Cultura Transversal

Juventud, divino tesoro

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Sánchez Dragó by paginatransversal on 26 noviembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Siete nominaciones a los Óscar fueron a bendecir en 1937 a Horizontes perdidos de Capra y su Shangri-La, ignoto valle cuyos moradores viven a salvo de la vejez y reconocible de inmediato como remedo literario de Shambala, a su vez equivalente hindú y budista del Paraíso Terrenal judeo-islámico-cristiano. El decorado o cáscara cinematográfica nos remite, pues, a mucho más que una versión del mito de la perpetua lozanía, lo cual no ha sido óbice para venir como anillo al dedo a Fernando Sánchez Dragó en el trance de festejar pluma en mano su octogésimo año de vida en esta Tierra.

La ilusión, en efecto, por compartir con sus congéneres los arcanos dietéticos que le permiten gozar a su edad de la salud física y mental que le conocemos explica este Shangri-La. El elixir de la eterna juventud salido el mes pasado de la imprenta de Planeta y en el que ha mostrado la deferencia de incluir nuestro artículo sobre el misterio del Soma, aparecido hace no mucho en The Ecologist. Fiel suscriptor premium a toda corriente en boga, Dragó se ha mantenido siempre al día sobre lo que en el aire se cuece y -lo mismo que, antaño, a los escritores nos apetecía dar la vuelta al mundo o convertir nuestra obra en portavoz de los principios del materialismo o el cristianismo- no puede permanecer silente ante los nuevos grandes temas que hoy nos son impuestos. Así, se viene oyendo hablar con recurrencia de la extensión de la vida física mucho más allá de sus presentes lindes. Al enorme interés despertado por los experimentos de la doctora Blasco con la telomerasa se suman augurios como los del gerontólogo Aubrey de Grey, el “historiador del futuro” Yuval Noah Harari o el genetista George Church, cuyos trabajos trascienden con mucho la broma de pedir voluntarias para su fecundación por un neanderthal. En virtud de argumentos que no me hallo en posición de apoyar ni rebatir, todos confluyen en el anuncio con dispar grado de júbilo de que, a partir de 2050, todo individuo con la edad y fondos adecuados podrá aspirar, gracias a terapias de regeneración celular, a una vida poco menos que sin final previsto. Mentiría si dijera que no me gustaría llegar a tiempo y en las condiciones requeridas para resultar beneficiado por esos tratamientos.

Desmentir el vegetarianismo y el budismo que tantos le atribuyen es una de las tareas de que se ocupa Dragó en este tratado de salud cortado a medida, que despide ecos de los de Arnau de Vilanova o Paracelso, aunque sin remitir al lector a remedios de tan difícil obtención como el polvo de cuerno de unicornio, y que, de situarnos en una perspectiva hindú, uno señalaría como orbitante alrededor de la esfera del Rasayana -sabiduría consagrada a la restauración de la juventud- más que de la del Ayurveda, centrado en la eliminación de enfermedades y la puesta en fuga de entidades diabólicas. Se trata, pues, no de que la maratón continúe por los siglos de los siglos, sino de llegar al término de la carrera en óptimas condiciones.

Para conquistar tal meta, el chuletón de buey, el orgasmo o una planta tibetana pueden en la farmacopea dragoniana resultar tan eficientes como la zanahoria, la resina de drago o la abstinencia sexual. En una página afirma Dragó que los galenos no debieran recetar al paciente más que las exactas dosis de medicamentos precisas para su curación y, en otra, reivindica la convicción de que con las medicinas, si se quiere que surtan efecto, hay que cargar siempre la suerte, es decir, ingerir el doble de la dosis indicada en el prospecto. Pero bueno, advertidos estamos desde el prólogo de que en el curso del libro va su autor a contradecirse a destajo, así que… Digamos que, tras su minucioso y jovial repaso a las más de sesenta pastillas que a diario toma, sus disquisiciones sobre el sexo como panacea medicinal y el matrimonio como grave peligro para la salud o sus cuitas para hacerse con medicamentos homeopáticos de Japón, lo único que de verdad me queda claro es lo sanísimo que siempre es salir a la calle con la moral alta y el axioma de que quien nace joven, joven muere y, quien con alma de anciano viene al mundo, con el mismo estado de ánimo estira la pata. También me convencen sus alabanzas al té verde, cuya fiabilidad me ha sido refrendada por un sueño en el que una princesa irania, dueña de un jardín en el que cultivaba con amor de coleccionista diferentes modalidades del Árbol del Té, abría la puerta del mismo para que pudiera asomarme, maravillado, a la hermosura de su interior.

Como cabía esperar, nos hallamos ante todo un revulsivo neuronal, por cuanto la pluma de Dragó es única a la hora de introducir en el debate público argumentos y temas ciertamente poco frecuentados. Yo que ustedes no me perdería esta ensalada en la que la severidad de Agrippa nos es servida en aliño con el aceite y el vinagre de Jardiel, porque, ¿en qué otro libro eres invitado a dejar de fumar por la calle o en los toros por razón de que Dragó ha sido padre a avanzada edad, o a no consumir queso -excepto de oveja- debido al excelente sabor de boca que dejó a Dragó su bachillerato en el Pilar?

Luego, y pese a estar habituado a la lectura de todo tipo de diatribas contra la industria alimentaria, la de Shangri-La hace, la verdad, que se te disparen al instante todas las alarmas: de continuar bebiendo leche de vaca, degustando patatas fritas de bolsa, comiendo croquetas o alimentos que contengan harina, devorando carne roja –salvo si es de Soria, y muy de cuándo en cuándo- o no reducir tu dieta de huevos a, como máximo, uno a la semana, no podrás tenerte sino por un suicida. ¡Tan drástico es el dictamen!

Lógicamente, las alarmas se desactivan con idéntica rapidez al repararse en que, a fin de poder seguir la dieta de Dragó, necesitarías –aparte de, para no perder el tranquillo y estado de celo propios del adolescente, estar tirando constantemente los tejos a alguien- disponer de los servicios de una secretaria thailandesa o, como mínimo, un gnomo que te siguiera pegado como una lapa a todas partes recordándote a cada minuto que endereces la columna al andar, que te toca ingerir tu papelina de testosterona, que es hora de salmodiar tu mantra o de digerir tu fruta ecológica, todo ello mientras presentas un telediario, escribes un artículo, pronuncias una conferencia o compras un billete de avión a Nairobi. De tener que soportar al gnomo, a mí se me cubriría la cabeza de canas en tres días. Pero claro, no soy Dragó, quien además ya ha dicho que nos hallamos ante un vademécum de eficacia constatada sólo -hoy por hoy- en su organismo. ¡A nadie se obliga!

Deseemos, pues, larga vida, salud rampante y muchos libros más al paladín de la alquimia nutricional que con tan buen talante y talento nos descubre los mejores manjares de su alacena. Y bueno, aunque uno anhele convertirse en conejillo de Indias de la doctora Blasco, no olvide nunca la aplastante verdad subyacente en la máxima de Stevenson:

-Doctor… Siempre se muere joven.

Foto: José Luis Chaín

 

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