Cultura Transversal

Quijotes, masones y rojos

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 12 noviembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Ahora que salen a la luz las evidencias recolectadas por Javier Escudero señalando al hidalgo Alonso Quijano como un barbero de La Mancha procesado por el Santo Oficio a fines del siglo XVI… ¿Qué queda de las tesis que presumen en el Quijote una enseñanza cabalística encriptada bajo ropajes de sátira? Pues, aparte de que Escudero presente indicios de peso sobre el origen converso del sacamuelas del Toboso, a mí no me parece, la verdad, que tales hallazgos las hagan tambalearse, pues poco creo que tengan que ver los rasgos reales o imaginados en que un autor se inspire para la construcción de sus personajes con el mensaje que al lector desee transmitir.

De todos modos, se lo hubiera querido preguntar en persona a Pere Sánchez Ferré, pues es autor de El Caballero del oro Fino. Cábala y Alquimia en el Quijote (MRA) y su pluma se desliza a menudo por las páginas de la revista La Puerta para regalarnos atinadas reflexiones sobre tan enigmáticas disciplinas, y, como también es estudioso de los Hijos de la Viuda, pasó hace poco por Madrid para presentar en el Ateneo su más reciente libro, La Masonería. Símbolos, doctrinas e historia (Escuadra y Compás), en el que, siguiendo las apreciaciones de René Guénon y Denys Roman y armado de elocuente documentación, expone la historia y reivindica el carácter de orden iniciática de lo que, para el rumor popular, no constituiría sino un nido de conspiradores.

El encuentro no pudo ser y, en coincidencia con estos vientos cervantinos, viene Página Indómita a lanzar en un solo volumen –Ego seguido de En el filo– los dos primeros cuentos publicados apenas volvió a poner pie en tierra rusa por aquel Quijote que fue Alexandr Solzhenitsyn, cuya agitada aventura mediática no dio comienzo para muchos de nosotros al ser deportado al gulag, sino cuando fue entrevistado por Íñigo en su programa en los días de gloria de Uri Geller y de decadencia de Johnny Weissmuller. Solzhenitsyn creía, sin duda y con tozudez dostoievskyana, en la rabia escatológica que movería los hilos de una conjura judeomasónica contra Rusia, y muy pronto fue, a su vez, acusado por el Moscú rojo de encarnar la punta del iceberg de una conjura judeomasónica contraria, encabezada por la CIA.

Pero bueno: que hablen de uno aunque sea bien, como aseveraba Luis Miguel… Sus dos relatos, destilados por mano de maestro, forman una buena díada, por cuanto el primero narra la rebelión campesina contra los bolcheviques que, en plena guerra civil rusa, estalló en la región de Tambov bajo el caudillaje de Antonov, y el segundo es una mirada a la biografía del mariscal Zhukov. Todo, pues, acabado en “ov”… Más allá de sus valores literarios, rampantes apenas se empieza la lectura, ambos textos dan testimonio de la política de asesinatos en masa que distinguió desde sus comienzos al experimento leninista. Ya en 1919, los guardias rojos, con el comisario político al frente, se presentaban en las aldeas de aquellos seres inferiores que -por no ser proletarios- eran los campesinos y, tras requisarles la cosecha y los caballos, violaban a unas cuantas mujeres y descuartizaban en público a unos cuantos hombres para asegurarse de que los supervivientes serían en el futuro buenos camaradas, y no unos contrarrevolucionarios. Al propagarse la revuelta, fueron pueblos enteros los sometidos a ejemplarizante exterminio. En cuanto a Zhukov, amante en su día de Olga Chejova, estrella del cine del III Reich a la vez que agente soviética, medró en aquellas aguas -tan fructíferas para la gente de gatillo fácil- como uno de los jefes militares de la campaña contra Antonov y destacado ejecutor de las matanzas perpetradas sobre civiles. Un infarto acabó con él muchos años después y poco antes de ser publicada su autobiografía, del disgusto que le dio saber que el camarada Brezhnev sólo aprobaba una versión de la misma redactada por el Partido y en la que quedaba muy poco de la suya. Vida la suya, en fin, muy representativa de las de todos aquellos un día reclutados como funcionarios de la muerte por la revolución soviética.

Página Indómita está adquiriendo en poco tiempo perfil propio al rescatar, junto con el recuerdo de las atrocidades totalitarias, a algunos de los más convulsos pensadores -Koestler, Jünger, Orwell, ahora el autor de Archipiélago Gulag…- del siglo XX. El mejor resumen del experimento utópico nos lo proporciona el viaje de Zhukov, ya anciano, a su aldea natal. Al encontrarse con las mujeres con quienes de joven bailó, se asombra de que vivan en tan gran miseria y éstas le explican: “No nos permiten ser más ricos”… Las aspas de los molinos de viento a que pluma o Máuser en mano plantaron cara el Antonov alzado contra los Soviets o el Solzhenitsyn represaliado fueron, aparentemente, mucho más sólidas que las de esos otros que, allá en el lugar de cuyo nombre no quiso Cervantes acordarse, llevaron al barbero ante el tribunal de los curas. No debemos olvidar, no obstante, que, en tanto los de La Mancha no dejaban de ser gigantes encantados por hechiceros, los de Rusia no eran sino molinos víctimas de un malentendido y convencidos de ser titanes. Cada vez está más claro que no hay vuelta atrás y que, entre el torquemadismo y el Politburó, el único cuerdo resulta, a la postre, el barbero homenajeado por Sánchez Ferré.

Foto: José Luis Chaín

 

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