Cultura Transversal

Dostoievski y el estilo

Posted in Autores, Fiodor Dostoyevski, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 11 agosto, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Hace unos días, un amigo me comentó que en tal editorial disponen de excelentes correctores de estilo y me permití expresarle con sorna mi extrañeza por que una editorial contara en su staff con gente encargada de semejante tarea, pues los escritores, precisamente por serlo, ya tenemos un estilo. Que el estilo, en fin, lo aporta el escritor y, si alguien necesita que otra persona imprima “estilo” a un texto suyo, es que no se trata de un escritor, sino de un señor a quien le gustaría serlo. Se quedó con la boca abierta ante mi apreciación de que debe ser uno mismo, y no otro individuo, el autor de su propia obra. Algo tan simple parece tratarse, sin embargo, de un concepto insólito en los actuales ambientes literarios, muy frecuentados por mi amigo, y donde se publica… Pues eso, a más gente a la que le gustaría ser escritor que a quienes lo son de verdad.

Mi impresión es que, en caso de tener a día de hoy treinta años y ser un desconocido -o no tanto como una celebridad- de cuyos libros resultara necesario hacer una mínima campaña de promoción, Dostoievski no podría publicar hoy, en España, ni un solo título. El mero hecho de ser un ciudadano que no se levantara a las seis y media para ir a dar clase en un instituto le habría tornado de inmediato en figura sospechosa para el mundo editorial. ¡Dedicarse a escribir! ¡Vivir de ello! ¡Qué escritor más raro!

Me hace gracia pensar en lo que habría pasado por la cabeza del autor de El jugador de haberle hablado alguien de la existencia futura de profesores de instituto que se ocuparían de inyectar “estilo” a su prosa y convertir en “legible” y “comercial” a quien, como él, despachaba con excelso arte y elegante caligrafía, y en tiempos de pluma de ganso y candelabro o quinqué, obras de cientos y hasta miles de páginas en las que el ritmo narrativo no flaqueaba ni a tiros sin que ningún enterao le corrigiese nada. Y tal calidad innata, que distingue a un escritor de quien no lo es, suele transparecer, más allá de los ensayos u obras de ficción, hasta en los dietarios personales. Los editores y correctores… ¿No se preguntan el porqué? Ni siquiera un diario íntimo necesita de corrector de estilo, quien, para empezar, debe de ser un individuo a quien no sucede nunca nada interesante, porque, ¿alguna vez han visto ustedes salir a la luz de la imprenta el diario de un corrector de estilo? Nunca he conocido a ninguno, pero los imagino un poco como esos apoderados que recorren el callejón de la plaza gritando a su torero, mientras éste presenta la muleta al toro, cómo tiene que torear… Que se pongan delante ellos si son tan buenos, ¿no?

A propósito de dietarios, Alba Editorial ha publicado hace poco el de -precisamente- Dostoievski, Diario de un escritor, un volumen en el que resulta de lo más patente que la grandeza de un artista es siempre, en parte, producto de la época. Todo se antoja magno en los diarios de un hombre que hasta el fin de sus días, cada vez que encaraba una situación complicada, abría al azar, en busca de respuesta, el ejemplar de los Evangelios que le había acompañado al presidio siberiano y a quien la contemplación de Cristo martirizado en el lienzo de Holbein El Joven sumía en hondas meditaciones mientras su mujer, horrorizada por la imagen, tenía que abandonar la sala del museo ginebrino donde estaba expuesta. ¡Igualito que ahora, que la gente, para saber quién es su mejor amigo, pregunta a una aplicación de Facebook!

Diario de un escritor, escrito entre 1873 y 1881 y que, por razones cronológicas y como resalta en el estudio introductorio Víctor Gallego Ballestero, constituye -junto con Los hermanos Karamazov– su testamento espiritual, comprende relatos y reflexiones sobre temas muy diversos, como el proceso de formación de las élites en Rusia o la opinión de Dostoievski sobre otros autores e intelectuales coetáneos suyos, a cuento a veces de alguna polémica o malentendido cuya falta de fundamento aclara. En él, precisa Gallego Ballestero, conviven “páginas inmortales y diatribas ya sin eco, consideraciones soberbias y postulados trasnochados, polémicas brillantes y rabietas pueriles”. Pero todo, lo más trascendente como lo más trivial, con el sello de Dostoievski, no con el de un corrector de estilo.

Hemos disfrutado de la lectura del libro entero, pero nos quedamos de todas, todas con sus lúcidas reflexiones en torno a un párrafo apócrifo -pero que él creía cierto- del Quijote en el que el hidalgo trataría de justificar ciertas incongruencias aparentes de sus hechos de armas a partir de argumentaciones cien por cien realistas, claro que de un realismo netamente mágico: un caballero, explica Alonso Quijano, podía derrotar en cosa de minutos a un ejército de cien mil felones, pero porque no se trataba de verdaderos guerreros, lo cual sería imposible, sino de lombrices que, hechizadas por un genio, adquirían ese aspecto. Dostoievski habría redondeado mucho esas apreciaciones suyas de haber alcanzado a conocer a Juan Maya, que, aparte del Lord Dunsany español, fue el último defensor de las Leyes de la Alta Caballería en la Piel de Toro. Tuve la suerte de escuchar de sus labios muchos razonamientos como ese, que me aclararon de modo palmario hasta qué extremo los límites de la realidad y las fronteras entre mundos no son los que nos han contado los cartesianos. La otra noche, soñé con él, quien me espetaba:

-¡Hay que derrotar ya al enemigo, chavorró! ¡Que la literatura siempre se está batiendo en retirada!

Como todo llega, ahora estarán los dos, Dostoievski y él, con las manos entrelazadas a la espalda, conversando sobre el particular mientras dan largos paseos hasta Yásnaia Poliana, la finca de Tólstoi, que Juan siempre sospechó que era caló y, seguramente, les da bien de comer y beber. Allí hablarán del relato de los tres ermitaños de la isla, del Color Sin Nombre, de la mujer centenaria del relato aquí incluido y, claro, del Quijote.

¡Quién pudiera escucharles!

Foto: José Luis Chaín

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