Cultura Transversal

Los escudos de Marte

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 7 enero, 2017

"JOAQUÍN

por Joaquín Albaicín – El Colegio de los Salios era en la antigua Roma el encargado de la custodia de doce misteriosos escudos de bronce que eran mostrados al pueblo sólo una vez al año. Nada más uno era de origen extraterreno: había caído del cielo en el érase que se era, enviado por el propio dios de la guerra para prevenir a Roma cuando una amenaza bélica se aproximara. El escudo tenía, en ese trance, el poder de moverse por sí solo, lo que servía de advertencia a los hijos de la Loba, y el Rey Numa ordenó en su día la elaboración de otros once idénticos a él, que los sacerdotes de Marte debían guardar en el mismo lugar para que la identificación del verdadero no resultara sencilla a un eventual ladrón.

En esta tradición romana tiene su punto de arranque Los escudos de Marte, un cómic de Gilles Chaillet y Christian Gine publicado por Yermo que, ambientado en los días del reinado de Trajano, nos lleva de viaje hasta una guarnición fronteriza con Partia y separada sólo por un puente de Apamea, ciudad natal de Numenio, de cuyas enseñanzas sobre astrología echó mano René Guenon para comentar los secretos solsticiales, así como hasta la Antioquía donde predicara Pablo y -panoplia contra tridente, reciario contra scissor, zancada al frente, brazo y pierna izquierda adelantados- se entrenan aquí los gladiadores.

Aparte de los valores artísticos –dibujo, colorido, pulso narrativo- que como historieta atesora y de una reconstrucción fidedigna del mundo romano que le debe ser aplaudida, Los escudos de Marte presenta una trama que, como nada hay nuevo bajo el sol, nos sirve de alerta hogaño ante las absurdas ilusiones que, respecto de los políticos imperiales o locales, pudiera aún hacerse alguien. Porque, como pone de manifiesto por boca de uno de sus personajes John Le Carré, la regla número uno en la política es que nada, absolutamente nada es lo que parece. Y tampoco lo es en este cómic protagonizado por un veterano oficial de las legiones -Charax- y un Adriano que, futuro personaje de Yourcenar, todavía sólo ostenta el cargo de pretor.

Contra lo que pudiera presumirse, los estadistas contemporáneos no son menos supersticiosos que Charax: siguen siendo muy romanos y de ningún modo han prescindido del recurso a los augures. Brezhnev era adicto a la profetisa Druzhna y el matrimonio Clinton celebraba por Navidad, en la Casa Blanca, sesiones de espiritismo para departir con los “espíritus” de Eleanor Roosevelt y Gandhi. El caso más curioso es el que atañe a Franco, expuesto en uno de sus libros por José María Sánchez de Toca. Parece ser que el Generalísimo era visitado en su despacho por Ramona La Catalana, señora que experimentaba éxtasis místicos y le transmitía mensajes del Cielo, cosa que, para no poder ser acusada de favoritismo, también había hecho durante la guerra con Prieto y Negrín, a quienes reconvirtió al cristianismo (algo de lo que no creo que se tenga ninguna noticia). Ramona estaba en su pueblo y se trasladaba a ver a Franco por bilocación, es decir: permanecía en la cocina del convento sin enterarse de nada y, entretanto, un ángel que adoptaba su forma humana comparecía ante el general ferrolano. Por eso, a veces, al rato de haber llegado Ramona, pasaba un ayudante sin llamar al gabinete y encontraba a Franco solo y rezando de rodillas. Se dice que un día éste puso un coche a disposición de Ramona para llevarla a Madrid, pero al poco regresó el conductor diciendo que ésta se había esfumado de repente, como por arte de magia, del asiento trasero del auto (según una versión, al llegar a la Plaza de España). Lo más desconcertante del asunto es que, al parecer, en una ocasión Franco le pidió:

-Ramona, por favor, transmíteme las órdenes de Dios en castellano, que a veces no te entiendo bien.

Y ella respondió que no podía, pues sólo hablaba catalán… La existencia de esta mujer -no así sus apariciones a Franco- está documentada, como lo está que, quienes la conocían, decían -y ella lo corroboraba- que a veces era poseída por diablos. Así que me pregunto a quién obedecía cuando, supuestamente, visitaba El Pardo: si a Dios, o al otro…

Yo creo que, en general, los políticos obedecen por norma al otro, así que, tratándose de alguien como Franco, tan católico y que pensaba estar haciendo el bien, no sería raro que el otro le hubiera mandado una aparición catalanoparlante a fin de que los inevitables malentendidos a la hora de comunicarse le abocaran a tomar inconscientemente decisiones erróneas. A día de hoy, se sabe que Pujol tiene una bruja, pero ignoro si habla en catalán, como Ramona, o si le han mandado una que sólo habla con fluidez en castellano y de ahí procedan sus presentes cuitas.

Me parecen mucho más fiables los oráculos de los antiguos romanos, para empezar porque sólo profetizaban o advertían en latín, que era lo lógico. Imaginen si, en Roma, los augures se hubieran puesto a transmitir las órdenes de Júpiter en catalán… Charax, protagonista de este cómic hubiera montado en cólera y echado mano de inmediato a la espada corta. De hecho, Los escudos de Marte nos ilustra muy bien, decía, sobre los dobles propósitos y recovecos ocultos del poder. “Hubo un tiempo en el que los dioses se mezclaban con los humanos, o al menos así lo creían”, dice Didier Convard en el prólogo: “Marte decidía el destino tanto de plebeyos como de reyes. Parece ser que disfrutaba colocando a sus peones aquí o allá, haciendo del azar una fatalidad”. En Los escudos de Marte los peones de éste son, claro, como en la vida misma, los reyes de este mundo, que poco en común guardan con Melchor, Gaspar y Baltasar. Y los malentendidos, más que de orden idiomático, proceden de las trampas, dobles forros y frías traiciones de la política, que tienen mucha miga: basta pensar en la muerte de los dos Kennedy, la planificación de las invasiones de Afghanistán e Iraq, la cadena de supuestos terroristas pretendidamente abatidos a lo largo y ancho de Europa o el alud de mentiras que nos es servido a diario a cuenta del choque de espadas y escudos que no cesa de sonar en Siria, maquiavélicas maniobras a las que nada tienen que envidiar las urdidas en vivos colores por Adriano en connivencia con la corte parta y a espaldas de Charax, quedándonos claro que la lascivia de Sabina, desatendida esposa del futuro regente del mundo, tan bien plasmada aquí, es mucho más sana que la erótica del poder o, al menos, causa de muchas menos muertes y humillaciones gratuitas que esta. Y por descontado que ningún político o militar de hoy podría ser dibujado la elegancia con que, en la novela gráfica que acabamos de leer, son retratados y dotados de vida los del tiempo en que la Guerra aún era una deidad a la que se rendía culto formal, y no clandestino.

Foto: José Luis Chaín

 

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