Cultura Transversal

El Arte, desenterrado

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 10 diciembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – ¿Existió esto? Una Rumanía rural en la que el padre de familia suele dormir en el granero para no engendrar demasiados hijos, el sobrino lee en alto al tío libros de texto, los campesinos lanzan diatribas bíblicas contra la envidia y se celebra la Resurrección de Cristo con furiosas hogueras y tiros de escopeta al aire. ¡Magnífico mundo! ¡Claro que debió existir! ¿Por qué, si no, soñamos a veces con sus fogatas y nieblas? La de El tío Anghel es además una antigua historia, la de que el hombre propone y Dios dispone, la del individuo recio y de manos rugosas golpeado por toda clase de tribulaciones que, pese a los embates recibidos, escupe desafiante al destino hasta que, un día, decide enterrar los iconos bajo tierra, pues han llegado los tiempos en que, por culpa de los hombres, Dios ya no hace milagros. ¡Se acabó! “Cuando llegó a su casa”, leemos, “descolgó de la pared el icono, adornado con albahaca, de la Virgen María con Jesús en brazos, así como los retratos del rey, de la reina y del príncipe heredero; cogió una pala, cavó un hoyo en el huerto, los metió y los cubrió de tierra. Después se encerró en la taberna y se entregó en cuerpo y alma al aguardiente. Desde aquel día, y durante un año, nadie supo si había alguien o si el negocio estaba vacío”.

El tono narrador de Panait Istrati -musical, ritmado como lo es la buena prosa y meloso pese a ser su autor hombre baqueteado por severos infortunios- recuerda, en compases y colorido y en sus aromas a tabaco turco y café macedonio, al del Isaac Bashevis Singer de Satán en Goray. Y al protagonista de la novela -editada por Pre-Textos en tándem con otra, por lo que el título completo es Kyra Kyralina y El tío Anghel– lo encuentro -en su furor enduendado, catilinario y como de sibila masculina- extraordinariamente afín al Bradomín y al Juan Manuel de Montenegro de Los cruzados de la causa de Valle Inclán, lo que quizá invite a tender puentes entre la introspección reconcentrada del campesino balcánico y la versión céltica del carlismo, sobre todo en la segunda parte, donde la novela da una vuelta de campana que transforma el dramón rural en historia de aventuras, de impostores que compiten con los clérigos en la venta de falsas reliquias y pugna de bandoleros contra voivodas, aunque sin monjas que, como las de Valle, duerman sobre fusiles.

¿Y cuando llega el momento en que…? Sí, cuando el tío Anghel, casi moribundo, dice cosas como que el corazón es “una patata que lleva en su interior la eternidad, que es golpeada por el movimiento eterno desde el momento en que conoce el calor del vientre femenino”… ¡La patata! Al leer esto, me entra un sudor frío y he de detener durante media hora o más la lectura, porque esto yo ya lo he escuchado antes, y de viva voz, en otra parte. En fin, cosas mías…

Panait Istrati (Braila, 1884 – Bucarest, 1935) jugó en su momento a revolucionario profesional y viajó en 1927 a la URSS. A su regreso, contó lo que había visto, es decir, la verdad muchos años al cabo expresada, por ejemplo, en su Cosas que pasan (Siruela) por Luis Goytisolo de que “el estalinismo no era una aberración del marxismo-leninismo, sino su consecuencia lógica” y, por ello, el modelo supuestamente defectuoso se había reproducido tal cual, desde Alemania hasta Mongolia, en todos los Estados marxistas. Decir la verdad costó muy caro a Istrati, pues la intelectualidad europea, entonces mayormente pesebrera de Moscú y que poco antes, más o menos por orden de Gorki, le había aplaudido y apoyado, le volvió la espalda. Como hasta la fecha había publicado sus escritos fundamentalmente en revistas y editoriales izquierdistas, murió en la miseria en 1935.

Yo no había tenido antes ocasión de disfrutar de su talento de narrador y mi impresión es que apenas ha sido traducido al castellano. Su rescate del olvido por Pre-Textos gracias a la publicación de estas dos novelas en su colección de clásicos constituye buena prueba de que nunca lograrán las ideologías, por más furiosamente que en ello se empeñen, enterrar al Arte. Podrán acaso matarnos de hambre, que también eso está por ver… Pero, al final, serán ellos quienes ardan en el infierno.

Foto: José Luis Chaín

 

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