Cultura Transversal

Nicolás Gómez Dávila: escolios contra el mundo moderno

Posted in Autores, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 29 noviembre, 2016

gomez-davila-escoliospor Luis Landeira Caro – Internet me confunde. No podría decir a ciencia cierta dónde leí las primeras palabras de don Nicolás Gómez Dávila que llegaron a mis ojos. Pero seguro que fue en uno de esos perfiles disidentes de Twitter, Facebook o Tumblr que, de un tiempo a esta parte, crecen como setas en los márgenes del ciberespacio, lidiando con la implacable censura que existe en las democracias occidentales contra todo aquello que transgreda las ñoñas leyes de la corrección política. Porque incluso en una cloaca como internet se pueden encontrar diamantes. Y eso son los aforismos de Gómez Dávila, diamantes semánticos pulidos hasta el extremo y afilados como espadas, que demuestran que no hace falta escribir tropecientos volúmenes para transmitir lo importante. Cada una de las frases de este autor excepcional tiene más valor que muchas bibliografías mediocres e incluso notables, condensando y superando lo que Montaigne, Pascal, Rivarol, Möser, Cortés, Maurras y muchos otros necesitaron formular de forma más barroca o alambicada. El mismo autor reconoció, con suma modestia, que “los que carecemos de talento traducimos meramente textos anónimos y públicos en el idioma de nuestras preocupaciones personales”.

Siendo como fue Gómez Dávila un caballero discreto y reservado, sabemos muy poco de su vida cotidiana. Se suele decir que su biografía podría resumirse en tres palabras: nació, escribió, murió. Maldito por su pensamiento radicalmente católico, reaccionario y antimoderno y también por su insobornable desprecio hacia la industria cultural, Gómez Dávila vivió siempre de espaldas a los pináculos literarios, y durante décadas su nombre ha sido tabú para la mayoría de los críticos. Uno de los pocos que se atrevió a abordar su figura fue el hispanista peruano José Miguel Oviedo, y aún así sólo logró reunir un puñado de datos sobre su vida, llegando a calificarlo de “ilustre desconocido”. De Gómez Dávila sabemos lo justo y necesario. Que nació en Bogotá el 18 de mayo de 1913. Que recibió una educación humanístico-cristiana en París. Que llegó a dominar el griego y el latín para leer textos clásicos y sagrados en su lengua original. Que a los 23 años regresó a Bogotá y se casó con doña Emilia Nieto, con la que tuvo tres hijos. Que se instaló con su familia en una señorial mansión estilo Tudor, donde tenía una biblioteca con más de 30.000 volúmenes en la que permanecería encerrado la mayor parte de su vida. Y que murió en la misma Bogotá, el 17 de mayo de 1994.

En cuanto a la bibliografía daviliana, es casi tan escueta como su biografía. Los pilares de su obra son tres generosos volúmenes de aforismos: Escolios a un texto implícito, Nuevos escolios a un texto implícito y Sucesivos escolios a un texto implícito. El resto de lo que escribió él mismo lo consideraba una preparación o un eco de los escolios: los libros en prosa discursiva Notas y Textos I, y un par de artículos publicados en revistas colombianas: De Iure y El reaccionario auténtico.

En Notas, Gómez Dávila reveló el porqué de sus escolios: se supone que el texto implícito al que aluden los aforismos sería la obra perfecta en la que se prolongan y se cumplen las proposiciones del autor, y culminar esa obra es una tarea que don Nicolás encomienda a sus lectores con una frase que es, en sí misma, otro escolio: “Lo que aquí digo parecerá trivial a quien ignore todo lo que aludo”. Por eso, no son ni han sido ni serán estos aforismos una lectura orientada a las masas, sino a un tipo humano muy concreto, que posea determinado rango filosófico y espiritual.

El reconocimiento internacional de Nicolás Gómez Dávila no sólo tardó en llegar, sino que todavía está lejos de consumarse incluso en los círculos más afines a su pensamiento. Poco antes de su muerte, a principios de los años 90, su obra fue por fin traducida al alemán, gracias al empeño de Botho Strauss, Franco Volpi o el mismísimo Ernst Jünger, que, tras leerlo, afirmó que “Gómez Dávila es una verdadera mina para los amantes del conservatismo”. También existen ediciones francesas e italianas de algunos de sus libros, aunque no tengo noticias de traducciones al inglés, si exceptuamos algunos escolios sueltos goteados por webs tradicionalistas tan prestigiosas en su campo como Wrath Of Gnon (wrathofgnon.tumblr.com).

