Cultura Transversal

“El Pele”: el sentimiento, al timón

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 8 noviembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Me agrada sobremanera la lluvia, por cuanto es símbolo de la bendición del Cielo, mas me cae bien la de gota fina, no la de gota gorda, que en un santiamén llena la calle de paragüistas que estorban el caminar fluido de la gente normal. Cada día arraiga en mí con mayor fuerza la convicción de que no habría mejor trofeo que entregar al Tonto del Año que un paraguas… ¡Cuánto enganchón! ¡Qué de codazos! La lluvia de hoy es, en fin, de la variante de gota gorda, pero hay que echar valor a la existencia y, tras dejar colgado en mi Facebook una faena venteña de Pepín Jiménez, me encamino hacia Casa Patas. Y es que es de rigor ir a escuchar al Pele, pues, aparte del buen bajío que siempre depara el hallarse presente en el arranque de un ciclo –en este caso, el invernal de cante de la Sala García Lorca-, hablamos de uno de los pocos que, entre los pesos pesados de nuestro arte, pueden ufanarse de estar dejando ahí un legado en cuanto se refiere a galopar en la vanguardia del momento musical de hogaño al tiempo que se permanece con los pies firmemente plantados en los subsuelos de la tradición.

Apenas llegamos al Patas nos encontramos a Saúl Quirós, quien, mientras nos sacudimos el agua de la cazadora nueva, nos da la buena noticia de que para febrero o marzo estará ya, si Dios quiere, su disco en la calle. Y bueno, el comedor bulle tan abarrotado de gentío que, a fin de dar solaz al estómago sin perdernos el recital, hemos de tomar la rápida decisión de irnos corriendo a cenar a la Alemana y luego, a toda prisa, volver…

Si hacemos memoria, nuestro disco duro nos recordará que El Pele empezó a figurar con regularidad en los carteles de las citas flamencas de más postín a raíz, sobre todo, del disco que en 1991 grabó con Vicente Amigo: Poeta de esquinas blandas. No mucho después, le seguí a una breve gira por Marruecos -Tánger, Casablanca y Rabat- organizada por el Instituto Cervantes, a fin de escribir después una crónica para El País. Y allí, en tierra del moro, en aquellos recitales secundado por la guitarra de Juan Carlos Romero, dejó El Pele claro -o me lo dejó a mí- que se rompe por soleá y por siguiriyas como no muchos son capaces. Artista de esquinas blandas sólo si atendemos a la dulzura y ductilidad con que da forma a su dolencia cantaora, porta en el pecho un motor de suma solidez, resistente como el pedernal a cuantos demonios busquen tentarle y apartarle de las esencias.

Como la noche le pille inspirado, Manuel Moreno Maya es uno de los cantaores más peligrosos de cuantos por el océano hondo colean. Uno de sus dolientes dibujos, rematado por un quejido de espeluzno, puede dejarte como alcanzado por la picadura del escorpión. Su enorme conocimiento del cante y una garganta dotadísima para jugar a su antojo con el cromatismo tonal le facultan para exponerlo todo y, por lo general, ganar el envite. Su presentación con una ronda de tonás suscitó ya los primeros entusiasmos de una noche en la que, paso a paso, fue el cantaor ganándose la maravillada devoción de los aficionados allí reunidos, afortunados de asistir a una velada sin altibajos, en la que la asistencia del Duende –ese que, quienes lo desconocen, dicen que no existe- resultó palpable y en la que nos dio a saborear pasajes cantaores inolvidables y de impensable repetición.

“Es un genio”, nos decía durante el descanso un Antonio Benamargo tan impactado por lo presenciado como el novillero Gallo Chico y su cuadrilla. Y es que disfrutar del cante por soleá, malagueña o tangos del Pele en una de estas noche bendecidas por el buen talante de su musa personal viene a significar el cumplimiento de la fantasía de viajar al País de Nunca Jamás… Así como el de embarcarse en una aventura arqueológica, por cuanto sus quejidos te transportan a los tabancos, puentes, bosques y humeantes fraguas donde fermentara el cante gitano primordial.

Secundado por la entonada y dulce sonanta de Niño Seve, espolvoreó por siguiriyas y soleá intuiciones imborrables. Y es que, como quedó patente para todos en su exquisita zambra, quizá sea El Pele uno de los escasos ecos que evocan la impronta de Caracol con personalidad y sello, es decir, sin caer en ese automatismo propio del copista que se diría que es casi una obsesión en el caso de bastantes cantaores de la nueva hornada, equipados con altos dones artísticos pero, aparentemente, convencidos de que en la xerocopia reside la virtud, como si el cante fuera una cuestión de tóner. En el caso del Pele, la fotocopiadora no suena para nada. Su gitanísimo eco, su afinación impoluta y, por encima de todo, el sentimiento siempre al timón le permiten invocar el auxilio de los inmortales sin dejar en ningún momento de ser él mismo.

Ya ha regresado El Pele a Córdoba, pero es de desear que pronto vuelva a dejarse ver por estos lares, pues es uno de esos artistas que calan y a quienes, por tanto, siempre se espera. ¡Aquí estaremos!

Foto: José Luis Chaín

 

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