Cultura Transversal

Memorias de un espía

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 22 octubre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Dos episodios narrados por John Le Carré en Volar en círculos, sus memorias de espía publicadas por Planeta, me transmitieron al momento esa sensación de cosa ya “vivida” que a veces nos asalta. Creía saber dónde había leído lo que en ellos cuenta, mas quise asegurarme. En efecto, su charla telefónica con una desconocida que finge confundirle con otro en un hotel de Beirut y la entrevista en una cárcel secreta israelí con una terrorista alemana conforman el núcleo de dos relatos incluidos en un libro suyo de hace años: El peregrino secreto. Explica ahora Le Carré que aquellos hechos sucedieron mientras viajaba para documentarse a fondo antes de escribir La chica del tambor.

Lo que en realidad parecen denotar es que quien un día fue espía, lo será siempre. Porque, para que el Mossad te franquee el acceso a los inquilinos de sus celdas, se me antoja imprescindible que te dediques a lo mismo que los empleados de tan temible agencia. Sospecho que a mí, aun de ser tan famoso como Le Carré, no me harían ese gran favor sólo por apetecerme escribir una novela. Y también, claro, surge la inevitable pregunta. Esos pasajes de Volar en círculos, ¿conforman el núcleo auténtico de lo que sucedió? Y, lo que leemos en El peregrino secreto, ¿sería la reconstrucción, merced a los recursos de la inventiva, de unos hechos reales? ¿O es al revés? ¿Se inspiró Le Carré en experiencias propias para escribir los relatos, o aspira ahora a hacer pasar por autobiográfico el fruto de su imaginación?

La respuesta no puede ser tajante en un mundo de claroscuros y mentiras como el del espionaje. El propio Le Carré lo admite al observar que, para un escritor, “la auténtica verdad no reside en los hechos, sino en los matices” y al excusarse aduciendo sus dudas acerca de la existencia de un recuerdo en estado puro. O en la frase que aplica a los escritores, pero encaja al dedillo a los espías: “Primero te inventas a ti mismo y después te crees tu invención”. Desde tales premisas hay que leer sus memorias y las de cualquier agente.

No sé, todo parece apuntar hacia Le Carré, más que como un operativo tempranamente retirado, como uno de esos agentes que el servicio para el que trabaja decide un día que serán más útiles actuando como una especie de relaciones públicas de la casa que con una pistola en la mano, descifrando códigos o jugando con drones. Así pues, y talento literario al margen, la condición de escritor sería parte de la propia cobertura operativa. Cierto perfil de agente secreto necesita, sí, desarrollar una vida pública. Ahí tenemos a Paesa, que conjuga la elegancia del Barzini de El Padrino con el fluido recurso a esas sentencias aprendidas en la Universidad de la Vida en que fuera maestro El Fary y cuya trayectoria creo que resume a la perfección el chiste en que Carlitos comenta con Snoopy: “Sabes que un día nos tenemos que morir, ¿verdad?”… Y éste le responde: “Sí, pero no te preocupes. Los demás días, no”.

Decíamos que, paradójicamente, Paesa ha de hacer vida mediática para poder seguir llevando vida clandestina. De ahí que le veamos en la portada de Vanity Fair y respondiendo a los periodistas con una mala leche chamberilera que deja en nada al Rick de Casablanca. Y es que, a falta de un seguimiento mediático de su persona, si no sale periódicamente a la luz que está en París o Luxemburgo, que se reúne con Fulanito, desayuna en el Hotel Balzac con una amiga, se acerca al cajero o al estanco o va a decir dónde está el dinero de Roldán, no habría manera de que los asuntos secretos en los que este tipo de espía es actor siguieran su curso. También Assange precisa de la publicidad para poder seguir haciendo cosas en la sombra (entre otras, que la gente dirija la vista y la atención hacia él, no hacia otros). Le Carré es asimismo muy mediático, aunque él diga -y nos sonriamos al leerlo por doquier- que apenas concede entrevistas. Pero bueno, lo mediático es consustancial al escritor, espíe o no.

Ya dice bien claro en estas memorias que los servicios secretos prefieren con mucho que un espía hable sobre ellos en una novela -ficción al fin y al cabo- a que tire por el camino de Snowden. Por lealtad a unos principios y a unos confidentes con quienes empeñó su palabra y, también, por no permitírselo la Ley de Secretos Oficiales que se comprometió por escrito a no incumplir, Le Carré no cuenta cuanto quisiéramos. Pero su mirada irónica, mordaz y rebosante de plácido sentido del humor a las interioridades del MI5 y el MI6 a los que sirvió está salpicada de jugosos recuerdos de sus tiempos de espía en Bonn, los suficientes para constatar que el grueso de la administración y la judicatura alemanas de posguerra seguían siendo nazis: el brazo derecho de Adenauer, el doctor Globke, fue autor en su momento de las Leyes Raciales de Nüremberg y de la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor Alemanes y, ya en 1951, de la que aseguró a los funcionarios nazis en su momento encarcelados o depurados la devolución de sus salarios y pensiones atrasadas, además del rango que les correspondería en caso de no haber perdido la guerra…

Tampoco son de desdeñar sus apreciaciones sobre lo que significa la existencia de la cárcel de Guantánamo, ni carecen de enjundia sus anécdotas con Graham Greene, Arafat, Cossiga, Jozsef Brodsky, Alec Guinness o Primakov, o sobre cómo el Rey Faruk apostaba a la ruleta monegasca siguiendo las recomendaciones en tiempo real de sus astrólogos, así como las que nos ilustran sobre los personajes reales en que se inspiró para modelar a algunos de los protagonistas de El hombre más buscado, Nuestro juego o Un traidor como los nuestros. Y, hablando de traidores, la versión que en su momento recibió de Nicholas Elliott sobre la obtención por éste de la confesión de Philby es de valor histórico, en especial si se coteja con la más elaborada que proporciona Ben Macintyre en Un espía entre amigos (Crítica), donde estos recuerdos de Le Carré fueron incorporados a título de apéndice.

Un libro, en fin, que para nada decepciona y que te hace sonreír… lo cual no es poco.

Foto: José Luis Chaín

 

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