Hace meses, cuando empecé a preparar esta selección de escolios para Línea de Sombra, me las prometía muy felices: mi idea era tragarme el tocho de más de 1.400 páginas (publicado por Atalanta, la editorial del conde de Siruela, en el año 2009) con la ingenua intención de anotar mis sentencias favoritas en un cuaderno. A los pocos días, me di cuenta de que había apuntado el 99% de las frases leídas y tiré la toalla. Los escolios de Dávila pueden aislarse (de hecho hay ya varias cuentas de Twitter consagradas a ello) pero ocupan todos el mismo nivel. Son gotas de sabiduría destiladas minuciosamente, letra a letra, donde laten con fuerza la fe, la tradición y la sabiduría perenne. Ante todo, Gómez Dávila fue un escritor cristiano (o, como él mismo puntualizó, “más que un cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo”), y lo suyo fue la cruzada de un guerrero literario que ha vislumbrado destellos de Verdad y trata de combatir al mundo moderno disparando palabras irónicas, paradójicas, lapidarias, corrosivas, que a veces se vuelven contra la decadencia de la propia Iglesia o contra sí mismo, consciente de no pertenecer a la inalcanzable élite de los santos.

Muchos libros de aforismos constituyen una lectura plácida y liviana, pero este no es el caso: cada escolio resulta tan intenso, violento y concentrado, que a veces hay que detenerse una eternidad en él y rumiarlo como si fuera un koan. Leer a Gómez Dávila es una experiencia filosófica, metapolítica, literaria, bélica pero, sobre todo, religiosa: en cada una de sus sílabas late la humildad de un hombre que, a diferencia del común de los escritores de su tiempo, no pretende enseñarle a Dios cómo se hacen las cosas.

Del mismo modo que Gómez Dávila tardó toda una vida en acabar sus escolios, tal vez a nosotros, sus lectores, nos cueste el resto de nuestras vidas digerirlos por completo. De momento, le ofrezco a esa “otra gente” que se asoma a esta web un simple aperitivo de una obra monumental. Y, ya que no soy capaz de realizar una selección, haré un ejercicio de bibliomancia: dejándome llevar por lo que unos llaman “azar” y otros “providencia”, abriré varias decenas de veces Escolios a un texto implícito y anotaré la primera frase que me venga a la vista. A continuación, el demoledor resultado.

“Sólo una cosa no es vana: la perfección sensual del instante”.

“El supremo aristócrata no es el señor feudal en su castillo, sino el monje contemplativo en su celda”.

“Los hombres, en el mundo moderno, se arremolinan angustiados, como ratas en un laberinto de laboratorio”.

“Nunca podemos contar con el que no se mira a sí mismo con mirada de entomólogo”.

“No reprobamos el capitalismo porque fomente la desigualdad, sino porque favorece el ascenso de tipos humanos inferiores”.

“Toda idea acaba de prostituta”.

“El auténtico revolucionario se subleva para abolir la sociedad que odia, el revolucionario actual se insurge para heredar una que envidia”.

“La urbe moderna no es una ciudad; es una enfermedad”.

“La nada es la sombra de Dios”.

“El hombre madura cuando deja de creer que la política le resuelve los problemas”.

“La jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales”.

“La humanidad peligra cuando olvida la más solemne advertencia de la historia: que la civilización es un hombre armado de un látigo entre animales famélicos”.

“Pensando abrirle los brazos al mundo moderno, la Iglesia le abrió las piernas”.

“Haber estado enamorado basta para refutar todo realismo epistemológico”.

“Todo hombre auténticamente moderno que no se suicida a los cuarenta años es un imbécil”.

“Los clásicos griegos y a Biblia, leídos lentamente, con minuciosa atención, bastan para enseñarnos lo que la humanidad sabe de ella misma”.

“La vida es taller de jerarquías.

Sólo la muerte es demócrata”.

“La medida del éxito o el fracaso de la existencia es únicamente interior”.

“Leer es recibir un choque, es sentir un golpe, es hallar un obstáculo”.

“Razón, progreso, justicia, son las tres virtudes teologales del tonto”.

“La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición”.

“Hasta el ateísmo es una definición de Dios”.

“Viajar por Europa es visitar una casa para que los criados nos muestren las salas vacías donde hubo fiestas maravillosas”.

“La ciencia se ha revelado capaz de enseñarnos cómo se hacen las cosas, pero incapaz de decirnos lo que debemos hacer”.

