Cultura Transversal

A la caza

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 21 enero, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Entre los estratos nobiliarios o acomodados protagonistas de las novelas de Agatha Christie, el asesinato constituía una rareza, pero mucho más atípico aún era el crimen de carácter sádico y psicopático, propio en general del lumpen, de clases obnubiladas por el alcohol, la ignorancia y la miseria. Ese tipo de delito tan salido de tono se daba poco, en efecto, antes del nacimiento de los suburbios urbanos alumbrados por la Ilustración y, en especial, por su hija la Revolución Industrial. Ya en los días de éxito de la autora de Diez negritos, la gente educada que quería matar a alguien recurría con la máxima sofisticación posible al veneno o la pistola. Algo antes, el crimen quedaba la mayor parte de las veces fuera de lugar, por cuanto, para dirimir rivalidades y limpiar ofensas, existía el duelo. Otras veces, se mandaba por un módico precio a tres o cuatro mosqueteros retirados o expulsados del cuerpo a batirse en la calle y de noche con la víctima elegida, que a menudo vendía cara su piel.

Pero eso de que gente más o menos leída y aposentada sobre una vida de confort burgués se dedicara a secuestrar niños, violarlos, prostituirlos, torturarlos y descuartizarlos es de ahora, como lo es el alcanzar precisamente gracias a ello la antedicha posición acomodada, tal que acontece al villano de Como una extraña, de Rachel Abbott, que ha publicado Siruela. La novela policíaca refleja como pocos géneros la sociedad de su tiempo y en la de hoy, por desgracia, esto es lo que hay. Mucha gente de identidad sexual difusa y obnubilada por turbias fantasías, mucho pederasta, mucho obseso de la blasfemia, mucha gente para quien traer hijos al mundo supone una apuesta por el onanismo en familia…

Si algo me queda claro de la lectura de la novela es que jamás me conduciría como los personajes lo hacen en las circunstancias que les toca afrontar. Por ejemplo, eso de que a un señor de economía saneada le caiga en suerte una herencia familiar millonaria y sólo piense en a qué ONG va a donarla… ¡Hace falta ser torpe! O lo de que un padre permita que su hijo de pocos meses sea sostenido en brazos o se quede solo con una psicópata porque también la gente de tal condición tiene derecho a experimentar sentimientos de ternura… Claro que, a medida que se avanza en la lectura, que cuesta dejar debido a la habilidad como urdidora de Abbott, bien dotada para el ensamblaje de escenas y la distribución sostenida de la tensión narrativa, uno va descubriendo la existencia de motivos ocultos y poco confesables para tan mema vivencia de lo políticamente correcto hasta, por fin, asomar el plumero de que también en la literatura, lo mismo que en la vida real, eso de la corrección política no deja de ser más que un negocio sucio de tantos.

Abbott nos destapa tan gran verdad con su pulido dominio de los recursos de la novela policíaca clásica y ambientando la acción en el Manchester -mejor dicho, en el campo próximo a Manchester- de nuestros días en un relato que, como suele suceder con gran parte de las obras del género, uno ha de leer ante todo para pasar unas horas sumido en grata tensión mientras se asoma a un retrato de las cloacas psíquicas y los fracasos éticos de la sociedad occidental actual. Es evidente que esa sociedad no acometió en su momento con la diligencia deseable la limpieza que debía, pues salta a la vista que los asesinos psicópatas de hoy no son sino los desechos individuales supervivientes de la debacle de lo que fue un experimento social a gran escala.

Y es que, en efecto, ya entrado el siglo XX, los totalitarismos de raíz plebeya jugaron a matar a placer intentando emular a los asesinos “científicos” del pasado, es decir, a los inteligentes, pero el hombre-masa confunde la inteligencia con la planificación y lo único que, claro, pudo salirle fue el asesinato de dimensiones y con criterio industriales, donde se pierden no sólo la elegancia y el ingenio, sino incluso el propio móvil, ya que, como explicara muy racionalmente Eichmann y tan asumido tenían los agentes de la policía secreta soviética, a partir de cierta fase y dejando aparte las sensaciones gratificantes de jugar a los médicos con niños, el asesinato pasa a ser cometido sólo por mera rutina.

Así pues, el asesino grillado de hoy, del que la pandilla basura de la novela de Abbott es encarnación social o egrégora y podría servir como arquetipo, desenmascarada ya la maldad intrínseca de su parque temático, no puede cazar a estas alturas más que presas sueltas, de una en una y espaciando mucho sus ratos de excitante automatismo.

Es muy triste y desolador que tales historias sean inspiradas a sus autores por el propio ritmo de la vida presente y la dudosa catadura de muchos de los “educadores” pululantes por ella. Habrá, por tanto, que atraparlos también de uno en uno y sin piedad. Espero que Rachel Abbott esté de acuerdo conmigo.

Foto: José Luis Chaín
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