Cultura Transversal

El cosmopolistismo de Babel

Posted in Autores, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 19 noviembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Las recientes oleadas migratorias advenidas a Europa han desenterrado no sólo la xenofobia nunca desaparecida del todo y a menudo disimulada sólo a duras penas, sino también el viejo y cansino debate entre nacionalismo y cosmopolitismo, la petulante pendencia entre afrancesados y provincianos: en rigor, una pantalla de humo o falsa controversia, por cuanto gira en torno a meros eufemismos. Se trata, en efecto, de una polémica en el fondo capciosa y planteada en los mismos términos que la que atañe, por ejemplo, a la institución familiar. Hace nada, se nos aleccionaba sobre los traumas o carencias a afrontar por los hijos de familias desestructuradas. Ahora, mediante una pirueta semántica, el concepto de familia desestructurada es reemplazado por el de familia multiparental, pretendiéndose así vendernos la burra de que el mismo caos no es sino deseable orden: de repente, resulta que lo idóneo para el niño es tener tres “padres” y tres “madres” y un sinfín de “abuelos” y de “verdaderos” hermanos en contraposición a los que lo son de sangre, y que el hecho de que su “madre” favorita sea el “amigo especial” de papá no es un problema, sino una enriquecedora experiencia.

Igual sucede con este debate entre nacionalistas y cosmopolitas. En virtud del proceso de disolución -en marcha desde hace casi un siglo- tanto de las identidades culturales y regionales como de absorción de las propias naciones por entidades supranacionales, los primeros propenden a ser individuos profundamente ignorantes de su historia nacional y de su religión -que ni siquiera suelen practicar- y que hace muchísimo que no llevan nada ni remotamente parecido a una vida tradicional. Su defensa de la tradición se limita a denunciar que “los de fuera” vienen a “robarles” el trabajo, las mujeres, las casas, los subsidios… En cuanto a los segundos, su conocimiento de otras culturas apenas raya lo superficial, siendo sus referentes autores o artistas oriundos quizá de países “exóticos”, pero fuertemente occidentalizados y desconectados de sus propias tradiciones de origen: no son en realidad, pues, sino víctimas de la confusión entre cosmopolitismo y mera ubicuidad tecnológica -un alemán puede hablar por Skype y en inglés macarrónico, sí, con un esquimal- señalada por Pascal Bruckner en su ensayo El vértigo de Babel (Acantilado).

El de Bruckner es un ensayo sobre la globalización que pone ante todo de manifiesto que -como la capacidad para saborear una obra de arte- el verdadero cosmopolitismo no se puede democratizar ni es accesible a todos, pues requiere “el dolor del aprendizaje” o “la experiencia del exilio”. No basta, pues, con poseer y manejar un ordenador. La globalización sólo es buena -es, por supuesto, mi lectura de sus palabras- únicamente para la gente banal, pues “esa subcultura universal encargada de reemplazar a los otros, ese popurrí a base de fast food, de uniformidad indumentaria, de series televisivas y de música basura que pretende someter a todos los humanos al mismo yugo” no puede en realidad ser cosmopolita a la manera verdadera en que lo era en los tiempos de Entreguerras una familia judía de Praga en cuyo hogar se hablaba con fluidez en cuatro idiomas. Lejos de ser cosmopolita, la globalización “empieza por anular las culturas que vacía desde dentro, las descuartiza y las descarna para sustituirlas a continuación, embalsamadas como momias en sus sarcófagos, matando a la vez su profundidad y su singularidad”. Yo, cada vez que leo que en tal ciudad va a ser inaugurado un Museo de la Cultura Gitana, me estremezco, porque no puedo percibirlo sino como síntoma de que mi cultura agoniza. Y no deja de sorprenderme que, a veces, incluso sean gitanos quienes más aplauden esas inauguraciones y se ponen a la cola a ver si son contratados como ujieres, guías o conservadores de ese monumento a nuestra desaparición.

Uno de los problemas más a temer es que, como señala Bruckner, las tradiciones y creencias en su día aplastadas y negadas -y no precisamente por ningún “invasor”- “pueden resurgir más adelante con el ímpetu con el que se perdieron y reconstruirse entonces de una manera artificial, produciendo monstruos e híbridos incoherentes”. Se ha visto en Rusia y otros países sometidos durante décadas al comunismo, donde los adalides del “Islam” o el “cristianismo” que encabezan los linchamientos y pogromos motivados por rivalidades de tipo confesional son a menudo antiguos agentes de la cruzada atea, con un largo historial de quema de iglesias y mezquitas y de detención, tortura y asesinato de quienes propagaban la “superstición” religiosa.

El ensayo de Bruckner no ofrece soluciones, lo cual es de agradecer, porque, aparte de ser un coñazo, los ensayos escritos con la pretensión de resolver la vida al prójimo, por no decir que al planeta entero, venden humo y apenas más. Es una reflexión serena e inteligente, de donde es de prever que muy poca gente le esté prestando atención, eventual desinterés que no deja, por supuesto, de honrar a su autor… y que ojalá contribuyamos en algo a paliar con estas líneas.

Foto: José Luis Chaín

 

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