“La lectura matutina de Homero, con la serenidad, el sosiego, la honda sensación de bienestar moral y físico, de salud perfecta, que nos infunde, es el mejor viático para soportar las vulgaridades del día”.

“La mejor crítica de la colonización española son las repúblicas sudamericanas”.

“Ni la religión se originó en la urgencia de asegurar la solidaridad social, ni las catedrales fueron construidas para fomentar el turismo”.

“Gastamos una vida en comprender lo que un extraño comprende de un vistazo: que somos tan insignificantes como los demás”.

“Los problemas metafísicos no acosan al hombre para que los resuelva, sino para que los viva”.

“La humanidad actual se reparte en individuos simples y duros como balas de acero y en individuos fofos e informes como un montón de harapos sucios”.

“El hombre es un problema sin solución humana”.

“Se avecinan las épocas en que sólo podrá sobrevivir lo que repta”.

“La muerte de Dios es opinión interesante, pero que no afecta a Dios”.

“El lector se cree eximido de la generalización que lo cobija”.

“El suicidio más acostumbrado en nuestro tiempo consiste en pegarse un balazo en el alma”.

“La fealdad de un objeto es condición previa de su multiplicación industrial”.

“Toda civilización es un diálogo con la muerte”.

“Cada día resulta más fácil saber lo que debemos despreciar: lo que el moderno admira y el periodista elogia”.

“El santo no es un distinto tipo de hombre, sino una nueva especie humana”.

“Las extravagancias del arte moderno están enseñándonos a apreciar debidamente las insipideces del arte clásico”.

“Culpo a este siglo de inventar el pedantismo de la obscenidad”.

“De los seres que amamos su existencia nos basta”.

“La verdadera religión es monástica, ascética, autoritaria, jerárquica”.

“¿Cómo soportar este mundo moderno si no oyéramos ya un lejano rumor de agonía?”

“Las ideas se asustan y emigran de donde se resuelve pensar en equipo”.

“Lo que despierta nuestra antipatía es siempre una carencia”.

“Para el hombre moderno las catástrofes no son enseñanzas, sino insolencias del universo”.

“Lo que se piensa contra la Iglesia, si no se piensa desde la Iglesia, carece de interés”.

“Escribir corto, para concluir antes de hastiar”.

“Para excusar sus atentados contra el mundo, el hombre resolvió que la materia es inerte”.

“La única cosa de la cual nunca he dudado: la existencia de Dios”.

“El que habla de su ‘generación’ se confiesa parte de un rebaño”.

“El mundo moderno no será castigado.

Es el castigo”.

“Para hablar de lo eterno, basta hablar con talento de las cosas del día”.

“El imbécil no descubre la radical miseria de nuestra condición sino cuando está enfermo, pobre o viejo”.

“Serio es lo que los hombres serios creen juego”.

“Ideario del hombre moderno: comprar el mayor número de objetos; hacer el mayor número de viajes; copular el mayor número de veces”.

“La capacidad de sobrevivir en determinadas condiciones es prueba de inferioridad del que lo logra”.

“Con el vocablo ‘democracia’ designamos menos un hecho político que una perversión metafísica”.

“La sociedad moderna no aventaja a las sociedades pretéritas sino en dos cosas: la vulgaridad y la técnica”.

“La cortesía es obstáculo al progreso”.

“No debemos pensar para nuestro tiempo o contra nuestro tiempo, sino fuera de nuestro tiempo”.

“Toda ciencia se nutre de las convicciones que estrangula”.

“Aducir la belleza de una cosa en su defensa, irrita al alma plebeya”.

“Tener razón es una razón de más para no lograr ningún éxito”.

“El tirano no es veleidoso, sino sistemático. El tirano no se desparrama en caprichos, sino se concentra en una idea.

El tirano es hombre de principios”.

“Que ‘rutinario’ sea hoy un insulto comprueba nuestra ignorancia en el arte de vivir”.

“El tonto se duele de lo que no tiene, el inteligente de lo que posee”.

“Las revoluciones espantan, pero las campañas electorales asquean”.

“La religión no se demuestra, se contagia”.

“La promiscuidad sexual es la propina con la que la sociedad aquieta a sus esclavos”.

“El tiempo es menos temible porque mata que porque desenmascara”.

“Cuando hoy nos dicen que alguien carece de personalidad, sabemos que se trata de un ser sencillo, probo, recto”.

“La presencia política de la muchedumbre culmina siempre en un apocalipsis infernal”.

“Sólo las letras antiguas curan la sarna moderna”.

