Cultura Transversal

El dragón y el olvido

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 28 enero, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – A tenor de la tradición, el Rey Arturo no ha muerto, sino que descansa en Avalon, desde donde algún día retornará espoleando a su caballo de batalla para consumar la restauración de su Reino. Sin llegar a tanto como al anuncio de la vuelta avatárica del Rey del Grial, Kazuo Ishiguro logró en vísperas del nuevo año desperezar de un larguísimo sueño los ecos de sus gestas y reenhebrar los hilos que antaño dieron cuerpo a ya olvidadas urdimbres, volviendo a poner en pie un género ya apenas frecuentado: la novela artúrica. El gigante enterrado (Anagrama) viene, en efecto, a dar continuidad a la summa griálica coagulada en el Medioevo por -entre otros- Chrétien de Troyes, Malory y Von Eschenbach, en virtud fundamentalmente de su recreación con sensacional fidelidad del clima onírico por que aquellos romances se distinguían. Y es que los estudiosos de la literatura artúrica suelen todavía perderse en consideraciones historicistas y de orden erudito, sin reparar en que todo lo en ella relatado no acontece en rigor durante el tiempo y sobre una geografía ordinarios, sino en el territorio del sueño o, mejor dicho, de lo que se conoce como sueño lúcido.

A lo mejor Ishiguro lo ha logrado por ser japonés, no sé, pero es difícil que un autor occidental logre ese clima. No es lo mismo, por poner un ejemplo, leer la evocación de la batalla de Little Big Horn por uno de los soldados de Custer supervivientes que el relato de Alce Negro u otro oglala que tomó parte en ella. Mientras los primeros creían estar pegando tiros, los segundos eran conscientes de hallarse en el corazón de un sueño, galopando sobre la panza de un gigante narcotizado o un bisonte primordial.

Lo narrado bajo la forma de aventuras épicas, lances amorosos, astilladas lanzas o accidentados periplos en los relatos artúricos no conforma en verdad, decíamos, sino un paquete de experiencias de índole iniciática cuyo escenario se alza más en el dominio del sueño que en el de la vigilia. Lógicamente, el tono propio de aquellos romances ha caído en desuso al extinguirse los ritos iniciáticos que lo propiciaban y le daban sentido, y ha habido que esperar hasta esta irrupción de Ishiguro en el bosque para recordar que los ermitaños, damas solitarias, castillos, guerreros y compañeros de José de Arimatea con quien los caballeros en ellos se topan se encuentran, en realidad, inmersos en un viaje interior que, a su vez, el lector ha de acometer también si quiere enterarse de algo. Es por eso que, igual que al despertar a menudo nos cuesta recordar lo soñado, los personajes de El gigante enterrado viven sometidos a la influencia del aliento del dragón en su día encantado por Merlín, una niebla que hace que todos olviden acontecimientos y personas al poco tiempo de haberlos vivido o perdido de vista y encaren el afán de cada día siempre con el ánimo de un nuevo comienzo. Ishiguro no nos devuelve entre luces epifánicas a Arturo, pero nos desvela su herencia oculta, su pervivencia secreta en lo que fue su Reino.

Nos sumergimos, pues, en un curso de aventuras, pruebas y mensajes en clave surgidos ante el viajero en el reino del alma, es decir, en el otro lado del espejo, por así expresarlo, ese del que habla Pablo de Tarso en una de sus cartas a los corintios, y resulta obvio que Ishiguro ha sabido mirarse en uno de muy límpida y pulida superficie. Por descontado que su fábula contiene elementos que invitan a reflexiones sobre la esencia de la política y sobre ese arte de la falacia que a menudo sirve de sostén a la vida en común, algo que gustaba de recordarnos Elémire Zolla en sus reflexiones sobre la estrecha relación que liga al secreto con el ejercicio del poder. Estos asuntos ocupaban también su sitio, si bien secundario, en los romances griálicos y reaparecen aquí en el retrato de un Sir Gawain otoñal perseguidor de cara a la galería -pero guardián de hecho- de la vida del dragón, o en la desmemoria de Axl y Beatrice, apaciblemente atrapados en la amnesia a propósito de un secreto conyugal que no puede uno evitar sentir como acariciado por ecos de la historia adúltera de Lancelot y Ginebra.

En esta narración compleja, de tiempos y mundos superpuestos, lo que permite a Arturo vivir es haber sido olvidado. ¿Acaso, antes de venir al mundo, no bebemos todos agua del Leteo? La vida en esta Tierra es, en cierto sentido, desmemoria. Y es bueno percatarse de ello, pues quién sabe cuánto tiempo llevaríamos todos muertos si, de vez en cuando, los demás no se olvidaran un poco de nosotros.

Foto: José Luis Chaín

 

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