Cultura Transversal

Rebeldes y apaches

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 30 julio, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – La merma en la capacidad de inmersión y de tomar confortable asiento en un mundo literario es achaque del que, con la edad y a medida que leemos más y más libros, todos terminamos cojeando. Según los lustros van cayendo, tórnase también más difícil, es verdad, la concentración en la lectura de un libro: eso de creérnoslo, de meternos en él… Como te creías las aventuras del Mowgli con quien, a los catorce años, mientras leías, jurarías que estabas acampando en la selva.

De ese embotamiento o ese perezoso sesgo adoptado por la antes nervuda facultad de la atención se recupera uno en un santiamén, sin embargo, echando mano de centraminas como las aventuras de Josey Wales, donde desde la primera hasta la última página todo es un no parar de cabalgar, esquivar balas, devolver los disparos, vengar la muerte de amigos, huir a uña de caballo de los rurales mexicanos o los apaches, sudar la gota negra hasta que se logra cerrar un pacto con los comanches, recorrer a paso lentísimo y en silencio cañones y gargantas donde sabes que te espera una emboscada o detener la hemorragia de algún compañero de fatigas herido en el tiroteo a las puertas del saloon o en la parada de la diligencia.

Valdemar ha publicado en un solo volumen –El rebelde Josey Wales– las dos novelas –Huido a Texas y La ruta de la venganza de Josey Wales– dedicadas por Forrest Carter (Alabama, 1925 – Texas, 1979) a este personaje, nacido a la vida en papel en 1972. Y la verdad es que nos han gustado tanto que nos supone un chasco de marca mayor el que Carter no fuera un autor más prolífico. ¡Con que hubiera escrito sólo una novela por cada vez que Josey, mientras masca tabaco, escupe sobre un lagarto con puntería inigualable, nos habríamos conformado!

Las dos novelas protagonizadas por Josey Wales te atrapan e intrigan incluso antes de empezar a leerlas si echas un vistazo a la introducción al autor y su obra debida a Alfredo Lara. Y no sólo por las precisiones históricas en ella suministradas acerca de varias familias de forajidos del Oeste –los James, los Younger, los Dalton…- unidas por lazos endogámicos más allá de lo familiar, pues todos ellos sirvieron un día a la Confederación como guerrilleros irregulares a las órdenes de Quantrill, sino también por la información biográfica que sobre el autor proporciona. Resulta que, antes de consolidarse como autor de monólogos de corte New Age, lejos de ser un escritor al uso, Forrest Carter destacó como miembro del Ku Klux Klan y cabecilla de una escisión de corte maximalista sufrida por esta célebre ONG, distinguida de la organización madre por el uso de capuchas y túnicas grises en vez de blancas y cuyos asistentes sociales propinaron una paliza a –entre otros- Nat King Cole. Además, ironías de la vida, trabajó como “negro” escribiendo los discursos a un político supremacista blanco, Gobernador de Alabama, hasta que, por considerar a éste demasiado blandengue, se animó a presentar su propia candidatura, bendecida con tan pocos votos -¡pucherazo, seguramente!- que resolvió iniciar una nueva vida bajo otro nombre y en otro Estado.

El primer paso fue escribir una falsa autobiografía en la que narra su supuesta educación por un inexistente abuelo cherokee. Desde luego, y por más que haya sido puesto en duda que el Carter del capuchón y el escritor fueran la misma persona, llama la atención que en estas novelas, protagonizadas por un ex guerrillero confederado y llenas de comentarios sobre el viejo Sur, no aparezca –ni por alusiones- un solo personaje negro y no se haga mención ni siquiera de pasada a la esclavitud.

Cruces en llamas y cuestiones extraliterarias aparte, como en otros títulos de la colección Frontera de Valdemar, también en las novelas de Carter encontramos –por cortesía de las naciones pieles rojas- numerosos consejos de suma utilidad para pernoctar al raso y conservar el tipo tanto en el mundo urbano globalizado por cuyas calles nos vemos obligados a recechar bisontes como en el caos post-apocalíptico que se nos viene encima. Agradecemos al pueblo cherokee, por ejemplo, su recomendación de morder un palo clavado en la tierra para, descifrando sus vibraciones, poder deducir por cuántos hombres a caballo es uno perseguido. Y a los guerreros cheyennes, el recordatorio de que cortar la cabellera al enemigo muerto constituye una excelente medida de cara a impedir que éste vaya al Reino de los Espíritus y nos encontremos allí con él cuando nos toque hacer el viaje. ¡Hombre precavido, vale por dos!

Sugiero, por mi parte, la conveniencia de conocer antes de leer estas novelas el significado proporcionado por el Diccionario de la RAE a la voz “mezquite”, procedente del náhuatl y que aparece continuamente en ellas: “Árbol de América, de la familia de las mimosáceas, de copa frondosa y flores blancas y olorosas en espiga. Produce goma, y de sus hojas se saca un extracto que se emplea en las oftalmias, lo mismo que el zumo de la planta”. Ya que estos relatos son de los que consiguen que te metas en ellos, y como vas a encontrarte con la palabra –mezquites, por acá, mezquites por allá- continuamente, hay que saber de qué se habla y en las cercanías de qué se duerme. Importante también… ¡No olvide el lector presentar sus respetos a los apaches! Aunque no suela ser destacado, esta tribu fue la que -como Charles de Martel en Poitiers a los musulmanes- detuvo en América la marcha hacia el norte de los españoles, quienes -¡caso único!- se vieron forzados a pagarles tributo.

No entre aquí nadie que no se haya reconciliado con su padre y con su madre”, rezaba a la entrada de la Academia de Platón. De igual modo, no abra este libro quien no honre la memoria de Mangas Coloradas, Gerónimo, Nana y Cochise.

Los que sí… ¡Adelante!

Foto: José Luis Chaín

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