“La vulgaridad consiste en pretender ser lo que no somos”.

“Nuestra civilización es un palacio barroco invadido por una muchedumbre greñuda”.

“Cualquier experiencia compartida termina en simulacro de religión”.

“Todo necesita justificar su existencia, salvo la obra de arte”.

“Las reivindicaciones libertarias del ciudadano moderno se limitan a reclamar el derecho de copular sin trabas en el ergástulo donde lo encierran”.

“A ninguno se nos dificulta amar al prójimo que nos parece inferior.

Pero amar al que sabemos superior es otra cosa”.

“El placer es el relámpago irrisorio del contacto entre el deseo y la nostalgia”.

“El místico es el único ambicioso serio”.

“El escritor bien educado trata de ser claro.

Pero no achaquemos siempre nuestra ineptitud a su mala educación. Explicar, en vez de aludir, supone desprecio al lector”.

“El alma crece hacia adentro”.

“Ningún trabajo deshonra, pero todos degradan”.

“Cada individuo llama ‘cultura’ la suma de cosas que mira con aburrición respetuosa”.

“La mayor astucia del mal es su mudanza en dios doméstico y discreto, cuya hogareña presencia reconforta”.

“Para volverse persona el individuo necesita que exista una norma rígida y, a la vez, que su cumplimiento sea libre.

Donde no exista norma rígida el individuo se vuelve masa tan fácilmente como donde su cumplimiento no es libre”.

“No vale la pena escuchar a quien no pueda prometer un presente eterno”.

“Clérigos y periodistas han embadurnado de tanto sentimentalismo el vocablo ‘amor’ que su solo eco hiede”.

“La originalidad necesita adosarse a la continuidad de una tradición”.

“Atribuir a la vejez la hez acumulada de una vida es el consuelo de los viejos”.

“El caos es el objeto correlativo al momentáneo torpor del espíritu”.

“La belleza no sorprende, sino colma”.

“La sabiduría consiste en resignarse a lo único posible sin proclamarlo lo único necesario”.

“La retórica, la inocencia, la gracia de la juventud, son productos que ciertas sociedades astutas elaboran”.

“Todo lo superior nos incomoda: la belleza o la bondad, el genio o Dios.

La noción de ideología es invento ideológico del empeño de humillar lo grande”.

“La única ejecutoria de nobleza, en nuestro tiempo, es la derrota”.

“Toda verdad es riesgo que nos parece valer la pena tomar”.

“El moderno nunca se siente tan personal como cuando hace lo mismo que todos”.

“Tan sólo entre amigos no hay rangos”.

“Lo ritual es vehículo de lo sagrado.

Toda innovación profana”.

“Gran escritor es el que moja en tinta infernal la pluma que arranca al remo de un arcángel”.

“De los modernos sucedáneos de la religión probablemente el menos abyecto es el vicio”.

“Nuestra madurez necesita reconquistar su lucidez diariamente”.

“Los argumentos con que justificamos nuestra conducta suelen ser más estúpidos que nuestra conducta misma.

Es más llevadero ver vivir a los hombres que oírlos opinar”.

“Escribir sería fácil si la misma frase no pareciera, alternativamente, según el día y la hora, mediocre y excelente”.

“El misterio inquieta menos que la fatua tentativa de excluirlo mediante explicaciones estúpidas”.

“El suicidio en ciertas épocas no es gesto de soberbia, sino último recurso para no capitular ante el demonio”.

“Frente a tanto intelectual soso, a tanto artista sin talento, a tanto revolucionario estereotipado, un burgués sin pretensiones parece una estatua griega”.

“Ninguna ciudad revela su belleza mientras su torrente diurno la recorre.

La ausencia del hombre es la condición última de la perfección de toda cosa”.

“La rebelión contra Dios es demente, pero no estulta.

Ante un universo impasible, resignación y rebeldía son igualmente necias”.

“El episodio más patético es el de la indiferencia con que la mera juventud finalmente mira a la vejez más ilustre”.

“Nadie carece totalmente de cualidades capaces de despertar nuestro respeto, nuestra admiración o nuestra envidia.

Quien parezca incapaz de darnos ejemplo ha sido negligentemente observado”.

“Nada me seduce tanto en el cristianismo, como la maravillosa inocencia de sus doctrinas”.

“La ausencia de vida contemplativa convierte la vida activa de una sociedad en un tumulto de ratas pestilentes”.

“En un siglo en el que los medios de publicidad divulgan infinitas tonterías, el ser culto no se define por lo que se sabe sino por lo que se ignora”.

