Cultura Transversal

Jardiel y el sereno

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 17 agosto, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Después de intentar leer tres o cuatro novelas infumables, he atinado con una buena. No entiendo muy bien la razón de que las editoriales consideren escritores y publiquen a individuos cuyos arrebatos traducidos a megabytes dejan al desnudo la incómoda evidencia de que manejan un vocabulario de apenas cincuenta palabras. Pero así -y en ello abundábamos la otra semana- está el panorama. Gracias a Dios, tras el traspié ha caído en mis manos una novela de verdad. Y, además, protagonizada por un sereno madrileño metido a detective. Mi recuerdo de esa figura del pasado es en extremo vago, pero resuena aún en mi memoria el eco de las palmadas con que mis padres, cuando llegábamos a casa caída ya la noche, demandaban la presencia del sereno para que nos abriera el portal. Fue esa remembranza infantil la que un día me hizo comprar en una tienda de coleccionismo una de aquellas tarjetitas con que, antaño, el gremio de la linterna y el chuzo felicitaba las Pascuas a los vecinos mientras extendía la mano abierta para recibir el aguinaldo.

Claro que hay otro protagonista de la novela que me ha hecho zambullirme de cabeza en ella. El narrador o el autor teatral corren siempre el riesgo de que a alguien se le ocurra darle a probar una cucharada de su propia medicina y, de buenas a primeras, verse convertidos en personajes de novela o drama. El peligro nunca deja de estar ahí, latente, y no siempre le sonríe a uno la suerte de que el artífice de la encerrona no sea un desaprensivo. Enrique Jardiel Poncela ha tenido la de que haya sido Juan Ramón Biedma quien, en La lluvia en la mazmorra (Versátil), le haya adjudicado el papel de protagonista de su ficción guardando fidelidad a su idiosincracia. ¡Imaginen si hubiera sido cualquier otro que pasara por ahí, alimentado por tan absurdas ideas como que Dios no tomó la palabra ante la humanidad, en la Plaza de Toros de Madrid, en mayo de 1932, o que amor se escribe con hache o que la mujer no es un elemento indispensable para la respiración! En el epílogo, Biedma confiesa su admiración desde la infancia por la obra de Jardiel. En el prólogo, también Luis Alberto de Cuenca admite su jardielismo acuñado en la familia. Si a un autor y un prologuista jardielistas se suma un lector -yo- que también lo es, y sobre todo -como Biedma- por La tournée de Dios, la confluencia no puede ser sino feliz. El toro tiene que meter la cara y hacer el avión sí, o sí.

Ya había leído pocos años atrás otra novela de Biedma (El imán y la brújula, Ediciones B) y me había gustado por su aire personal, aunque no tanto como esta, que transcurre envuelta en atmósferas madrileñistas tan genuinas y bien aliñadas como las sevillanías de la anterior. Como en aquella, en La lluvia en la mazmorra injerta Biedma la intriga policíaca en un idealizado decorado de los años 20-30 –finales del Directorio de Don Miguel Primo de Rivera- y en las atmósferas propias de las sociedades secretas, cultiva la crítica a los vínculos -dígase claramente- satánicos del poder político, destapa el tarro esenciero del anticlericalismo de joven hispalense fascinado a la par que peleado con la Semana Santa, zurra con ganas al XIII Borbón y a los militares africanistas y gusta de un tono y ambientación diríase que oníricos y con guiños al goticismo. Como ha morigerado su gusto por las deformidades físicas y la lubricidad malsana que -en mi recuerdo- anegaba los subterráneos de la anterior novela, puedo decir que he disfrutado de la lectura de La lluvia en la Mazmorra tanto -o casi tanto- como si la hubiera escrito yo. Hay que homenajearle con una ovación fuerte.

Me gustan las novelas que te permiten, siquiera sea como lector, tomar asiento a un velador del Levante o el Café del Gato, templos tertulianos tiempo ha clausurados por la piqueta, y presumir de tener en la mesa de al lado a Marcial Lalanda o Lola Membrives. Así que me permitirán ustedes que la merecida ovación se la dedique a Biedma desde la barra de aquel Fornos de Alcalá -ahí estamos, ¿nos ven?, entrando a mano derecha y antes de llegar a la primera lámpara de araña- donde fuera tributada una de lujo a Vicente Pastor tras uno de sus triunfos en Madrid.

Foto: José Luis Chaín

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