Cultura Transversal

Suena el móvil

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 31 diciembre, 2016

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – En la portada, una mujer art decó con el fular oriflamado por el viento agita la mano desde tierra, en el aeródromo, para saludar al aeroplano de una sola hélice que en ese momento y a no demasiada altura lo sobrevuela. Cerca de ella, un piloto con las gafas alzadas y embutido en un mono blanco que le convierte en un dandy la observa mientras una pareja joven y guapa -trajeado él, parece que con un kimono ella- se apresta a subir a otro aparato que, con el aviador a los mandos, ha de llevarlos pronto a su destino. ¿O son alumnos de una escuela de vuelo? ¿No estarán esperando a recibir una clase del apuesto piloto? No, el avión no es un biplaza ni un triplaza, lleva la carlinga acondicionada para recibir pasajeros, si bien a muy pocos, como era habitual en la década de 1930, tiempo en que transcurre la intriga de Muerte de un aviador, una de las siete novelas detectivescas que escribiera Christopher St. John Sprigg y que ahora publica Siruela en su serie de clásicos policíacos.

La chica de la portada está en realidad no saludando al piloto, sino diciendo adiós a una época, porque la aviación de entonces era un deporte, un juego, una aventura. Salvo si te derribaba el enemigo en una guerra, una torta en avión era en aquellos años casi como una torta en bici. El autor se llevó la suya en 1937 y en el primer día de la Batalla del Jarama, si bien no a los mandos de un avión, sino mientras manejaba una ametralladora en el frente al que había sido asignado con otros contingentes de las Brigadas Internacionales llegados a España impelidos, como él, por su fe en el marxismo.

Muerte de un aviador, donde se trata de averiguar las verdaderas circunstancias que rodean el fallecimiento de uno de los instructores del Aeroclub Baston y en la que recibimos una tortuosa e indescifrable lección acerca de en qué consiste el rigor mortis, cuenta como protagonistas con un agente de Scotland Yard, otro de la Sûreté de París y el entonces Obispo de Cootamundra, ciudad en verdad que poco célebre emplazada allá por las antípodas del mundo. Es una novela elegante y muy inglesa, presidida por un tan implacable como esmerado cultivo de la lógica y en la que todos cuantos en ella aparecen, así buenos como villanos, hacen gala de una educación y unos modales exquisitos. Hasta el mundo del narcotráfico destilaba, en aquel entonces, una inocencia casi inmaculada.

Decíamos, sí, que de quien se despide la chica no es del piloto, sino de un espíritu y un ánimo con que afrontar el despegue -esnobismo y alegría juvenil, ante todo- que se fue para siempre, como asimismo pasó a la historia la novela policíaca con clase. En el género, hoy no sólo predomina el tuteo, sino que, lejos de volarse alto, preténdese estabilizar como menú habitual y cool la ensalada de pederastia con incesto. Hay cosas que debería uno poder hacer volatilizarse con, simplemente, chasquear dos dedos.

Hace no tantos años, los aviones que penetraban en el espacio aéreo del Triángulo de las Bermudas se esfumaban sin dejar rastro. Hoy, los vuelos desaparecen de los radares en cualquier parte del mundo, nadie vuelve a saber de la nave ni de su tripulación ni de los pasajeros y, sin embargo, de vez en cuando, se descubre que el celular de alguno de ellos continúa operativo y hasta que hace poco fue utilizado por alguien. ¿Dónde está toda esa gente? ¿A qué destino inesperado fue transportada por la compañía aérea?

En el mundo editorial -y no sólo en su rama policíaca- la cosa, en fin, no pinta muy bien. Uno se pregunta a veces sobre qué bases se autoriza a despegar o aterrizar a tanto desaprensivo. Pero nos salva gente como Sprigg, cuyo móvil -¿quién iba a decirlo?- vuelve inopinadamente a sonar después de tantos años de olvido.

No tengan miedo, no es un acreedor ni un banco. Contesten.

Foto: José Luis Chaín

 

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