Cultura Transversal

Fantasmas del Siglo de Oro

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 5 agosto, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Cuántos fantasmas y aparecidos no habitarían y camparían por sus respetos en España bajo los Austrias y los primeros Borbones que, en un cuento de Lope de Vega, un ermitaño espeta con voz cavernosa al viajero que busca posada:

-¿Qué me quieres, espíritu maligno?

El recibimiento, se convendrá, no suena muy acorde con los formulismos de hoy, tiempo en que, en el Día de Todos los Santos y para ser buenos padres, los oficinistas disfrazan a sus niños de brujas y demonios. La historia en cuestión ha sido incluida por Gerardo González de Vega en la cuidada antología de los numerosos relatos de terror escritos en la Piel de Toro desde finales del siglo XV hasta mediados del XVII y que, precedida por un jugoso estudio introductorio, nos envía Miraguano: El demonio Meridiano. Cuentos fantásticos y de terror en la España del Antiguo Régimen. A la mayoría de literatos incorporados a ella se les pasó el arroz tiempo ha, no se puede decir que anden en el día presente en boca de todos ni que sumen demasiados devotos en internet, que es donde la mayoría lee, por decir algo. Acerca de Alonso de Castillo Solórzano (1584-1648), por ejemplo, nos advierte González de Vega -porque quien avisa, no es traidor- de que “sus tramas son liosas, pero no imposibles de entender”, así como de que “intentar leer varias de ellas lleva al desaliento, y las escribió a docenas”… Damos fe de la exactitud de su primera afirmación, pues, tras haber leído su cuento La cruel aragonesa, nos congratulamos de poder decir que hemos entendido cuanto en él se narra. Sobre la segunda, como no nos hemos adentrado en otras fantasías de este autor, nos sentimos incapaces de pronunciarnos.

Claro que, para magníficamente liosa, La aventura irresoluble, incluida por Antonio de Torquemada en su Historia del invencible caballero don Olivante de Laura (1564), en la que una princesa ha de ser rescatada de un carro protegido por cuatro tigres, un león, una sierpe y un salvaje armado con un basto como el blandido por la Sota de Don Heraclio.

Encontramos en el tan curioso volumen escritos de, por ejemplo, el Cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), autor de Don Claribalte, el Caballero de la Fortuna. O noticias de Beatriz Bernal, primera mujer europea que escribió una novela de caballerías: Don Cristalián, aparecida en 1445. O pasajes debidos a la pluma de Rodríguez de Montalvo, quien reunió en uno los tres volúmenes hasta entonces en circulación de las hazañas de Amadís de Gaula y añadió otros dos de su cosecha: uno, supuestamente hallado en una sepultura de una ermita, cerca de Constantinopla; el otro, escrito por él tras haber sido conducido durante un sueño, por una encantadora, hasta la isla donde ésta mantenía hechizados a Amadís y otros caballeros y a sus damas y amigos.

Gracias a esta recopilación de narraciones de una época que, desde casi todos los puntos de vista, tenemos bastante en el olvido, sabemos de lo mucho que el asunto de los fantasmas, brujas, tesoros mágicos, grutas, casas y castillos encantados, demonios y criaturas fantásticas dio de sí entonces desde el punto de vista literario. No en vano, al llegar Cortés con sus hombres a Tenochtitlán, y como González de Vega recuerda, Bernal Díaz del Castillo observó que lo que ante sus ojos se mostraba “se parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís”. No todos los que fueron al Nuevo Mundo, pues, eran analfabetos. Y, luego de haber leído un par de relatos, no le queda a uno tan claro eso de que la novela gótica la inventaran Polidori y Mary Shelley.

Puesto que los seres humanos se siguen muriendo, los fantasmas y estantiguas nunca desaparecen del todo ni de la vida cotidiana ni del imaginario popular. Lo que sí mudan es de categoría o índice de popularidad en el candelero, en el sentido de que no siempre es el mismo el juicio o el grado de alarmismo que suscitan. Entre 1950 y 1980, por ejemplo, la gente pensaba poco en almas en pena y maldiciones de ultratumba, porque el fantasma que con más alboroto ululaba y agitaba la sábana y las cadenas, poniendo los pelos de punta a los artistas e intelectuales de Occidente, era el del exterminio nuclear: Henry Miller o Mircea Eliade estaban persuadidos -y, no lejos de ellos, Sender o Ridruejo- de que no otro iba a ser el final de la especie humana. Hoy, el más temible espectro sería el eventual apagón repentino de la Red de Redes, que dejaría a todos, de un plumazo, sin vida social. Porque, a los aparecidos y fantasmas clásicos, ya nadie parece temerlos ni considerarlos entes de mal agüero. ¡Lo de Halloween es una práctica de inocentes y bobos si pensamos en cuánta gente parece considerar la posesión diabólica y similares asuntos como cosas gratas y a experimentar al menos una vez en la vida!

Me vienen a la mente, por ejemplo, amplios sectores del feminismo, corriente de pensamiento nacida entre señoras practicantes de la evocación de los “espíritus”. O los millares de individuos que en sus desfiles, dominados por una estética ero-sado-nazi, invitan a sodomizar osos. O los miles de animalistas que incitan al asesinato de toreros y al escarnio de sus cuerpos desde perfiles virtuales con una estética entre infantilona y mongoloide con inequívoco tufo a pederastia… Y muchos otros. Está claro, en fin, que no vivimos en el Siglo de Oro.

Toda esta gente, de poder, prohibiría la lectura de las novelas de caballerías, cosa que ni se pasó por la imaginación al Santo Oficio, y considera la literatura griálica y la mitología clásica, que tanta influencia ejercieron sobre los autores que componen en esta selección, una aberración machista y heteropatriarcal… Suponiendo que tengan noticia de su existencia, por supuesto. No les vendría mal recibir alguna noche la visita de un espectro del tiempo de los Austrias.

Foto: José Luis Chaín

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