Cultura Transversal

Brigadistas

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 23 agosto, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Nacido en 1889 en Dresde y fallecido a los noventa años en Berlín Oriental, Ludwig Renn fue -como Drieu La Rochelle, Jünger, Malaparte…- uno de aquellos escritores conocedores de la celebridad gracias a una novela sobre su experiencia en las trincheras de la I Gran Guerra y que, con su testimonio literario, contribuyeron a dotar a sus coetáneos de conciencia generacional y, más tarde, ardor militante y anhelos totalitarios. No he leído Guerra, la novela que dio fama a Renn, sino sus memorias tituladas La guerra civil española, publicadas como la antedicha por Fórcola y en las que narra sus vivencias -tanto en retaguardia como en la Ciudad Universitaria, Guadalajara, Brunete, el Jarama y otras batallas- como Jefe de Estado Mayor de la XI Brigada Internacional, y era obvio que no me podían decepcionar, si bien no en el sentido que muchos presumirían. Me refiero a que me gusta mucho la literatura comunista, en especial la de género épico-biográfico, particularmente por lo que -desde luego que no de modo deliberado- contiene de broma pesada y su carácter de lo más instructivo sobre la drástica quiebra del sentido común que, en todos los órdenes, marcó el tono pensante en la época en que fue escrita. Y en particular me gustan, claro, aquellas piezas cuya acción transcurre en lugares o ciudades que me son familiares: el Hotel Victoria de Madrid, la Sierra de Guadarrama, Valencia, Barcelona, Sevilla…

La literatura comunista se distingue, en efecto, por una obsesión docente y educadora que constituye un excelente ejemplo de los gravísimos daños cerebrales que a centenares de miles de individuos pueden ocasionar las ideologías, muy en especial aquellas perseguidoras de sociedades perfectas y demás objetivos utópicos. Tan devastador es el tumor de origen ideológico que hasta resulta capaz de convencer a un individuo normal y corriente de que es un ser especial, llamado a cumplir una misión de alcance cósmico que puede hasta incluir la redención de toda la humanidad, corrigiendo así de cabo a rabo ese error de Dios o de la Naturaleza llamado Hombre, o bien quedarse en propósitos más modestos y regenerar sólo a una raza o un país.

Como en el fondo no se trataba sino de santificar una monumental mentira, en los autores adscritos a este género literario, persuadidos de ser los Mateo, Marcos, Lucas y Juan de un mundo nuevo, predomina siempre un ánimo sistemático de engaño y autoengaño sin el cual tales despropósitos literarios no resultarían factibles. El absurdo hace acto de presencia ya en las primeras páginas, cuando, como es habitual es el género, Renn presenta a quienes luchan del lado de Franco no como españoles, sino como un contingente de alemanes, italianos y moros apoyados por el capitalismo inglés, invasores de España a quienes plantaría cara el “pueblo español”, constituido por él -alemán- y el resto de voluntarios -alemanes, polacos, chinos, franceses, británicos, húngaros, italianos…- dirigidos por oficiales soviéticos y pertrechados con armamento también de la misma fabricación. En esa línea, enterado de la toma de Oviedo y Gijón por Franco, proclama Renn que “ya no se podía decir en rigor que las provincias del norte fueran españolas”. Y es que, en virtud de las servidumbres topográficas a que la patología ideológica obliga, estas habían pasado a ser territorio italo-alemán. Por supuesto, ni por asomo cruza por la cabeza de Renn la conclusión de que, según tal razonamiento, quizá debiera decirse que las provincias del norte habían dejado de ser soviéticas.

Con idéntico criterio interpretativo de la realidad se refiere a Bergamín, con quien coincide en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de 1937, como “el escritor católico … prototipo exagerado de la antigua clase dominante”. Por supuesto, él, Renn, que ostentaba el título de Barón de Glossenau, evita mirarse al espejo a ver si pasa ese examen, si bien no se olvida de subrayar que, en varias ocasiones, cuando le fue ofrecido tal o cual cargo en el ejército de la República, lo aceptó con gran dolor por estar, así, privando de ocuparlo a alguien de extracción proletaria. Más jocosa aún es su declaración a propósito de que, en caso de pedirle un soldado herido la asistencia espiritual de un sacerdote, habría tratado de encontrarlo, sobre todo si la colocamos en paralelo con la de que, en la zona franquista, los curas eran recluidos en campos de concentración.

La guerra civil española, de Ludwig Renn, es, en suma, un diáfano y -para quienes nos gusta- amenísimo exponente del más puro agitprop leninista. En él no encontramos las zonas grises que pespuntean las memorias de un Orwell o de otros revolucionarios profesionales que, como Julián Gorkin, rompieron con la disciplina de Moscú. Para Renn, stalinista hasta el final, existen dos clases de seres humanos: él y los demás militantes de algún partido comunista y, al otro lado, el resto de la humanidad, es decir, el fascismo y sus títeres. No debe olvidarse que formó parte de la comisión que “investigó” y “destapó” la filiación “fascista” del POUM y, por ello, pronunció conferencias en Estados Unidos sosteniendo que su líder, Andreu Nin, torturado y asesinado por comunistas españoles y soviéticos en una cheka de Alcalá de Henares, se hallaba seguramente en Berlín tomando café con Hitler, pues había sido ayudado a fugarse por sus “camaradas” nazis. Dentro de tal lógica, Indalecio Prieto es “un agente de los americanos” y “un traidor a la patria” -no se olvide que el “español” es Renn- por haberse llevado a México parte del tesoro del Banco de España, sin que la parte del mismo custodiada en Moscú sea mencionada en ningún momento. ¿Para qué, si la URSS era “España”?

En esta clase de literatura, todo responde a razones ideológicas. Si Renn se encuentra con un negro, comisario político de su brigada, y lo abraza “efusivamente al modo español”, es “para manifestar nuestra oposición a los prejuicios racistas”. Si no hay nadie delante, con un apretón de manos basta… Y, por supuesto, nada más llega a Cuba, la gente le mira por la calle como a un semidiós por el hecho de que les habla en español y no en inglés, la lengua de los capitalistas explotadores, en virtud de lo cual Renn les hacía sentirse seres humanos. Es decir, gracias a que un genuino internacionalista como él, representante del nuevo Sol proletario, se paseaba por la isla, los cubanos empezaban a dejar de sentirse unos tolilis esclavizados.

Militar arrojado y capaz y autor de un relato bélico bien ambientado, pues lo cortés no quita lo valiente, Renn sacó a la luz estas memorias ya en la década de los 50 y en la RDA, donde sólo fue permitida la salida de una edición mutilada, censurada y con añadidos de otras manos. Esta de Fórcola es no sólo la primera en español, sino la primera publicada tal y como fue concebida por su autor. Aunque… Vaya usted a saber: lo mismo a Renn le indignaría el detalle y hubiera preferido la versión del Partido.

Pocos nazis y comunistas de aquellos años deben ya quedar vivos. A veces, me pregunto qué sentirán mientras caminan por las calles de un mundo tan distinto al que conocieron, sin paso de la oca, culto al evangelio de la delación ni cilicio rojo bien ceñido a la cintura para entonar meaculpas ideológicos por las noches. La verdad es que este año me ha alegrado notar, al abrir mi Facebook, que en fechas como el 18 de julio o el 14 de abril apenas nadie cuelga ya proclamas conmemorativas de los acontecimientos que las marcaron, feliz señal de que por fin empiezan a ser consideradas en el imaginario popular como lo que realmente son: historia.

Foto: José Luis Chaín

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