Cultura Transversal

Miguel Hernández: de Argüelles a Sevilla

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Miguel Hernández, Poesía, Publicaciones by paginatransversal on 18 febrero, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Recordaba Miguel Hernández su primer encuentro en Madrid con Neruda –“él con polvo en la frente y en los talones de la India, yo con tierra de barbecho en las costuras de los pantalones”– como una efemérides estelar en su vida de escritor. Suelo tomar café en Casa Manolo, en Princesa, donde algo de aquella tierra y de aquel polvo se posaron, pues los dos paraban a veces allí con Luis Rosales, a quien a la vuelta de la esquina una placa recuerda sobre la fachada de la casa donde durante años residió. Muy cerca de Manolo está la Casa de las Flores, a la que miro siempre con curiosidad no tanto porque en ella viviera Neruda como porque, con posterioridad, también en ella estuvieron avecindadas tanto la segunda mujer de mi tío Miguel como quien ahora es la mía. En esa casa pasó y escribió muchas horas Miguel Hernández, como en la de María Zambrano, en la Plaza del Conde de Barajas, al final de Rodríguez San Pedro. Sospecho que apenas queda nada de la atmósfera respirada en el barrio por aquel entonces, pero algo de ese aura pasada puede ser recapturado gracias a la lectura de Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferris, lanzado por la Fundación José Manuel Lara coincidiendo con el LXXV aniversario de la desaparición del autor de El rayo que no cesa.

Se trata de un estudio biográfico serio, riguroso, prolijo en argumentos razonados y muy lejano a la verborrea y apasionamiento ideológicos frecuentes en las remembranzas hiladas a cuento de la vida de personajes polémicos y políticamente comprometidos, que suelen terminar cayéndosele a uno de las manos por el tono más hagiográfico que biográfico que a menudo las distingue. La obra desgrana con soltura el hilo que nos lleva desde los vínculos juveniles del poeta con el grupo no tanto falangista -tal se ha dicho- como ultracatólico liderado en Orihuela por Ramón Sijé hasta su pasional enredo con Maruja Mallo, sus movimientos en los círculos literarios madrileños de los días de la República, su amistad con Cossío, sus frustradas y frustrantes tentativas de estrenar El torero más valiente y otras obras o la gestación de su elegía a Ignacio Sánchez Mejías, en la que anhelaba: “Que en ese cuando, amigo,/ alguien diga por mí lo que yo digo/ por ti con voz serena que aparento:/ San Pedro, ¡abre! la puerta:/ abre los brazos, Dios, y ¡dale! asiento”

Para el lector, queda clara la antipatía que siempre despertó Hernández en Lorca, frialdad que sin duda obedecía a mucho más que los supuestos repeluses y ampollas finolis que a Federico le pudieran suscitar la llaneza y la cierta tosquedad pueblerinas de aquel, explicaciones que suenan más a piadosa justificación que a otra cosa. Las envidias entre escritores son de lo más mezquino que enfanga el universo artístico, mas lo cierto es que las de los poetas siempre me han parecido las más ridículas de todas. Odiarse y zancadillearse por alinearse o no en el culteranismo, la poesía rural o el preciosismo rubeniano me parece una de las cosas más condenadamente imbéciles a las que consagrar el tiempo, pero parece que verdaderos genios de la pluma se han dejado la piel en tan gilipollesco deporte. No hay más que recordar el asalto y saqueo de la casa de Juan Ramón Jiménez, después de la guerra civil, por otros escritores (uno de los cuales falleció hace no mucho, me parece que sin aclarar del todo su participación en tan infame pendencia poética)…

Despiertan interés, decíamos, los apuntes de Ferris acerca de Ramón Sijé, una personalidad atormentada, tal vez algo masoquista a la manera de los eremitas bizantinos y a cuyo entierro, no obstante, acudió -sin distinción de adherencias ideológicas- Orihuela entera. Por lo demás, del análisis por Ferris de los recuerdos de Alberti y María Teresa León acerca de la última vez que, justo al acabar la guerra, éstos vieron a Miguel Hernández, así como de los del entonces embajador de Chile, queda claro que en el Partido Comunista nunca consideraron al poeta más que como un compañero de viaje útil sólo en ciertas circunstancias y que, como no encajaba con el perfil de bovino pesebrero explotable por ellos para sus fines, tenían perfectamente previsto abandonarle a su suerte… Que fue lo que hicieron.

El otro día vi una imagen recientemente aparecida en un lote de fotos tomadas en su día por Guillermo Fernández Zúñiga. En ella aparece Miguel Hernández saliendo del edificio en que, en 1937, se celebraba en Valencia el Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura. Se le ve rodeado de militares y, en mangas de camisa y con una carpeta bajo el brazo, parece avanzar más desfilando que a paso normal. No en vano fue uno de los pocos escritores que sirvieron en primera línea de fuego. No podían decir lo mismo los que le dejaron atrás. En su postrer intento de huida, se cruzó con el mismísimo Franco en el patio de los Reales Alcázares de Sevilla, donde Romero Murube le tenía escondido. El general no le reconoció. Es probable que ni siquiera hubiera oído hablar de él.

El final se acercaba…

Foto: José Luis Chaín

 

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