Cultura Transversal

Navidad apache

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 24 diciembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – Bajo la forma de Madelman o figuras de Comansi en mi infancia y encarnados ahora en Clicks de Famóbil, los apaches siempre vuelven al sendero de la guerra por Navidad. A unas Pascuas sin guerreros de Gerónimo o Cochise atacando fuertes… como que les falta algo, así que estas son excelentes fechas para reencontrarnos con el chiricaua literario de nuestros tiernos años. En los relatos de Elmore Leonard, de los que constituyen excelente ejemplo los incorporados a El tren de las 3:10 a Yuma, publicado en su colección Frontera por la agencia india en que se ha convertido Valdemar, se nos recuerda que los apaches son una raza derrotada que, gracias a su enorme resistencia física, astucia, habilidad para mimetizarse con el terreno, coraje y contacto con lo sobrenatural, sobrevive mal que bien en un territorio árido, ya en la paz impuesta de la malnutrición y el mescal, ya en partidas guerrilleras que atacan, golpean y se esfuman a la velocidad del rayo. Y, en uno u otro caso, sin dejar de tener bien presente quién es el culpable de que sus hijos hayan de vivir acosados o encerrados como animales domésticos: el hombre blanco, para quien los actos de los apaches -lo mismo los crueles que los heroicos o los denotadores de magnanimidad o amor- se aparecen simplemente como incomprensibles y carentes de sentido por la simple razón de que no se ha tomado la menor molestia en conocer su visión del mundo.

En estos cuentos, en los que se barrunta ya la futura dedicación de Leonard al género policíaco, aparecen apaches languidecientes en la ranchería, vigilados por los soldados que cada día los cuentan uno a uno para saber si alguno se ha fugado y sopesando si no debieran volver a empuñar las armas (Pondichey). Apaches enrolados por la caballería como guías, exploradores y perros de presa (Cima Quaine). Apaches justicieros, hartos de los blancos metomentodo y asesinos por deporte (Delgadito)…

Y en estas Fiestas en que con tantos solaces honramos a nuestro estómago no está de más tener presente que los apaches debieron ser, además, talentosos nutricionistas, pues, como recuerda T. V. Olsen en La luna del cazador, un guerrero apache cabalgaba su caballo hasta matarlo en un breve período de tiempo y, entonces, equipado sólo con un poco de agua rancia dentro de un tosco recipiente hecho con las tripas del animal, continuaba a la carrera durante increíbles períodos de tiempo. Y era capaz de cubrir una mayor distancia en un día que un jinete a caballo a paso moderado” . Ya nos dice Sánchez Dragó en su tratado dietético Shangri-La (Planeta) que no hay mejor, más sano ni más auténtico steak-tartar que el de los mongoles del Medioevo, elaborado con la carne que colocaban bajo la silla de montar y que, sometida a la presión del jinete, iba ablandándose durante semanas aliñada con el sudor del corcel. ¡Manjar de dioses! ¡Qué grandes gastrónomos fueron los jinetes de Chingis Khan y Mangas Coloradas!

La luna del cazador ha sido publicada por Valdemar en un mismo volumen con otra novela de Olsen: Soldado azul, también llevada al cine. Siempre es tan oportuna la revisión de Soldado azul como la de Pequeño Gran Hombre de Arthur Penn, donde el abuelo cheyenne de Dustin Hoffman desgrana perlas de sabiduría tan lúcidas como el recuerdo de que: “El número de hombres blancos no tiene fin. En cambio, los Seres Humanos siempre hemos sido pocos”… Quienes se autodenominaban Seres Humanos eran los cheyennes, no los apaches, pero nos entendemos.

Quien guste de regalar o regalarse por Reyes literatura sobre pieles rojas cuenta, en fin, en el catálogo de Valdemar con bastantes opciones. Ahí está también Un tronar de tambores, de James Warner Bellah, guionista de Hollywood y militar que sirvió en la I Gran Guerra y, luego, en Birmania con Lord Mountbatten. Valdemar agrega a esta novela suya -de la que salió en 1961 el guión de Fort Comanche– los relatos sobre los que basó John Ford su memorable película La legión invencible, es decir, que aquí hay apaches y también comanches. Como recuerda uno de los oficiales cuyo sudor se agría en la silla de montar tras días y días de perseguir bajo un sol de castigo a los indios hostiles, los segundos no gustaban de violar a las mujeres blancas. La visión de los pieles rojas sostenida en los relatos de Warner Bellah es más o menos la de uno de sus protagonistas, el capitán Maddocks, para quien el indio es “un animal salvaje y nocivo” con “una capacidad de raciocinio sólo ligeramente superior al instinto” y que “no pueden mantener una conversación abstracta. No pueden intercambiar ideas entre ellos, sólo hechos”. Es una bonita manera de justificar el incumplimiento sistemático de tratados de paz, insistente práctica gracias a la cual el hombre blanco ocupa hoy todo el territorio que conocemos hoy como los Estados Unidos de América. Un tronar de tambores, además de recrear la épica de la caballería americana, resulta también una lectura de lo más ilustrativa a propósito de cómo los blancos se hacen la picha un lío en pendencias sentimentales que harían partirse de risa a cualquier Ser Humano.

Y encontramos en sus páginas un consejo muy útil para cuando nos sintamos perdidos y confusos en campo abierto o apabullados por las estridencias de la gran ciudad. ¿Bajas la vista al suelo y ves un excremento en el que se reconocen restos de pepitas de girasol y estramonio? No cabe duda de que te encuentras ante la boñiga de un caballo comanche. ¿Te siguen una partida de guerra comanche? ¿Les sigues tú a ellos? En cualquier caso, ¡mucho ojo antes de cruzar un paso de cebra! No está la vida para morir de un flechazo…

Foto: José Luis Chaín

 

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