“Aun cuando no existan recetas infalibles, ni siquiera para fracasar, el propósito de hacer algo excelente, en lugar de pretender tan solo hacer bien lo que hacemos, es sin embargo un abortivo eficaz”.

“Sólo las educaciones austeras forman almas delicadas y finas”.

“No es el origen de las religiones, o su causa, lo que requiere explicación, sino la causa y el origen de su oscurecimiento y de su olvido”.

“Lo eficaz no es denunciar la vileza de lo vil, sino mostrar la nobleza de lo noble”.

“No hay que esperar nada de nadie, ni desdeñar nada de nadie”.

“La sabiduría de este siglo se reduce a observar el mundo con la mirada amarga y sucia de un adolescente depravado”.

“Una verdad confusa vale menos que un error lúcido”.

“Otras épocas quizá fueron vulgares como la nuestra, pero ninguna tuvo la fabulosa caja de resonancia, el amplificador inexorable, de la industria moderna”.

“Envejecer es catástrofe del cuerpo que nuestra cobardía convierte en catástrofe del alma”.

“El futuro próximo traerá probablemente extravagantes catástrofes, pero lo que más seguramente amenaza al mundo no es la violencia de muchedumbres famélicas, sino el hartazgo de masas tediosas”.

“El rango de nuestro adversario nos sitúa: ser vencedor o vencido es subalterno”.

“El odio al pasado es síntoma inequívoco de una sociedad que se aplebeya”.

“El pueblo no elige a quien lo cura, sino a quien lo droga”.

“Todo el mundo se siente superior a lo que hace, porque se cree superior a lo que es. Nadie cree ser lo poco que es en realidad”.

“El ‘político’ de conciencia más delicada apenas alcanza a ser una puta púdica”.

“Convertirnos es sentir que estamos inventando la religión a la que nos estamos convirtiendo”.

“La perfección es el punto donde coinciden lo que podemos hacer y lo que queremos hacer con lo que debemos hacer”.

“Las ideas parecen productos de repentinos desequilibrios del cerebro que velozmente retorna a su estólida estabilidad”.

“Toda paz se compra con vilezas”.

“¿Cómo no despreciar al pueblo?

Basta que se ablanden las normas que nos civilizan, para que el pueblo sometido que gruñe en cada uno de nosotros desencadene sus torvos apetitos”.

“Ante el esplendor de las civilizaciones el hombre que conoce al hombre siente menos orgullo que sorpresa”.

“Un solo tipo de sociedad tuvo un contrato social por raíz histórica y por resorte ético: el feudalismo”.

“El demonio, actualmente, tiene forma geométrica”.

“Nuestra resistencia ante mucho artista moderno no proviene de lo insólito de sus obras, sino de la vetustez de sus propósitos”.

“Para la defensa de la libertad basta un soldado; la igualdad, para imponerse, necesita un escuadrón de policías”.

“‘Humano’ es el adjetivo que sirve para disculpar cualquier vileza”.

“Hace doscientos años era lícito confiar en el futuro sin ser totalmente estúpido.

¿Hoy quién puede creer en las actuales profecías, puesto que somos ese espléndido porvenir de ayer?”

“El mundo moderno parece invencible.

Como los saurios desaparecidos”.

“La buena voluntad es la panacea de los tontos”.

“Al artista sólo podemos perdonarle que la celebridad le importe cuando cede a motivos estrictamente mercantiles”.

“La sociedad industrial está condenada al progreso forzado a perpetuidad”.

“Tedio es el antónimo de soledad”.

“Mientras nos aplaudan no hemos dejado atrás las evidencias vulgares”.

“Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior. Cualquiera que sea su origen, su rango o su fortuna”.

“La dialéctica del amor no es un proceso de ascenso irreversible, sino una serie infinita de retornos”.

“Cuando todos quieren ser algo sólo es decente no ser nada”.

“Recordando las pifias de sus colegas de ayer, los críticos contemporáneos prodigan el incienso, sin advertir que más grave que ignorar a un gran artista es pasmarse ante un mediocre”.

“El proletariado no detesta en la burguesía sino la dificultad económica de imitarla”.

“Sólo hemos visto un urbanista genial: el tiempo”.

“Por mezquina y pobre que sea, toda vida tiene instantes dignos de eternidad”.

“No hay victoria espiritual que no sea necesario ganar cada día nuevamente”.

“El mundo moderno no tiene más solución que el juicio final. Que cierren esto”.

Fuente: Línea de Sombra.

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