzarse a pesar del triunfo del pensamiento único y de la ausencia completa de disidencia.

Y qué mejor forma de purgar estas odiosas herencias de un oscuro pasado que re-programando a la juventud mediante la re-educación.

Pero este razonamiento esconde también zonas oscuras y poco alentadoras. Como vemos, una vez definido el ‘fascismo’ por parte de la intelectualidad progresista como algo vago y nebuloso, se convierte en una amenaza fantasmagórica, y al ser casi indetectable es también por tanto potencialmente omnipresente:

La inquietante amenaza fascista puede acechar agazapada en casi cualquier parte, quizá incluso dentro de nosotros mismos, pues cualquiera puede esconder un peligroso fascista en su interior, aún sin saberlo…

Se trata de una estrategia sutil e insidiosa, el sueño de todo proyecto de manipulación de masas y control mental:

La imposición del auto-odio, la auto-censura en lo que respecta a sentimientos y pensamientos, y la auto-mutilación mental para lograr las tan deseadas tolerancia y normalidad.

Del mismo modo que la mejor censura es la auto-censura -una censura completamente interiorizada por el sujeto que ya no la percibe como impuesta desde el exterior-, la mejor purga es la auto-purga, una purga auto-impuesta: la dictadura de lo políticamente correcto.

Esto es precisamente lo que se pretende con las campañas de auto-odio con que los occidentales se flagelan sin pausa desde hace ya seis décadas. Es una operación de lavado de cerebro masivo de una sutileza y un alcance como jamás imaginaron los viejos inquisidores o los oscuros torturadores soviéticos.

En definitiva, el razonamiento es el siguiente. Para acabar definitivamente con los restos de la pre-modernidad presentes bajo la forma de autoritarismo e intolerancia, se insta a dos estrategias:

• la aculturación de la juventud en el ‘pensamiento único’ y
• la caza de brujas del disidente.

*

Estas reflexiones sobre la dictadura interior y la caza de brujas sin duda habrán recordado a más de uno el modo en que se presenta en la actualidad el discurso de la monstruosa ‘ideología de género’, última doctrina creada -por el momento- para el sometimiento mental e interior de las masas que se ha puesto en marcha a nivel mundial.

Sin demasiado esfuerzo se descubre que ‘fascismo’ y ‘machismo’ -o sus formas eufemísticas: ‘extrema derecha’ y ‘patriarcado’- no solo aparecen como términos análogos en la neo-lengua de la postmodernidad y el progresismo sino que son incluso en parte sinónimos -de hecho Eco cita el machismo, no por casualidad, como rasgo inseparable del Ur-fascismo– pues ambos llevan tras de sí la misma carga de mitemas, eslóganes y emociones negativas.

Y puesto que ambos términos malditos son armas de propaganda que pueden ser empleadas para justificar cualquier tipo de medida, este tipo de palabras, privadas de su contenido semántico y portadoras únicamente de una carga emocional inoculada artificialmente, vienen a sustituir aquel ‘minuto del odio’ que imaginara Orwell en su distopía 1984. Para comprobarlo basta analizar cómo, cuándo y sobre todo para qué aparecen en el discurso corriente estas palabras: siempre se dirigen a desacreditar moralmente al adversario y dejarle sin argumentos. Estas palabras al estilo de los dogmas religiosos o los axiomas científicos se han erigido en argumentos irrebatibles en sí mismos.

Así, cuando se dice que el ‘machismo’ proviene de la prehistoria y que siempre ha estado ahí, emponzoñando de modo invisible la historia, influyendo transversalmente a todas las culturas, se está empleando el ya comentado argumento del atavismo, argumento que no podría nunca prosperar si no hubieran calado en la sociedad el evolucionismo y la superstición del ‘progreso’. Según este razonamiento el machismo es tan solo una herencia odiosa del pasado pre-moderno que debe ser extirpado, un bonito modo de librar a la modernidad de toda responsabilidad en aquello que no nos gusta.

Asimismo los argumentos son análogos cuando los ideólogos del género se refieren a los micro-machismos, indetectables y en apariencia inofensivos pero peligrosos machismos al fin y al cabo, o cuando se insinúa que todo hombre tiene en potencia un peligroso machista en su interior -incluso un peligroso agresor, violador o asesino-, intolerante y autoritario, ¿no son acaso los mismos razonamientos espurios que emplea Eco al hablar del fascismo? ¿Y no proviene la ideología de género casualmente también del mismo aparato intelectual-académico-mediático mimado por el mismo sistema?

Advertir estas filiaciones ideológicas nos sitúa ante cuestiones de profundo alcance que requerirían un análisis detallado y reposado.

Es evidente que dos de las características más notorias del poder en la postmodernidad son su invisibilidad y su carácter cada vez más interior al sujeto, que se convierte así en ‘comisario del pensamiento’ de sí mismo. El sujeto postmoderno es al mismo tiempo el sujeto sometido y su propio dictador.

Pretendemos poner de manifiesto cómo el poder postmoderno penetra en el sujeto coaccionando su libertad de pensamiento en un nivel cada vez más profundo e íntimo y metamorfoseando el conflicto social en una guerra sobre todo interior, en que las armas que se emplean son las palabras y el objetivo estratégico de la lucha son los pensamientos y las emociones del propio sujeto.

