Cultura Transversal

Espejos de cuento

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 11 marzo, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Hace ya muchos años -tenía yo tres o cuatro- me sucedió algo tan poco usual que merece una meditación. Tomaba el sol con mis padres y mi hermana en la playa de Acapulco cuando un golpe de mar alcanzó y se tragó a la Blancanieves y los siete enanitos de goma, diseñados por el juguetero a partir de los de la película de Disney, con que estaba entreteniéndome. No pude recuperar ninguno de los muñecos y me llevé un gran disgusto. Al día siguiente y para mi sorpresa, paseaba por la orilla del mar, más o menos a la altura donde la víspera hablaba con mis figuras sobre la arena, cuando las plácidas olas fueron a depositar justo a mis pies… ¡uno de los gnomos perdidos, el Mudito! Se convendrá en que resulta de lo más insólito que, desde sus insondables profundidades y su vasta inmensidad, el océano decidiera devolver el enanito precisamente en el justo lugar de la costa en que, en aquel momento, se encontraba el niño a quien horas antes se lo había arrebatado. Sentí entonces algo así como si la superficie marina fuera un espejo desde cuyo fondo el enanito hubiera decidido volver conmigo de un salto.

De hecho, el espejo juega un papel crucial en el cuento de Blancanieves de los hermanos Grimm, y por ello ha sido incluido por Andrés Ibáñez en la antología de relatos que, con tan fascinante objeto como protagonista, ha publicado Atalanta: A través del espejo. Al releerlo cuando mi infancia ha quedado ya atrás no he podido, claro, dejar de acordarme de aquello, ni tampoco de pensar en el enanito recuperado como el viajero que, en el Canto de la Perla, pasaje gnóstico de los Hechos de Tomás incorporado también a este volumen, parte a Egipto en busca de la marina joya antes de, para ataviarse con su vestidura de Luz, regresar a casa de su Padre.

En el prólogo, Ibáñez destaca con agudeza cómo los espejos más antiguos supervivientes a la devastación de los siglos y hallados por los arqueólogos no parecen -aunque sólo sea por los materiales en que fueron labrados- haber servido al propósito de reflejar imagen alguna. Ni Blancanieves ni la encantadora joven japonesa del relato de Juan Valera a cuya lectura somos invitados en este libro habrían podido ver su rostro reflejado sobre la superficie de un espejo asirio o romano. ¿Por eso, se pregunta Ibáñez, se maquillaban tanto las damas patricias? ¿Por la inseguridad que sobre su belleza les transmitían los espejos de la época?

Ignoro si las mujeres que pueblan el otro lado del espejo también se pintan los labios y sombrean los ojos, aunque me inclino a dar por sentado que sí. Igual que, tras conocer los comentarios de Ramana Maharshi relativos al universo onírico o el Tratado de la falsa atribución escrito en el siglo VII por Shankara, a uno le resulta imposible leer un relato cuyo argumento acontezca en el reino de los sueños con los mismos ojos que antes, pues ahora posee conciencia de que lo vivido durante el sueño es real, esa diferente percepción se hace extensiva a los espejos, por cuanto el estado de sueño con sueños y la planicie especular son reinos tangentes, colindantes, y a través de uno se puede llegar hasta el otro, y viceversa. Sus autores escribieron despiertos y, tal vez, ante una taza de café bien cargado estos relatos atalantinos sobre espejos, pero, en algún caso, tal vez inspirándose en un sueño.

Así… “¡Te he visto en sueños!”, dice el protagonista del cuento de E. T. A. Hoffman a la mujer de la que se enamora. Y, sabiéndose objeto de un hechizo, se refiere al “sueño en el que estamos tú y yo, tal y como muestra el espejo”… Claro que el infortunado se refleja en ese único espejo, no en el resto, indicativo claro de que se encuentra en riesgo de perder el alma. Tal es la razón de que los vampiros no se reflejen en ellos: perdida el alma, viven en las gándaras del pozo psíquico, privados de la capacidad de soñar y reducidos a simples figurantes en las pesadillas ajenas.

En estos relatos –de Poe, Borges, Lugones, Papini y otros- el espejo sirve de herramienta al nigromante, como soporte de un recuerdo, en calidad de tonificante anímico… O para que -como en el de Isaac Bashevis Singer- una mujer se contemple desnuda en él mientras, desde el otro lado, se deleita recorriendo sus formas con los ojos un íncubo allí atrapado. Pero también de oráculo, como da fe Fray Bernardino de Sahagún en su recuerdo de cómo Moctezuma supo del inminente adviento de hombres armados y a caballo –Cortés y los suyos- por haberlos visto en el espejo lucido en la cabeza por una extraña grulla examinada en nervioso silencio por sus augures.

Así que… ¡Cuidado con los espejos y sus desvanes! ¡Pueden enseñarnos lo que vale un peine!

Foto: José Luis Chaín

 

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