Cultura Transversal

Los que fueron a Rusia

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 3 diciembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – “Hace usted un viaje a Rusia, pero debe ocultar su identidad. Allí correrá peligros y algunos estarán relacionados con el paso de las fronteras”, explica un agente secreto a otro en Últimas noticias de nuestro mundo, la novela de espías de Alejandro Gándara. En el pasado, mucha gente circulaba en ese plan por Rusia, así que un libro sobre los españoles que -para comprar confidencias, por negocios, placer o curiosidad- un día se dieron una vuelta por la granja de Lenin o vivieron en ella estancias más o menos prolongadas ha forzosamente de llamar la atención no sólo del amante de la literatura trotamundesca, sino también, teniendo en cuenta el referente político que desde el seísmo de 1917 fue la URSS, del interesado en las figuras más chillonas del espectro revolucionario y en el devenir social de un mundo abocado a la Globalización.

Fórcola ha publicado recientemente a Andreu Navarra El espejo blanco, antología comentada de apreciaciones expresadas de su puño y letra por algunos de los protagonistas de aquellas peregrinaciones al Kremlin. El capítulo en él dedicado a los divisionarios azules y a los niños de la guerra y militares republicanos que quedaron en 1939 atrapados en la URSS y coincidieron después en el gulag con los primeros, aunque no sé si a unos u otros conviene en rigor la aplicación del calificativo de viajero, es en su integridad un resumen de los recientes estudios de Iordache y Kharitonova. Por cuanto resultan a día de hoy más difíciles de conseguir, mayor interés revisten los fragmentos rescatados de los libros escritos por adalides de la causa obrera como Pestaña, Castro Delgado, Fernando de los Ríos y Jesús Hernández u otros transeúntes menos politizados, tal que Chaves Nogales o Pla, de quienes el primero de los citados fue el más contundente a la hora de denunciar el cariz tiránico y asesino del régimen soviético. No muy atrás se quedó de los Ríos, y los testimonios de los españoles peones del régimen y luego caídos en desgracia son, asimismo, muy elocuentes. Con ellos concuerda al dedillo el del escritor falangista Félix Ros, que subió a un tren rumbo a las nieves en 1935 y lo contó en Un meridional en Rusia.

La panorámica sirve para revisitar las perpetuas pendencias intestinas del PCE y la negrura de corazón de Dolores Ibárruri, implacable verdugo de los comunistas hispanos exiliados, en cuyas vidas se cebó sin piedad a fin de que los amos soviéticos revalidaran año tras año su posición y estatus privilegiados, y alcanza hasta los escritos de Montserrat Roig -llegada al país en las postrimerías de la URSS, cuando Ramón Mendoza, era acusado con recurrencia de ser agente del KGB a cuento de sus negocios con el Este- o el recentísimo de Daniel Utrilla, corresponsal allí de El Mundo. Y habría encajado muy bien en la miscelánea Julián Lago, presentador de La máquina de la verdad y autor en 1981 de Bajo el volcán de Moscú.

Evoca asimismo Navarra a la infortunada Sofía Casanova, corresponsal de ABC en San Petersburgo en los últimos tiempos del Zar, enfermera durante la I Gran Guerra, testigo de la Revolución y notable escritora que no pudo luego escapar de la Polonia sometida por Stalin. En los años 50 logró hacer llegar una nota de socorro a su antiguo periódico, sin que tengamos noticia de ninguna gestión concreta para intentar su rescate. Y aparecen otros bustos ibéricos –pocos, pero interesantes- recalados en Rusia antes de 1917, como Juan Van Halen, quien luchó con el ejército ruso contra los tártaros y volvió a España al saber del alzamiento de Riego. A él se suman Gómez Carrillo, Agustín de Betancourt -Ministro de Obras Públicas del Zar allá por 1820- y el periodista Luis Morote, que visitó a Tólstoi y entrevistó a Gorki y a Merezhkovski. Y, claro, Juan Valera, secretario de la legación petersburguesa siendo embajador el Duque de Osuna y enamorado de la misma mujer que su superior.

¿Y hoy? La verdad es que nos llega poco cine ruso y no demasiada novela. Curiosamente, estábamos más al día en ese sentido con Franco, cuando no existían relaciones diplomáticas formales entre El Pardo y el Kremlin. Además, desde el colapso del comunismo, el viaje para escenificar el besamanos debido a los camaradas moscovitas y aceptar el encargo de escribir un libro de viajes muy bien remunerado cotiza menos que a la baja, toda vez que aquellos periplos de intelectuales y demás eran -lo mismo que los exilios- sufragados por las arcas del Komintern.

Lo que ahora sí hay en España es mucho vociferante alertando sobre la amenaza roja supuestamente encarnada por un partido cosechador aquí de algún éxito electoral, sin caer en que sus líderes no son comunistas más que en sueños. Quisieran haberlo sido, eso sí. Darían un dedo por haber nacido en 1900 y asesinado gente a mansalva durante la Revolución Rusa, la guerra civil española o la construcción de las democracias populares del Este. Pero el comunismo se hundió, y – como dan fe los testimonios recuperados en El espejo blanco- tras dejar probadas de sobra su inviabilidad y maldad intrínsecas, así que a los políticos emergentes no les es ya posible ir a Moscú. Sí a Cuba o Venezuela, pero es un viaje de romas perspectivas, pues ¿qué podrían sacar? ¿Seis mil euros? ¿Llegar a ser unos Willy Toledo? No merece la pena, estamos de acuerdo. ¿Corea? Ni de coña, además de que ya hay allí un camarada español free lance manejando la pasta. En cuanto a Pekín, no concede ni cinco minutos a freaks. Sólo les queda, pues, el cultivo de la verborrea nihilista, por descontado que puesta al servicio del capitalismo, que es del que viven.

Además, ¿para qué necesitaría hoy un hipotético comunista español viajar a Moscú? España lleva tiempo enrojeciéndose a marchas forzadas en bastantes aspectos. Las tiendas van cerrando a medida que, para fortalecer el consumo quinquenal, proliferan los Todo a Cien, versión actualizada del economato. En Madrid, sales de tu casa de madrugada y encuentras las calles desiertas. No pasa un taxi, lo que torna inevitable pensar en la precisión de Andreu Navarra de que, en 1937, sólo había en Moscú seis vehículos con esa función. Si se piensa en Madrid a esa misma hora, pero hace veinte años, se diría que uno ha sido pasaportado al Berlín Oriental de tiempos de Honecker y que Rajoy ha conseguido que un ejecutivo de derechas gobierne un país comunista… Todo esto, en efecto, es mérito suyo, de Aznar y de Zapatero. De hecho, Yeltsin –que estaba acabando de desmantelar la URSS y en uno de esos alardes de clarividencia tan frecuentes en la Santa Rusia- no recibió a Aznar cuando éste se desplazó hasta Moscú, sin duda que por olerse ya que era un rojo de tomo y lomo.

Estoy planeando pedir a Putin la nacionalidad, como Depardieu y Steven Seagal, y algo escribiré allí, se supone. Sé que ya no llego a tiempo de figurar en El espejo blanco de Navarra, pero… ¡No se puede tener todo!

Foto: José Luis Chaín

 

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