Cultura Transversal

El Color Sin Nombre

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Literatura by paginatransversal on 12 julio, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – En el mismo año en que han abandonado por la puerta grande las sedas, pompas y espejismos de este mundo Omar Sharif, Umberto Eco y Rodolfo Rodríguez El Pana lo ha hecho también Juan Maya, pluma de paladar exquisito y geografías insólitas, rostro emblemático de una generación de artistas y gente de buen vivir a la que desde los primeros años setenta debe el Barrio de las Letras su carácter bohemio y que en los últimos tiempos venía viendo menguar sus filas con los tránsitos hacia la Estigia del escritor Gonzalo Torrente Malvido, los pintores Luis Claramunt y Bonifacio Alfonso, el cronista de jazz Javier de Cambra, el pianista Paco Montoya o Miguel Porras (taurino a muerte, guerrillero en Sierra Maestra y dueño de Viña P)… Amigo y contertulio de todos ellos, Juan se formó aquí como militar y después, en Suiza, como ingeniero electrónico. En España otra vez y ya armado caballero, fue marchante de arte moderno. Pero un día, no sé si en sueños o en una de las muchas noches en que escuchó cantar a Camarón o a La Perla, experimentó la visión de un enigmático Color de Nombre desconocido y, en aquella encrucijada, con los cabellos en llamas, resolvió quemar todas sus naves -¡todas!- para consagrarse a la literatura.

Aunque enamorado ya en sus días de pupitre de lo que llamaba la elegancia de la ciencia, el duende de las letras le hervía en el pecho desde niño, cuando, cada vez que acompañaba a su padre a la tertulia del Casino de Jaén, éste le compraba una novela en el quiosco. Ya joven, leyó mucho a los latinoamericanos del boom y yo creo que toda la colección de literatura fantástica seleccionada por Borges y publicada aquí por Siruela en los tiempos de Jacobo… Sus relatos cortos y no tan cortos, de sello inequívocamente personal y que fueron apareciendo en el curso de los años en ABC, El Paseante, Generación XXI, Sur Exprés, Más Jazz, Omarambo, 6 Toros 6 o Próximo Milenio le valieron la admiración de una casi secreta, pero fidelísima mesnada de lectores devotos.

El Color Sin Nombre… Aspiraba a custodiarlo a modo de Grial en la Sala de Banquetes del Castillo Encantado del que era señor en Jaén, cuyo puente levadizo resulta ardua cosa franquear debido precisamente al hechizo que lo envuelve, pero hacía más de veinte años que su principal nido de águilas estaba enclavado en una atalaya heredada de su padre, alzada frente a la casa donde viviera Moratín y fronteriza con tierra de moros. Como discípulo predilecto que fue del gran maestro de armas Isidoro Samper Herranz y como antaño hiciera Cervantes, paseó con brío por la calle del León su figura de esgrimista -galardonado en 1964 por su manejo de la espada y el sable- de camino hacia una Cervecería Alemana donde su veloz y brillante verbo hacía las delicias de pintores, flamencos, escritores, toreros y bellezas de rompe y rasga. En La Platería, mientras miraba de reojo hacia el Árbol de las Ideas, alzaba y hacía girar sobre su propio eje una copa de vino para mostrarte y explicarte el proceso de orto y ocaso de una estrella con una elocuencia inconcebible para los astrofísicos. Yo diría que la topografía de su Macondo de propia cosecha -tanto la de los imaginales Montes de Ur como la del ciclo de Cochigongas- la concibió casi en su totalidad, aparte de contemplando la desembocadura en el mar del Rhône, algo más allá de Arles, en la Camarga, en el bar del antiguo diario Pueblo y otros cenáculos -el Neyla, La Bodeguita de San Juan, La Dolores… – abiertos en los alrededores de Jesús de Medinaceli y en los que libró batallas dignas de Leónidas…

Con él viajamos una primavera, mi mujer y yo, a impregnarnos del incienso de Sara la Kalí en Les-Saintes-Maries-de-la-Mer y subimos al castillo de los Reyes Magos en Le-Baux-Aix-en-Provence, y a su lado viví innumerables madrugadas quijotescas en las que, impelidos por el afán de aventura y el amor a la andante caballería, cruzamos nuestros aceros con malandrines merecedores de una lección y toda clase de gigantes disfrazados de molinos de viento.

A Juan Maya, que cantó gitano como pocos por soleá y fandangos, apenas le sonaba la voz la última vez que lo visité en su torre. De su garganta herida sólo brotaban susurros procedentes de un mundo que sólo él podía ver e inaccesible para ese programa informático demasiado elemental que decía que son la mente y el cuerpo humanos. Pero, para mi sosiego, no parecía sufrir, sino experimentar alivio por saber próximo el fin de la heroica lid librada durante meses contra la enfermedad del siglo con el auxilio de bálsamos sagrados, enigmáticos dibujos, envíos de las Galápagos y fórmulas de física cuántica de acuñación propia.

Se estaba batiendo con la muerte como el caballero aspira a seducir a Dulcinea… y ésta acabó por rendírsele. Su pupila, siempre intensa y ya como licuada, parecía pronunciar aquella tarde, ante mí, la frase de Alan Watts: “Eres algo que todo el Universo está haciendo, al igual que una ola es algo que todo el océano está haciendo”… En su penúltima madrugada, mientras lanzaba ya sus postreros mandobles, esa pupila de Fénix volvió a destellar para escanear y llevarse al Paraíso la imagen de cuantos le quisimos. Ya acabado el combate, pudo al fin entrar al cuarto de toreros, embutirse en su terno crema y partir hacia la plaza como el Rey Arturo en la barca hacia Avalon, después de dejar en libertad a la Dama de la Pamela, Aixelaj el Músico, el Toro de Bronce, Rajin Sara, Nislan el Genio, Lisa la Modelo, Esec y su Violín de Conchas, Cavin el Alquimista, Prakás el Esenciero, el Hombre del Maletín, el Ave Kolila y tantos otros personajes que, por fin, podían cobrar sutil vida propia para poblar para siempre las esquinas, iglesias y barras del Barrio de las Letras donde el feraz y deslumbrante cálamo de Juan Maya los alumbró. El Ave Kolila, sí, ha desplegado sus alas y reina ya, para siempre, como deidad tutelar de las calles que tantas veces recorrimos con la risa a flor de piel.

Con Juan Maya se va para mí no sólo un escritor de regustos quintaesenciados, sino, ante todo, un alma entera y valiente que jamás me falló en los momentos difíciles y con quien siempre supe que podía contar de modo incondicional.

¡Buen viaje y hasta que Dios quiera, querido Juan! ¡Que la tierra te sea leve y sigas volando alto! ¡Aquí, nosotros continuaremos soñando con el Nombre Secreto del Color!

Foto: José Luis Chaín

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