Cultura Transversal

Anastasia de Rusia: el cómic

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 1 septiembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Si hay finados a quienes los escudriñadores de enigmas históricos, la imaginación popular, el desvarío por libre o la industria del entretenimiento insisten en devolver al mundo con tenaz recurrencia, uno de los fantasmas de carne y hueso que en viveza post mortem se llevan la palma es el de la hija menor de Nicolás II, la Gran Duquesa Anastasia. A la investigación de su caso hemos dedicado no menos de veinticinco años de viajes y codos -noventa y ocho dura ya el enigma- para escribir un ensayo que nadie parece ahora querer publicarnos, en unos casos porque uno es escritor de verdad y cobra y, en otros, porque en algunas editoriales españoles trabaja mucho aluvión arenoso precipitado por la crisis hasta predios erróneos, gente ignorante no ya de quién fue la Gran Duquesa Anastasia, sino… incluso de quién fue el Zar Nicolás II. Lo cual no es óbice, claro, para que siga uno pendiente de las visiones en torno al asunto que de cuando en cuando nos regala la imprenta, por lo general tras haber visto la luz en países más cultos.

La editorial Yermo ha lanzado aquí y ahora la versión en español del cómic francés Nos, Anastasia R., obra deliciosa de saborear desde el punto de vista artístico, en la que así los dibujos de Nathalie Berr como la dirección argumental concebida por Patrice Ordas y Patrick Cothias y los pinceles y tintas de Sébastien Bouet te atrapan de salida, sin permitirte soltar la historieta antes de su trepidante remate. ¡No en vano los franceses se cuentan desde siempre entre los más exquisitos e intensos elaboradores de cómics! El planteamiento de la historia, que no vamos a cometer la torpeza de desvelar aquí, es fundamentalmente imaginario, pero a ojos de cualquier investigador del caso salta a la vista que sus autores no se han limitado a revisar la película de Anatole Litvak y asomarse a dos o tres artículos superficiales, sino que se han preocupado de acudir a otras fuentes: al menos, a los libros de Peter Kurth y Edvard Radzinsy. Nadie que no se haya tomado ciertas molestias conocería, por ejemplo, la historia del sastre cuyo taller funcionaba frente a la Casa Ipatiev.

Como imaginario salvador de Anastasia, los guionistas se han decantado por el joven Conde Volodin, capitán de caballería ascendido a coronel en su lugar de cautiverio por un Nicolás II desprovisto ya de todo mando militar, creado por ellos a partir de rumores circulantes en su día y declaraciones e informes -luego desestimados- sobre un oficial zarista infiltrado en la casa y en contacto con un núcleo de conspiradores operante en la clandestinidad al otro lado de las dos empalizadas que la rodeaban. El perfil real más a modo a cotejar con el de ese ficticio oficial sería el de Alexander Kabanov, antiguo guardia imperial y luego miembro de la Cheka a quien el Zar reconoció entre sus captores como jinete antaño enrolado en su regimiento y que luego, al parecer, formó parte del pelotón que asesinó a los Romanov.

En el cómic, éstos continúan tras su asesinato viviendo como rémoras espectrales en la mansión que fue su tumba hasta que, cuatro décadas después y en un genial golpe de guión, Boris Yeltsin se ocupa de exorcizarlos. En cuanto al guardia bolchevique Chaikovskii, que fue quien en la historia contada por la supuesta Anastasia rescató realmente a ésta de entre los muertos, encarna aquí otro papel e identidad no menos originales. Para que la recreación fantasiosa de la tragedia resultara redonda, sólo echamos de menos que, con los rigores y disgustos de la huida, Volodin no pierda prematuramente pelo y adquiera el porte y facciones de Yul Brynner.

La de Anastasia -y la libérrima recreación de su peripecia publicada por Yermo- es una historia de fraude, pantallas de humo y odio vesánico al Cielo y al abolengo, pero también de amor fiel e incondicional en medio de un mundo desertor en masa de toda lealtad. Una fábula similar a la suya fue cocida a fuego lento por la pluma de Pyotr N. Krasnov, atamán de cosacos exiliado en París, en su trilogía novelística Del águila del Zar a la bandera roja, en la que un oficial enamorado de una hija de su Soberano -en este caso, de la más guapa: la Gran Duquesa Tatiana- conseguía rescatarla y vivir con ella indecibles aventuras. Tatiana también fue convertida por Roberto Pazzi -en su novela Buscando al Emperador (Anagrama)- en hada que evita a su familia el martirio al invitar a comer a todos una granada envenenada que los mata dulcemente, escamoteándolos a la crueldad de los guardias rojos.

Más allá de análisis de ADN, falsificaciones documentales, maniobras, querellas y vergüenzas de familia o secretos guardados bajo llave en Dinamarca, la aventura -fantomática o verdadera- de Anastasia es, ante todo, territorio propicio al sueño, a la revelación onírica. Si Anna Anderson no se convirtió en la musa por antonomasia de los surrealistas fue sólo porque buscó cobijo en Berlín y no en París. Amiga de Paul Madsack, el autor de El mago negro que ilustrara Alfred Kubin, sus “cortesanos” alternaban las visitas a Hanussen con las rendidas a una vidente londinense y a otra en Königsberg. En Yo, Anastasia R., Nathalie Berr, Patrice Ordas, Patrick Cothias y Sébastien Bouet han celebrado su propia séance y nos invitan al disfrute a todo color de las revelaciones obtenidas.

Tómense, por tanto, de las manos y cierren los ojos, pues viajamos hacia el exilio ruso y el vagón está a punto de partir desde la estación parisina de Yermo. Pasen, relájense y… ¡disfruten del mundo misterioso de Anastasia! Y, por supuesto, ¡no olviden visitar nuestro coche restaurante después de la séance!

Foto: José Luis Chaín
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