Cultura Transversal

Cela y su “Mazurca”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 25 febrero, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Hace no mucho, leí en Tiempo un largo artículo -en propiedad, casi un ensayo: Lo que queda de Cela– en el que venía Luis Algorri a alzar la voz en protesta por que, llegados al centenario del autor de La colmena, su memoria -mientras apenas se habla de su obra- haya quedado reducida a efectos prácticos a una croniquilla de sucesos a cuento de malversaciones de fondos, querellas entre herederos y el polvo bajo la alfombra de una fundación inactiva y con las cuentas poco claras. Termina, por supuesto, Algorri reivindicando la auténtica herencia del finado: su pulso de escritor.

No le falta razón ni en una ni en otra observación, si bien procede recordar que, aún vivo el literato, éste era más noticia por haber tirado a la piscina a Jesús Mariñas que por la novela que tuviera entre manos, así como que su corpus novelístico y como articulista viene a ser un gigantesco patio de vecinos, el chascarrillo elevado a la enésima potencia. Buen ejemplo es este pasaje de su Mazurca para dos muertos, escrita sólo seis años antes de la recepción del galardón nórdico: “El aparejador Celso Varela se toma un vermú todas las mañanas en el café La Bilbaína, a veces también va al bar La Superiora, su relación con Marujita terminó hace ya tiempo, aunque dicen que después volvió con ella”… Ahí, en cuatro líneas, está entero el patio de vecinos. Y es sólo una comidilla de las miles y miles que, como apretadas en un vagón de ganado, integran su universo literario y que claramente anticipaban las de su universo familiar póstumo.

No obstante, hemos de coincidir tanto con Algorri en su artículo como con Agustín Fernández Mallo en el prólogo a la más reciente edición de esta novela (Ediciones del Viento, 2015) en el sentido de que Cela es mucho más: una voz, dice Mallo, “casi geológica”, la de una Galicia diríase que dadaísta, un adjetivo más que bien elegido, pues no hay más que constatar cómo el sacamantecas Romasanta, al que daban aquellos prontos que le convertían en hombre lobo, no es personaje que desentone demasiado de los gallegos “normales” con que convive en Mazurca… Pasa como con los mentores de ETA y del GAL, que se llevan a partir un piñón con los pijos y neopijos de las blackcards y los pelotazos. Al final, todo es maquillaje.

Y está luego el nutrido vademécum de advertencias con que jalonó Cela toda su obra, incluidas aquellas terceras de ABC, olvidadas del más insensato modo -las advertencias, no las terceras- por el hombre actual. Por ejemplo, esta incorporada también a Mazurca y recetada a propósito de tan legendaria planta como la mandrágora: “Si en la raíz de la mandrágora”, leemos, “se figuran las partes de la mujer, toda mujer que pase por su lado será amada por un enano barbilindo y con la pelambrera revuelta al que llaman Mandrágoro, que se alimenta de ortigas y de sémola y que habla sin abrir la boca”. ¡Ninguna puede decir que no fue avisada! Ahora… ¡Toma Mandrágoro!

Consejos y prescripciones facultativas aparte, esta y otras novelas de Cela son algo así como trasuntos de la guía de teléfonos, que no sé si aún existe, sólo que redactada en plan ameno y jugando con el ritmo de modo que se ofrezca al lector un colosal mosaico del museo de la guasa y la envidia cainita que es España, así como un despliegue de recursos léxicos tristemente recordatorio de lo mucho que, en la calle, se ha depauperado el habla cotidiana: ya sólo se habla bien en los pueblos, que era donde ponía Cela el oído. A la novela, además, le va bien el título, pues la mazurca es un estilo que se baila rapidito y, para zamparse esta cascada de chismes, es menester coger carrerilla. Pasa como con La Ilíada, que contiene casi una novela en cada frase.

Me pregunto si, en caso de atreverse con esta novela, la generación hoy aprendiendo a leer con ordenadores y navegando por internet entenderá algo. Gusto de pensar que, de no ser ese el caso, aún están sus integrantes a tiempo de enderezar el rumbo. Con la Mazurca de Cela, por ejemplo.

Foto: José Luis Chaín

 

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