Cultura Transversal

Los “Porrina” en el “Berlín”

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 9 julio, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – No creo errar si afirmo que los tangos, fandangos y jaleos conocidos hoy como estilos flamencos más vinculados a Extremadura deben no sólo su consolidación, sino en gran medida también su carácter a la carismática y personalísima figura de Porrina de Badajoz, artistazo en posesión de una garganta privilegiada que, además de lograr categoría y notoriedad para los cantes gitanos tradicionales, también supo y pudo, a fuerza de corazón, imprimir solidez, hondura y peso a unos giros y trinos marcheneros que, en labios de su creador, si bien genial también a su manera, solían perderse en los vericuetos del falsete efectista y el arabesco. Estilista de larguísimo repertorio y de cuya genialidad queda constancia en muchas grabaciones, Porrina fue la primera piedra -o, en rigor, la más brillante- de una prolífica dinastía flamenca prolongada en el cante de sus sobrinos Ramón El Portugués y Guadiana y su hija La Negra, las composiciones de su nieto Juan Antonio Salazar, la rumba de Los Chunguitos, las guitarras de su hijo Juan Salazar y su nieto Paquete y la revolución encabezada en el mundo de la percusión flamenca por sus nietos Ramón Porrina, Piraña y Sabú.

El anuncio de una noche dedicada a la casa de los Porrina en los carteles de la Suma Flamenca programada por Aída Gómez fue desde el principio una feliz decisión, pues no en vano los artistas de esta familia echaron raíces en Madrid ya desde mediados de la década de 1950, cuando Porrina decidió aparcar su Mercedes rosa ante un piso de la calle del Duque de Sesto, y aquí, desde entonces, han transcurrido sus vidas y carreras. Conocedores del buen percal de esta saga, acudimos al Café Berlín no con gafas negras, que decía Porrina usar siempre “para ver lo que yo quiero”, sino con afán de verlo y escucharlo todo y, a ser posible, sin perder detalle.

La velada, como no podía ser de otro modo, advino marcada por el tránsito -horas antes- a los Cielos de uno de los grandes de la guitarra, Juan Habichuela, y a él y a la familia Carmona dedicaron los Porrina su concierto, que discurrió por dos caminos bien diferenciados. La primera parte, inaugurada con el agónico y enduendado martinete de El Ciervo, dio paso al toque de Paquete, un exquisito de la guitarra que sabe constelar el diapasón con luces siempre titilantes, apoyado por las guitarras invitadas de Antonio Sánchez -rotundidad y peso- y Monty, el más joven valor de los Montoyita. Y, arropando todo, Piraña, Sabú y Paquetito -más Juanito, sobrino de Cigala– a horcajadas sobre el cajón, asiento en el que los Porrina marcan un antes y un después por cuanto han logrado que, más allá de configurar un frondoso fondo rítmico, la percusión sea escuchada con casi el mismo oído dedicado a un instrumento de viento o de cuerda, algo patente en los maravillosos matices que Piraña extrajo anoche en varios momentos, replicados por un Sabú siempre profundo y en busca del golpe maestro.

Como Guadiana estaba anunciado esa misma noche en el Mercantil de Badajoz, el cante de la familia corrió a cargo de Juan Antonio Salazar, singular ocupante de un sitio propio y exclusivo en el escalafón flamenco. Compositor genial cuyas piezas suenan en Potro de rabia y miel y en las voces de Parrita, José Mercé, Potito o Montse Cortés, yo, que viví las circunstancias en que se gestó su aportación a aquel histórico disco de Camarón, siempre he tenido la seguridad de que, de no haber muerto éste al poco, Juan Antonio -en cuya cabeza hervían una frescura estilística y unos dibujos melódicos de gran originalidad- habría sido su compositor principal para los siguientes quince años. Anoche en el Berlín, mientras sonaban los olés en honor de su cante por tangos, creo que a nadie se le escaparía que, en efecto, Juan Antonio Salazar no es lo que podríamos llamar con propiedad un cantaor, sino un músico movido por intuiciones de enorme lucidez. Pero, cuando toma asiento a la derecha de una guitarra y canta por tangos -que dedicó a la pintora María Manuela Rosado- o El Pastor Bobo, de su garganta emanan perlas negras de ese mundo secreto del que su inspiración bebe, armonías, detalles y sentidos que difícilmente escucharemos a ningún otro.

Por resumirlo aún más: quien quiera comprender las razones y porqués de ciertos caminos y desarrollos vivos y en ebullición desde hace veinte años en el universo musical flamenco, ha de escuchar cantar, por lo menos una vez en su vida, a Juan Antonio Salazar. Quien se abstenga de tal formalidad, corre el riesgo de perderse momentos de altura artística que no abundan, por no decir que de no enterarse de nada de lo que está sucediendo.

La gala, decíamos, mudó de concepción en la segunda parte con la incorporación al escenario del gran Alain Pérez o Naike Ponce, con quien Paquete ha grabado recientemente el álbum Con nombre de mujer. Los derroteros musicales ya fueron otros, desde luego que alejados del flamenco y, en ese sentido, no representativos de la tradición musical de los Porrina, pero sí de la versatilidad que distingue a los músicos de esta familia, que alternan habitualmente sus actuaciones flamencas con colaboraciones y giras al lado de músicos de salsa, latin-jazz y otros géneros, fértil amalgama que, más allá de la identidad originaria como flamencos de Paquete o Sabú, ha dado y seguirá dando frutos musicales de altura.

Y bueno, llegados aquí, sólo nos resta dar a Aída Gómez la enhorabuena y transmitirle nuestro deseo de que el verano próximo repita éxito en esta Suma en la que con tan buen pie ha debutado. ¡Seguro que así será!

Foto: José Luis Chaín

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