Cultura Transversal

Las brujas de Salem

Posted in Autores, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 17 diciembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – La primera vez que viajé a Boston, en un tiempo en que a lo largo y ancho de los inmensos Estados Unidos sonaban a todas horas Beyoncé y Norah Jones, recuerdo haberme quedado un tanto atónito al encontrarme allí, al torcer una esquina, ante la estatua alzada en recuerdo de una de las mujeres quemadas por brujería a finales del XVII en Salem. Y que mi impresión fue la de que, al erigirla, se habría buscado no tanto homenajear a una inocente víctima de falsos testimonios o inquinas vecinales y judiciales como conceder carta de legitimidad, si bien de modo un tanto soterrado, a la brujería que la condujo a ella y a otras al banquillo y, a veces, al patíbulo.

En el ensayo que acaba de publicar con Alba Editorial –El libro de las brujas. Casos de brujería en Inglaterra y en las colonias norteamericanas (1582-1813)- Catherine Howe, descendiente de tres brujas enjuiciadas en 1692 en Salem y, por tanto, protagonistas futuras del drama de Arthur Miller, afirma no comprender cómo los colonos de Boston y alrededores podían en aquel entonces creer aún en las brujas. Lo raro hubiera sido, en mi opinión, que no creyeran, pues conocían perfectamente en qué consistían la brujería y sus efectos, que configuraban fuerzas y situaciones harto patentes en el medio cultural y social de entonces. Los hijos de los colonos de Plymouth creían en las brujas y no en los aviones por conocer a las primeras y desconocer los segundos, es decir, por la misma razón -sólo que a la inversa- por la que el occidental de hoy no cree en brujas y sí en aviones sólo porque no conoce a las primeras (o ha sido convencido de que éstas son -como los demonios- entrañables amigas del género humano).

El ambiente –integrado por cuáqueros, hugonotes y demás seguidores de distintas herejías y divisiones sectarias del cristianismo- no era, además, o eso intuyo, el mejor para descartar lecturas e interpretaciones paranormales de lo que, a veces, tal vez fuera simplemente grotesco. De hecho, leyendo este libro tiende uno a creer que no sólo estaban endemoniados los reos, sino también sus acusadores y jueces, porque, por el tono de preguntas y respuestas, la transcripción de las actas recuerda en ocasiones más a una velada espiritista que a un interrogatorio judicial. No se sabe si se está leyendo una confrontación probatoria de hechos constatados o las preguntas formuladas a un “espíritu” por un magistrado jugando a la ouija. Ya lo dijo Nietzsche: “La herejía es la contraposición de la brujería, pero tampoco tiene nada de inocente ni casi de venerable. Los herejes y los brujos fueron dos clases de hombres malos”

El caso es que a aquella gente le sucedían cosas harto raras. Una niña iba por el bosque, una vecina la invitaba a irse a vivir con ella y, ante su negativa, propinaba a la infeliz una paliza antes de convertirse en perro y, acto seguido, en gato. A más de una le fue descubierta en el seno –o eso se declaró- la famosa y esclarecedora teta de bruja. Los lugareños se pasmaban ante la evidencia de que sus bestias de labranza les dirigían la palabra como si humanas fueran. Las cosechas se malograban y el ganado moría debido a las maldiciones lanzadas contra sus dueños por tal o cual campesino celoso de la prosperidad o felicidad de sus dueños. Y, en lugares como Salem, Cambridge o Hampton, algún vecino veía muy a menudo materializarse ante él, en el salón de su casa, a un oso o un toro dotados del habla y a los que sus acompañantes, pese a no poder verlos y fiándose de su aseveración, se liaban a propinar garrotazos que no se topaban más que con aire. La impresión que se saca de la lectura de este libro es la de que por el Massachussets y el Connecticut de la época proliferaban los practicantes de maniobras brujeriles muy degradadas y degradantes, pero también la de que a quienes denunciaban o juzgaban aquellos tejemanejes nocturnos les faltaba, por lo general y como mínimo, un hervor.

No suelo prestar atención a los debates políticos, pero hace no tanto vi un poquito de uno en televisión entre el caudillo de Podemos y el de Ciudadanos y la lectura de estos interrogatorios brujeriles, en los que las figuras del poseso y el inquisidor se confunden en una sola, me lo ha recordado. Así que quién sabe si al libro -que recomendamos- no le serán atribuibles más concomitancias con la rabiosa actualidad de lo que a priori cabría presumir. ¡Lean y juzguen ustedes mismos!

Foto: José Luis Chaín

 

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