Cultura Transversal

El chupacabras en Bristol

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 15 octubre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Últimamente, los autores de casi cualquier novela policíaca parecen sentirse poco menos que obligados a la descripción minuciosa en extremo de actos de supremo sadismo, así como a recurrir al empleo de los vocablos más crudos posible cuando de aludir a los órganos genitales, el inguinal galope y demás se trata. Así entienden la corrección política muchas de las mentes resueltas, tras su atenta asistencia a un curso de literatura “creativa”, a dedicarse a la escritura de libros… Debiera resultar innecesario decir que tales muestras de ferocidad no son literatura en sentido estricto, pues la literatura es otra cosa: en concreto, un Arte y una propuesta de excelencia. Al menos, yo dudo que pueda ser considerado literatura un relato cuyo autor se expresa tal cual lo hace el bípedo medio caminante por la calle de mala leche, así como de que merezca la pena abrir un libro para leer exhibiciones de medianía coloquial. No obstante, si bien este género de tramas constituyen ejercicios narrativos no propiamente literarios y otro cantar distinto del de gesta, la historia puede bien entretener e, incluso, atrapar.

Ni de lo primero se salva ni hay que dejar de aplaudir lo segundo a la nueva novela de Mo Hayder, El ritual (Siruela). Apenas empecé a leerla pensé en Los creyentes, la película de John Schlesinger que Hayder debió ver de joven, más o menos cuando yo, y cuyo éxito tanto influyó en la estructura básica de cierto tipo de novelas policíacas posteriormente escritas en torno a las variantes de la brujería practicada en determinadas regiones de África. Como de un tiempo a esta parte somos salpicados desde el papel de periódico por un goteo regular de noticias sobre asesinatos cometidos en el Continente Negro por gente rara que, luego, emplea algunos órganos de las víctimas en rituales propiciatorios de la potencia erótica, la prosperidad económica, la suerte en el juego o el brillo profesional, no podían caer demasiadas hojas del calendario antes de que el catón de Los creyentes fuera trasladado a un escenario europeo (en este caso, a la Inglaterra que hace no mucho lo ha abandonado).

El ritual nos introduce en un mundo de depredadores sadomasogays coaligados con antropólogos obsesos (al de Hayder, si la historia es un día llevada al cine, le encajaría muy bien la percha de Morgan Freeman, icono del terror malsano), a la caza ambos de zombies de acera cautivos de una tela de araña en la que el culto al jaco termina reciclado en onanismo necrófilo en virtud de esa fascinación ejercida por una negritud de película de miedo sobre los blancos colgados de un vicio intravenoso o de un latiguillo intelectualoide no menos estupefaciente. Así que las víctimas no te dan aquí demasiada pena, pues no en vano a casi todas les es aplicable aquel viejo dicho zulú de: “¿No querías arroz? ¡Pues toma dos tazas!”

Así, el tokoloshe, especie de chupacabras o demonio avisador conocido -según la novela- por ciertas tribus de Sudáfrica o Zimbabue, no deja de ser percibido como imagen metafórica del alma enfangada de quienes por él se sienten amenazados. Es, en el fondo, un amiguete. Y es que, en esos círculos de mutiladores, estudiosos morbosos de la tortura y demás hijos de mala madre salidos de un pozo sin fondo en el Kalahari, en el que -tras el hallazgo de una mano humana en las aguas del puerto- se sumerge buscando respuestas y culpables una buceadora de la policía de Bristol, el disfrute por hacer el mal es más importante, en última instancia, que el dinero.

Están aún pendientes de estudio las razones por las que esa del placer instantáneo transmitido por el dolor ajeno sea, según sugieren muchos indicios, una de las direcciones éticas por que se está decantando un sector nada desdeñable de la ciudadanía occidental, y no precisamente debido a ninguna influencia “africana” o a la droga para hablar con los muertos con que experimenta la buceadora. Pero, por lo que sea, cada día hay más tokoloshe suelto.

Escribió hace la pera Vladimir Soloviev, en El relato del Anticristo, que ya iba siendo hora de que alguien dijera claramente qué es el Mal y éste fuera llamado por su nombre. Las atmósferas viciadas retratadas en esta novela son una vertiente del mismo que se toca pared con pared con la que inspiró a Hayder la anterior suya (El tratamiento, también en Siruela), donde ocupaba el lugar del tokoloshe otro elfo rijoso: el diablo de la pedofilia, cuya eventual legalización es tomada más en consideración cada día que pasa por la gente dedicada a la política, muy sensibilizada ante los traumas y exigencias de las peores especies de acomplejados. Decíamos que, a quienes consideramos la literatura un Arte, nos resultan de difícil digestión bastantes pasajes especialmente duros de muchas novelas policíacas de hoy. Pero no hay duda de que la novela se nutre en gran medida de la vida cotidiana y, tras enterarme de que la policía de Miami detuvo este verano a un tío que había matado y estaba devorando a una pareja tras ingerir una droga de discoteca cuyo atractivo reside en que transforma al juerguista en caníbal durante unas horas… Está claro que no tenemos sino lo que merecemos.

Y esto de la droga caníbal… es sólo un anticipo. Créanme.

Foto: José Luis Chaín

 

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