Cultura Transversal

Regreso a Mongolia

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 5 noviembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – En el estío de 1997, cuando estaba escribiendo un ensayo biográfico sobre el Barón Ungern-Sternberg y por esa misma razón, fui a recalar a bordo de un vuelo de Aeroflot en Mongolia, para una estancia de algo más de un mes disfrutada por mi cuerpo serrano, además de en Ulan Baatar, acampando en la estepa. La capital la conformaba entonces un amasijo de yurtas y barracas adosadas a un núcleo propiamente urbano formado por la Plaza de Sukhbaatar, donde unos años antes pronunciaban sus discursos los dirigentes comunistas, algunos bloques de apartamentos feos y ruinosos del más puro estilo soviético y unos pocos hoteles por cuyas cañerías sólo circulaba el agua a determinadas horas, museos de vitrinas medio vacías, oficinas bancarias de azuladas y relucientes paredes de cristal y edificios oficiales de los que apenas se veía salir o entrar a nadie. Al otro lado del río se alzaba el Palacio del Bogd Khan, antiguo líder espiritual de los mongoles, un chalet de estilo ruso rodeado por una empalizada: el mismo edificio, sí, que en 1921 fuera conquistado al asalto por los jinetes mongoles y cosacos del Barón. El resto del país -de una extensión cuatro veces mayor que España- cumplía el expediente a base de estepas, montañas o desiertos poblados por poco más de dos millones y medio de personas básicamente nómadas y, quizá, unos treinta millones de caballos y búfalos.

Imagino que no habrá cambiado mucho desde aquellos tiempos. Al menos, la lectura de la edición electrónica de The Mongol Mesenger, Montsame y The UB Post, principales medios de comunicación de allí, no suele dar a entender lo contrario. Lo que sí es de reseñar por todo amante del relato policíaco es que, con su novela Yeruldelgger, muertos en la estepa, publicada por Salamandra, Ian Manook ha atinado a llenar un inexplicable vacío, pues, sorprendentemente, nadie -que uno sepa- había convertido aún Mongolia y su capital en escenarios de novela negra, pese a ser tantos los ingredientes de que podría el país presumir en el trance de que Nueva York o Estocolmo pretendieran sacarle los colores en tal sentido.

Mongolia es nación fronteriza con Rusia y China, salida hace pocos años de una dictadura comunista y, por tanto, bien surtida de representantes de la previsible casta de estraperlistas, empresarios de choque y funcionarios corruptos que constituye la herencia y el logro social más palpables de la utopía marxista. Posee grandes y codiciadas riquezas minerales y energéticas por las que cualquier multinacional que se precie mataría sin dudarlo. Su vida urbana, circunscrita casi en exclusiva a la capital, contrasta con los rasgos medievales de la llevada por la mayoría de la población. Los visitantes extranjeros practican el turismo en parajes verdaderamente aislados y recorridos por fieras en libertad. El sustrato cultural chamánico favorece como pocos el guiño a lo sobrenatural, lo onírico y la magia tan caro hoy a los escritores de novela negra. Abundan las leyendas sobre tesoros escondidos por los lamas en la época en que el gobierno destruyó los monasterios y fusiló a la casi totalidad de los religiosos. Cuenta con un partido neonazi formado por cazurros ignorantes de quién fue realmente Hitler y confundidos por el uso ilegítimo por éste de la esvástica, símbolo tradicional budista que sus militantes no distinguen del todo de la botella de vodka. Y sus montañas ocultan un misterio arqueológico de primer orden -el de la localización de la tumba de Chingis Khan- que, seguramente se sentirá Manook tentado de abordar en una próxima novela.

Esta primera de las protagonizadas por el comisario Yeruldelgger se lee de un tirón pese a no ser corta, quizá por la hábil combinación de crudeza sexual y violencia bruta con un tono narrativo propio de la literatura juvenil. El Yeruldelgger creado por Manook se antoja tan dudosamente mongol como para dormir durante dos años con la mujer que ama sin tocarle un pelo, y tan pronto se muestra violento como un oso como más políticamente correcto que un asistente social galo, popurrí de virtudes que quizá no nos lo hace demasiado creíble como hijo de las estepas, pero sí le da una pátina de superhéroe de Marvel de lo más convincente. Se rodea, además, de un equipo -la forense Solongo, la detective Oyun, un golfillo rescatado de las calles, una hija adolescente cuyas quemaduras han de ser curadas con grasa de oso de veinte años…- tan eficiente en la investigación y valiente en la pelea como simpático al lector. Que muy bien, en fin…

No sé si algún día volveré a Mongolia. Sí estoy seguro de que lo haré, como mínimo, en calidad de seguidor de las próximas historias de esta serie del inspector Yeruldelgger. Porque los míos son viajes –como esta novela- siempre con final abierto.

Y es que es lo mejor. Va uno más tranquilo.

Foto: José Luis Chaín

 

Guardar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: