Cultura Transversal

El tiempo detenido

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 29 agosto, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín AlbaicínEl tiempo debe detenerse… Así se titula la novela de Aldous Huxley recientemente publicada por Navona. Desde luego, Huxley lo paraliza de un frenazo en este retrato implacablemente acartonado de los convencionalismos que, de creerle, regían la vida familiar de la burguesía inglesa e italiana a finales de los años 20 y principios de los 30. En un tiempo como suspendido, como habitantes permanentes de un decorado teatral sometido a férreos cánones, cual fantasmas atrapados en un lugar y compelidos a hacer siempre lo mismo, en el mismo sitio y a la misma hora, los personajes pasan el rato los unos pendientes de los otros y, muy en concreto, de sus papadas, de las bolsas que penden de sus ojos, de sus barrigas, de todo cuanto en el otro sea flacidez o blandura. Malpensados crónicos, cotillean sin cesar del pariente o el prójimo, percibidos por norma como dotados de rasgos animales -cara de caballo, tripa de elefante…- en un ambiente snob y ficticio en el que pareciera que sólo pudieran pronunciarse frases ingeniosas cargadas con, al menos, una pequeña dosis de veneno. Cada vez que uno de ellos toma la palabra, lo hace con la sensación de que sobre él o sus oyentes pesan treinta años de matrimonio absurdo, de trabajo mediocre, de comida insípida, de amantes tediosos, de aficiones banales, de inanidad general y de antepasados asimismo flácidos. Flacidez, flacidez, flacidez… ¡Siempre la palabra!

Si en 1944, cuando escribió la novela, Huxley percibía así el medio social en que había vivido en los años precedentes, es normal que volara a California a refugiarse entre faquires, médiums y curanderos, si bien dudo mucho que su amigo Krishnamurti fuera menos coñazo y bienqueda… Recuerda Henry Miller aquella época americana de Huxley en otro libro también publicado por Navona: Inmóvil como el colibrí. Por supuesto que tampoco los espiritistas salen bien librados del sarcasmo de Huxley en esta novela aparecida sólo un año antes que La filosofía perenne, su ensayo divulgativo -basado en los escritos de René Guénon y A. K. Coomaraswamy, entre otros- sobre la Fuente común a todas las tradiciones espirituales. De que ya entonces figuraba entre sus preocupaciones el interrogante acerca de cómo podía esperarse que, a la luz de las religiones orientales, se experimentara el tránsito a la vida post mortem, da fe el capítulo dedicado al deceso de Eustace Barnack, el mejor personaje de la novela junto con su suegra, la Reina Madre.

No sé si el retrato estereotipado, ácido y es de suponer que paródico de un mundo crepuscular, que también adquiere aquí, a ratos, tintes de comedia de enredo, lo será tanto en lo que se refiere a la iniciación en el sexo del adolescente protagonista, que va por la calle memorizando versos de Tennyson y Keats. Al leer los pasajes en cuestión, me he dicho: “Estas cosas ya no pasan”. Pero la verdad es que no lo sé, y lo más probable es que sea particularmente a mí al que no sucedan, por la sencilla razón de que el tiempo no se ha detenido y no tengo ya dieciséis años.

Hay algo en la novela que sí me ha sonado familiar y he encontrado muy realista, y es la denuncia del engaño y la perfidia subyacentes en los actos de todos los benefactores profesionales de la Humanidad, representados en ella por el burgués “socialista” a quien sus “convicciones” impiden comprar a su hijo un traje de etiqueta, pero se gasta lo que sea menester en invitar a los más selectos restaurantes a cualquier camarada antifascista exiliado. Lo dice muy clarito uno de los personajes: antes de hacer el bien -o para hacerlo- hay que ser bueno. Si no, lo que se causa es daño. “¡Las sórdidas intrigas entre bambalinas!”, clama Eustace Barnack: “¡La consciente o inconsciente hipocresía de todas las formas de discurso público! ¡La necia estupidez de esa interminable repetición de las mismas absurdas simplificaciones, los mismos argumento ilógicos y personalidades vulgares, las mismas historias sórdidas y profecías sin fundamento!” En otro momento, advierte de que: “Todo el que desea hacer el bien a la raza humana acaba incurriendo en el abuso universal”.

Apreciaciones que, por desdicha, la mayoría prefirió desoír en aquella época de ascenso del Hombre Social en detrimento de la Persona y entusiasmo por los proyectos filantrópicos aspirantes a integrar a todo el género humano en un desfile en el fondo privado y organizado con no otro objetivo que hacer caja.

En fin, que, además de una limpieza a conciencia de las gándaras de la psique, es menester hacer un alto o, como mínimo, adoptar un nuevo calendario en el que las horas transcurran con más calma o apenas se muevan, porque esto no puede seguir así. Lo malo es que tampoco suena a buen plan suspenderlo para convertirse uno en un repipi como los de la novela. Hay que hacerse taoísta, esta claro.

Foto: José Luis Chaín

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