Cultura Transversal

Centauros, indios y revisteros taurinos

Posted in Autores, Cine, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 15 septiembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Como recuerda Jacobo Siruela en su ensayo dedicado en El mundo bajo los párpados (Atalanta) al templo de Esculapio, Quirón el centauro podía presumir de haber sido el instructor de muchos dioses y héroes del mundo grecolatino -Hércules, Asclepio, Aquiles…- en artes como la medicina y la esgrima. Es difícil encontrar paralelismos con su figura docente en los Centauros del desierto que en la película homónima de John Ford recorren incansablemente la pradera, pues el título original de la misma –The Searchers/Los perseguidores– no contiene referencia alguna al centaurismo. Si bien sus protagonistas son, cierto, hombres que no bajan de la silla ni a tiros, de modo que forman con su montura casi una unidad indivisible, la introducción del centaurismo en el título fue cosa de quienes lo comercializaron en las pantallas españolas.

No creo probable, sin embargo, que -si aún vivía cuando se estrenó, pues parece ser que en cierto momento, hace ya bastantes siglos, renunció a la inmortalidad- disgustara a Quirón la alusión, pues Centauros del desierto es para muchos una de las mejores películas de la historia, y sin duda que -por la profusión en ella de estampas y situaciones en verdad icónicas- se cuenta entre las que dejan huella de verdad. La primera vez que la vi fue en La Clave de José Luis Balbín, donde al conluir la película se abría un debate sobre ella entre los invitados. El programa era emitido simultáneamente por la televisión y la radio. Como empezaba algo tarde, a los niños siempre nos mandaban a dormir antes de que la película acabara, así que el final de Centauros del desierto lo “vi” acurrucado en la cama, a oscuras y gracias a la radio pegada clandestinamente a mi oído. Así viví por primera vez la escena en que Jeffrey Hunter abate al jefe Cicatriz de tres o cuatro disparos de revólver. Por idéntico sistema disfruté de la última media hora de Gigante y de alguna otra película programada en La Clave. Creo que aquel mundo en que los niños tienen un pequeño aparato de radio cuya ruedecita hace girar trabajosamente y muy despacio una aguja a lo largo del dial a ver si así se sintoniza con alguna emisora, ya no existe.

Después he vuelto a ver varias veces aquella película, nunca decepcionante. Y, por fin, me ha tocado -vía Valdemar- leerla. Porque la película de John Ford -como El tren de las 3:10, La legión invencible, Hondo y otros muchos westerns célebres- está basada en una novela. En este caso, de Alan Le May, autor también de la que inspiró Los que no perdonan, de John Huston, sobre un argumento exactamente contrario al de Centauros del desierto, pues en esta son los kiowas los que quieren recuperar a una joven de su tribu, en su día perdida y crecida en una familia de colonos.

La novela, una de las joyas de la colección Frontera de Valdemar, recrea los tiempos en que Texas -una república recién desgajada de México- aún era, si bien incorporada a la Unión, tierra en litigio que no dejaba de pertenecer en gran medida, siquiera fuera en el plano psicológico, al pueblo comanche, cuyos guerreros tenían fama de contarse entre los mejores combatientes a caballo de la historia. Y, tanto si hablamos de la novela como de la película, Centauros… es una de esas historias que, cuando la vuelves a leer o ver, siempre te parece que es por primera vez.

Uno de sus más memorables lances me ha recordado vivamente a la corta época en que incurrí en la excentricidad de escribir para revistas taurinas, único gremio en el que he experimentado problemas crónicos para cobrar mis artículos, pues lo habitual en sus redacciones es suponer que debes andar al tanto de que eres tú -si, tú y nadie más que tú- quien ha de “pagarse” a sí mismo el artículo asestando un sablazo crematístico a algún torero o apoderado. Más o menos eso es lo que olfateas en el ambiente cuando llevas ya publicados tres y, llegado el día de percibir los honorarios del cuarto, notas que empiezan a marearte la perdiz… Para solventar el inconveniente, yo recurría siempre a la vieja argucia comanche de escribir sólo sobre toreros de los años 20, 30 ó 40, en los que no cabía pensar como víctimas del toque, pues, como ya no iban a firmar más corridas, no era de prever que se estirasen.

En fin: que, siempre que pasaba por una revista de toros a cobrar, tenía lugar una especie de cónclave como en el que, en Centauros del desierto, Amos, Mart y el comanchero Rosas, para intentar vender armas y un caballo y, de paso, averiguar si hay por allí alguna cautiva blanca, celebran en el tipi del jefe Corona Azul y en el que las negociaciones, todos sentados en el suelo y con las piernas cruzadas, se prolongan durante tres días. En la novela, las cosas transcurren de modo muy parecido a cuando iba yo por mi dinero y el director, en vez de decirme: “Aquí tienes tus diez mil duros”, encendía un pitillo –la pipa de la paz- y, como si hubiésemos quedado por otro tema, salía con:

-¿Has visto el gran momento en que está Cepeda?

Y seguían tres horas hablando de las verónicas de Cepeda hasta que daban las dos y ya había cerrado el banco. Al día siguiente, seguía la fumada del calumet con, por ejemplo:

-Tenías que haber visto cómo embistió el otro día en Valencia, a Rincón, el segundo de Juan Pedro.

Me importaba un carajo, naturalmente. Pero bueno, más o menos a la décima jornada de degustación de pipa lograbas cobrar y salir del campamento: asaeteado, sí, como Amos y Mart, por miradas hostiles, pero con el botín -tu Natalie Wood- en el bolsillo. He de subrayar -todo sea dicho- que tardaban en liquidarme, pero –por miedo a la caballería, a la merma de prestigio ante la tribu, a perder la cabellera o a lo que fuera- siempre -las cosas, como son- acabé cobrando. A Dios lo que es de Dios, y al mundo del toro, lo que es del mundo del toro.

Pero claro, no tardas mucho en darte cuenta de que no conviene prolongar demasiado ciertas situaciones y, en determinado momento, has de poner tierra de por medio entre tu caballo y los tipis de los taurinos galopando hacia los inmensos espacios donde se cortan las orejas a los búfalos sin tanto circunloquio. Y es que algo de lo que no se suelen apercibir ni los revisteros de la Fiesta ni los forofos de la película de Ford -o de la novela de Le May- es de que los verdaderos centauros del desierto son Debbie y los comanches con quienes vive, que marean y hacer perder su rastro una y otra vez a Amos y Mart. Si éstos por fin dan con Corona Azul, es de chiripa pura. Lo normal es que sigan comiendo nieve con la manta liada y los caballos al paso sin ver un indio ni en sueños. Pero claro, es una novela. Eso sí: de las muy buenas.

Foto: José Luis Chaín

Guardar

Guardar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: