Cultura Transversal

Koestler: el chulo y la hoz

Posted in Autores, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 8 octubre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Página Indómita nos brinda el primer volumen de la selección de textos de Arthur Koestler en su día compilada y comentada por él mismo: En busca de la utopía. No sólo la propia edición denota el interés que continúa despertando cuanto se relaciona con los terroríficos Mundos Felices del siglo XX y las almas militantes en primera línea de fuego por el triunfo de aquellas utopías sociales. El título resume además, de muy rotundo modo, cómo el servicio a una ideología conlleva siempre el pago de un precio (y nada barato) a un ogro hambriento de carne.

Koestler (1905-1983) fue cabal exponente de aquella categoría de soldados sin uniforme equipados para el combate clandestino y a cuyos integrantes Moscú enviaba -bajo la cobertura de periodistas, médicos, diplomáticos, escritores, poetas o turistas- a cumplir misiones secretas de alto riesgo por el ancho mundo en días de amores fingidos, camaraderias interesadas y causas muy plebeyas reivindicadas como nobles. Cuando, decepcionados o indignados, los combatientes en la sombra se mostraban díscolos o, simplemente, dejaban de ser útiles, la Patria del Proletariado procedía en impecable operación de limpieza a estigmatizarlos, hundirles la vida personal y, a ser posible, cargárselos.

Desde muy joven acusó Koestler, pececillo de aquel océano psíquico tan agitado, querencias suicidas. En el lecho fue, además, denodado practicante del sadomasoquismo. Un día se encerró en un dormitorio con Simone de Beauvoir, camarada en gustos sexuales, y la pasión de ambos se desparramó por tan asquerosos y espeluznantes derroteros que ninguno quiso volver jamás a hablar de ello. Creo que quien aspire a entender algo del devenir del mundo moderno no ha de perder de vista lo turbador de que personas aquejadas de graves trastornos afectivos y tremendos complejos y poseídas por fobias violentas hayan sido elevadas por doquier a los altares laicos en calidad de referentes “filosóficos” y “morales”. Gentes, en efecto, que se empleaban por gusto y a fondo en zurrar y ser zurradas a fin de exorcizar así quién sabe qué demonios interiores, son consideradas “filósofos”, y la lectura de las obras “educativas” en las que pretendían adoctrinar en comportamiento sexual a quienes no gastan ese tipo de traumas nos es señalada como poco menos que imprescindible.

Parece de cajón que la promiscuidad fanatizada con el asesinato, la delación y la tortura y la pavloviana justificación de masacres e infamias en base a ideales supuestamente elevados y a un más que discutible servicio al bien común no puede generar sino cocoteras desequilibradas y vidas íntimas tormentosas e inclinadas al sufrimiento. Koestler al menos rectificó y entonó el mea culpa, si bien ello no le impidió suicidarse ni incitar a secundarle a su última pareja, evidencia de que, pese a sus esfuerzos, no había logrado depurar del todo las secuelas de las lesiones incubadas en las charcas de la mente por sus muchos años de militancia incendiaria contra lo sagrado. Es el coste personal que se cobran los ogros de la utopía, exigentes de tan terrible peaje como la pulverización de la identidad y de las certezas naturales.

La fascinación por el totalitarismo hizo presa muy pronto en Koestler, quien emprendió el viaje de rigor -costeado por el Komintern– a la URSS, se fue luego a un kibbutz en Israel y como corresponsal a España, donde fue condenado a muerte -y canjeado in extremis– por espionaje. Su experiencia y ejemplos como el de Orwell, a quien rinde homenaje en el libro, le ayudaron a salir si no del infierno, por lo menos sí de su centro. Todo el mundo debería leer el pasaje en que relata cómo, en la ciudad soviética donde residía, una granja orwelliana de vida social mortecina y dominada por el miedo, no se cruzaba sino con viandantes emaciados, a punto de desmayarse de cansancio y hambre mientras la prensa, como si hablara de otro planeta, informaba a diario de los records de productividad batidos en dicha urbe, y mostraba en fotografías a sus habitantes como mocetones cachas y felices y mujeres robustas y con dentadura de anuncio encantados con su trabajo, con las reuniones del Partido y con el infinito programa de actividades culturales y recreativas a su disposición. Lo cierto es que hoy también los periódicos occidentales vienen a diario cargados de noticias falsas, sólo que el redactor las desliza de modo sutil, mezcladas con datos auténticos, de modo que la verdad se convierta en mentira sin que el lector lo advierta. Es más llevadero, sí…

Otro capítulo interesante es ese en el que recuerda Koestler su papel como fundador del Fondo para la Libertad Intelectual, organización que ayudaba a seguir escribiendo y publicando a exiliados del Este con el fin de propiciar la salvación cultural de los países oprimidos por el comunismo. Y es que, como bien matiza, la cuestión no residía en auxiliar a tal o cual literato, pues no se trataba de un problema individual, sino del “exterminio calculado y sistemático de culturas nacionales enteras” al haber desaparecido en sus territorios naturales tanto la libertad de expresión como la continuidad de la tradición. La de cómo acabo el Fondo financiando a la CIA gracias a los derechos de autor de Koestler, y no al revés, no deja de ser una curiosa historia.

Pluma serena y de peso, autor de una novela de gran éxito sobre los Procesos de Moscú y de un estudio sobre el que probabilísimamente es el verdadero origen étnico de la mayoría de los actuales ciudadanos de Israel (El Imperio Kázaro y su herencia), Koestler evoca en En busca de la utopía los orígenes del proceso de entrega al delirio político que conduce al hijo de un matrimonio de judíos asimilados y ajenos a la religión y cultura hebreas hasta un kibbutz y al hijo de un industrial rico a afiliarse al Partido Comunista alemán. Recuerda a Bujarin, a Radek, al Stuart Mill que escribía versos en latín a la edad de tres años y los burdeles de París, donde su observación de “la brutalidad calculada del chulo” le proporcionó, sin duda, un nexo intelectual hermanador de la implacabilidad del comisario político con sus propios episodios eróticos al límite

Resulta un tanto triste constatar que quienes se pringan en maximalismos utópicos no se libran jamás del virus de la política. Así, consumados su desengaño y su justificadísima deserción de las filas rojas, Koestler siguió consagrando su impecable prosa a escribir sobre la Guerra Fría y, como él decía, luchar contra una gran mentira (la URSS) en nombre de una verdad a medias (la democracia)… Y, en parte, tratando de convencerse a sí mismo de que la URSS no era un Estado socialista. Jamás quiso reconocer la verdad: que lo era. Nunca he entendido bien ese clavo ardiendo, ultimo asidero de los leninistas defraudados. Supongo que tiene que ver con eso del masoquismo, con una cierta dependencia anímica -y difícil de romper- respecto del proxeneta proletario y su excitante brutalidad calculada.

Foto: José Luis Chaín

 

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Una respuesta

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  1. A.M. said, on 20 octubre, 2016 at 11:47 am

    Soberbia prosa, Joaquín, como casi siempre. Cuando sea mayor quiero escribir como tú.


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