Una guerra que se asemeja en todos los aspectos a una operación de re-definición del sujeto: de su identidad, su personalidad, sus capacidades y sus límites. Una guerra, por tanto, auto-destructiva por definición, donde se trata de que los sujetos se hagan violencia y se sometan a sí mismos mediante una lucha en apariencia invisible, pero que deja una profunda huella en el alma, pues deja mermadas para siempre las capacidades cognitivas del sujeto, en particular su auto-confianza y su capacidad de análisis y de reacción ante la realidad. Si Jung hablaba del proceso de individuación, no es exagerado hablar aquí de un proceso de des-individuación.

Un sujeto que desconfía de sí mismo será un sujeto dócil y fácilmente manipulable ya que previsiblemente se entregará por propia voluntad al dominio de alguna fuerza o entelequia exterior buscando guía y protección. El sujeto incoado buscará refugio en el falso paternalismo del Estado moderno, que como ya dijimos en otro lugar reemplaza de un modo aberrante e invertido a Dios.

*

Un detalle nos llama asimismo la atención y no queremos dejarlo pasar por alto: la referencia que hace Eco al ‘pensamiento crítico’, otro tópico bastante transitado por los intelectuales que se dicen librepensadores. Nos encontramos ante otro concepto fetiche de la más dura neo-lengua postmoderna donde es omnipresente el calificativo ‘crítico’, sobre todo para enmascarar nihilismos destructivos.

El término se encuentra típicamente asociado a las ciencias sociales: filosófica crítica, sociología crítica, teoría crítica… En realidad se trata de un eufemismo bastante burdo, y manoseado hasta la náusea en el ámbito académico-universitario, que en realidad debe traducirse por ‘progre’ o ‘de izquierdas’, porque sinceramente, ¿alguien ha visto alguna vez en estas disciplinas ‘críticas’ opiniones que se alejen en lo esencial del paradigma marxista-freudiano o que dichas ‘críticas’ no se dirijan sistemáticamente contra la sociedad pre-moderna o el legado cultural europeo?

En definitiva, bajo la etiqueta de “pensamiento crítico” lo que en realidad se propone es la aceptación del consabido ‘pensamiento único’ que hoy impera sin oposición en la postmodernidad.

*

Para acabar queremos concluir poniendo de manifiesto una vez más la estrecha relación entre las falsas élites intelectuales de la actualidad y el poder, concretamente el tipo de poder postmoderno dirigido a un sometimiento interior del sujeto, en que el sujeto debe ser su propio guardián y regularse a sí mismo, para lo cual ayuda en buena medida el triste estado psíquico del hombre moderno.

Es evidente que Eco era perfectamente consciente de su papel en tanto intelectual del sistema. Si se presta atención al texto se puede advertir que los mitemas y eslóganes empleados por el pensador piamontés -populismo, racismo, machismo, el peligro de la ‘extrema derecha’ proveniente del descontento de las clases medias, etc.- son exactamente los mismos ‘argumentos’ que emplean los políticos en la actualidad, prácticamente sin un solo cambio: toda la moderna jerga demoliberal y globalista, protagonista indiscutible de la neo-lengua del poder, está aquí presente, lo cual llegados a este punto de nuestro análisis, ya no debe sorprender a nadie.

Si tenemos en cuenta la fecha de la conferencia (1995) veremos el carácter precursor del discurso al señalar exactamente el camino que ha seguido el discurso dominante empleado por el poder.

Tanto Eco como el resto de aquella generación de intelectuales que se definían como progresistas son precisamente los creadores de la neo-lengua actual, y la consiguiente guerra de palabras con que el poder trata de aplastar la libertad de conciencia del sujeto y dividir, en realidad atomizar, la sociedad, reduciéndola a una mera suma de individualidades enfrentadas por el principio de competencia y unidas por la mutua desconfianza.

La referencia a Orwell al final del texto transcrito es harto significativa en este sentido. Sin entrar en detalles tan solo diremos que hemos denunciado en repetidas ocasiones hasta qué punto Orwell ha sido manipulado e instrumentalizado por toda aquella generación de intelectuales que pretendieron hacer de él uno de los suyos y, en realidad, se convirtieron en aquellos contra los que Orwell en sus últimos años nos puso sobre aviso.

Notas:

[1] Es decir, siempre desde un punto de vista racionalista, despreciando la realidad espiritual o mística, y nunca desde un punto de vista metafísico en el cual no hay la más mínima oposición o incompatibilidad entre fe y razón partiendo del principio gnoseológico de la identificación entre ser y conocer: se es lo que se conoce. Es un error por tanto, un error muy extendido, rebajarse al nivel racionalista para contrarrestar argumentos.

[2] Lm. 1:12.

[3] Estos debates, por llamarlos de alguna manera, se han repetido los últimos años protagonizados por otro peligroso propagandista anti-tradicional con aires de intelectual y con un apoyo mediático masivo, R. Dawkins.

[4] He aquí una de las contradicciones más flagrantes de todo el revisionismo histórico ‘progre’ como veremos en la segunda parte del artículo.

[5] Cinco escritos morales. Ed. Lumen, 1997.

[6] En las citas del texto la negrita es nuestra.

[7] La versión española traduce el neo-concepto Ur-fascism por ‘fascismo eterno’, aunque sería más acertado traducirlo como ‘fascismo primordial’.

Fuente: Agnosis I y II.

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