Cultura Transversal

Ciencia versus Religión: la visión india

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 4 febrero, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – La lectura de un voluminoso libro recién salido de imprenta me ha hecho retroceder con nostalgia bastantes años atrás en el tiempo. Viajaba en avión desde Benarés hacia Delhi, un vuelo que se suponía duraría poco más de una hora. Por razones que nadie me aclaró nunca, tres horas después seguíamos en el aire mientras el piloto se disponía a tomar tierra en Bhubaneswar, algo así como el quinto pino. Aguardamos bastante en la sala de espera antes de volver a surcar los aires ya retomado el rumbo, y estaba fumando cerca de la pista de aterrizaje, contemplando una maravillosa puesta de sol, cuando entablé larga y cordial charla con otro pasajero algo mayor que yo y que hablaba muy bien español, Avinash Chandra. Al llegar a Delhi intercambiamos nuestras direcciones y teléfonos, nos despedimos y no hemos vuelto a vernos, aunque habremos cruzado algún que otro correo de cortesía en el curso de los años.

Pero no cabe duda de que Avinash Chandra ha debido seguirme como lector, pues es el autor de ese libro publicado por José J. de Olañeta que acabo de recibir en mi buzón: El científico y el santo. Los límites de la ciencia y el testimonio de los sabios, en el que tengo el honor de que se refiera a un escrito mío y, además, el de ser citado en el índice onomástico como parte de una lista de “científicos, pensadores y santos”de diferentes épocas y lugares. Hasta la salida a la calle de esta obra, cuando mi nombre ha sido incorporado a las listas de esa clase adosadas a libros de temáticas menos específicas, Albaicín, Joaquín solía por lo general aparecer entre Alba, Cayetana y Alberti, Rafael, lo que se convendrá que es caminar más que bien posicionado alfabéticamente por la vida. Pero figurar -como figuro- en el índice del libro de Avinash Chandra entre el Sheykh Ahmad al-Alawi y San Alberto Magno, la verdad es que supera todas mis expectativas, en especial si se repara en que entre los pocos citados en la misma página se encuentran San Agustín de Hipona, Abulafia y Abraham, padre espiritual de judíos, cristianos y musulmanes. Como no soy científico, quiero pensar que Chandra me taxonomiza en el grupo de los pensadores tirando a santos.

No está la vida como para desaprovechar la ocasión de adquirir este libro, que conforma ante todo una sosegada, pero implacable reivindicación del sentido común frente a la vesánica chifladura que en los últimos doscientos años ha convertido el mundo, merced a la desatada expansión de la civilización occidental moderna, en una degollina perpetua acompañada de la tala de todos los bosques donde los blackwaters de la globalización han creído detectar la existencia de un bosque donde crecieran los Árboles de la Sabiduría. La fantasía darwinista y sus propagadores han sembrado en la mente de los occidentales la absurda creencia en que, como son los humanos más “evolucionados”, ostentan el derecho y el deber de imponer al mundo entero su rígida y endeble cosmovisión basada en el ateísmo práctico, el culto a la tecnología y la simiesca ficción antedicha, cuya autenticidad jamás ha sido probada por científico alguno y que no es en verdad más que un conjunto de maximalismos ideológicos reciclados para integrar los principios dogmáticos de una religión laica.

En efecto, teniendo en cuenta que las ciencias actuales no resultan sino de la fragmentación y degeneración de las antiguas ciencias tradicionales, ¿resulta lógico, como se pregunta Chandra, que se considere normal que las hipótesis científicas renuncien a fluir en armonía con la visión de las cosas sostenida siempre, desde que el mundo es mundo, por los más eminentes pensadores? Frente a la chusca polémica librada entre darwinistas y “creacionistas” (resultante esta última de la incomprensión y olvido por los propios cristianos de los fundamentos doctrinales de su propia tradición), son de gran interés y valor las precisiones por él señaladas acerca de la doctrina emanantista sobre el origen del mundo, subyacente a todas las doctrinas tradicionales, si bien de modo más explícito en el hinduismo y el taoísmo. Y son importantes sus reflexiones sobre cómo a las herramientas propias de la ciencia positiva se les escapa tanto el concepto como la esencia de la consciencia, que es eje del pensamiento metafísico indio.

Los meros hechos no significan nada aislados de su contexto, el cuerpo no se explica sin el alma que lo anima ni ésta sin el Espíritu que es su origen causal, lo cual esclarece Chandra de cabal modo con su precisión de que la circunstancia de que los niños no vean a la persona que maneja los hilos de los títeres no significa que ésta no exista. Otra buena apreciación es su subrayado del comentario de Gagarin en el sentido de que no había visto a Dios en el espacio exterior: C. S. Lewis, nos recuerda Chandra, “observó que esto era como si Hamlet fuera al ático de su castillo a buscar a Shakespeare”

En un mundo globalizado en el que incluso los occidentales que aún dicen sostener alguna clase de creencia religiosa viven fascinados por el culto a la tecnología, pues predomina una visión exclusivamente racionalista y cientifista de todo, es muy infrecuente que hasta quienes escriben sobre cuestiones de orden religioso o metafísico no lo hagan desde un eurocentrismo y una minimización de fuentes atroz. En efecto, y como observara Huxley: “La mayor parte de autores de libros sobre religión y metafísica, tanto europeos como americanos, escriben como si nadie hubiera pensado nunca sobre tales temas salvo los judíos, los griegos y los cristianos de la cuenca del Mediterráneo y la Europa Occidental”. En India, en cambio y como Chandra nos apunta, la tolerancia religiosa “se basó siempre en la creencia de que todas las religiones son verdaderas, al menos desde un cierto punto de vista, y de que las diferentes personas necesitan diferentes caminos espirituales”. Nada distinto del recordatorio por William Blake de que: “Las diferentes religiones de todas las naciones se derivan de la diferente recepción por cada nación del genio Poético, llamado en todas partes el Espíritu de Profecía. (…) Así como todos los hombres son semejantes (aunque infinitamente variados), así todas las religiones y todo lo que es similar tiene una única fuente”.

Platón, Guénon, Schuon, Lings, Eckhart, Coomaraswamy, Bernardo de Claravall, Jacob Boehme, Leonardo, William Law, Rajiv Malhotra, Plotino, Omar Khayyam, Shankaracharya… cuyas palabras son traídas aquí a colación, nos reafirmarán en ello. Ciertamente, el presente divorcio inamistoso entre ciencia y espiritualidad no podrá ser resuelto a menos que, como sugería Elémire Zolla, la primera deje de usurpar el papel de ama de la casa y acceda a regresar a su lugar de criada. El problema, claro, estriba en que, en el presente estado del mundo, los individuos supuestamente movidos por razones de espiritual índole suelen ser tan materialistas y obtusos de mente como los cientifistas, con lo que admito no saber qué ganaríamos en firme con la reinversión de los papeles, dejando de ser gobernados por los ulemas de la ciencia para pasar a convertirnos en súbditos de los ulemas de un cristianismo en poco distinto a una ONG o de un Islam cada día más parecido al mormonismo. Porque del darwinismo al “creacionismo” hay, ciertamente, muy poca distancia ontológica. Me temo que alguna catástrofe de gran magnitud vendrá a reducir a cenizas esta pseudo civilización antes de que el debate nos haya llevado a parte alguna.

Quizá entonces empiece a aclararse el panorama…

Foto: José Luis Chaín
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