Cultura Transversal

El sabor de dos noches

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 30 marzo, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – En la lengua sánscrita, la palabra rasa significa tanto sabor como duende, y nos viene al pelo para calificar así, en conjunto, lo vivido durante el fin de semana en Casa Patas. El paladar para poder tanto destilar como apreciar el sabor artístico procede, como bien se sabe, de la buena maceración facilitada por la limpieza y los rigores de una herencia que, si bien a veces de modo imperceptible, se remonta muy atrás y, a menudo, a maestros desconocidos. Esto me resulta siempre de lo más palpable en la cabeza de Antonio Maya, con quien cenamos la primera de estas dos noches, cuyo magnífico cuadro colgado a la entrada del comedor tirios y troyanos siguen admirando y tras cuya afable sonrisa he creído siempre entrever la cólera justiciera de las llamadas deidades terribles del budismo tibetano.

Cerraban el ciclo Bota y Tacón nada menos que dos clásicos como Toni El Pelao y Uchi, pareja que no periclita debido a la magna autenticidad subyacente en sus modos bailaores. La elegancia y el certero y despacioso marcaje por alegrías de una Uchi ceñida por brillos esmeraldinos arrancó, tal que era de esperar, los olés y suscitó unánime aprobación, al igual que los fastuosos chalecos y el danzar suspirante de El Pelao por farruca y caña. A mi abuelo no le dio del todo suerte en la tarde de su alternativa el terno malva claro y azabache por él lucido, pero sí se la dio un año después cuando, de nuevo en él entallado, formó un lío en Madrid con un toro de Concha y Sierra. A Toni El Pelao, tal vez por mudar el azabache por la plata, sí le ha dado y a la primera.

Hablamos hace no mucho, a propósito del triunfo de esta pareja en el Conde Duque, de que el baile del Pelao nos había traído aromas de lo que debió ser el toreo del Cagancho crepuscular. Y no es una cuestión de edad, pues los procederes de Toni transpiraban ya hace treinta años este sabor añejo que Gades buscara en su persecución de la farruca del Gato. Hablamos de artistas que se desenvuelven sobre las tablas ayunos de prisas y ajenos al estrés, con natural y nada frecuente solemnidad y uno de cuyos desplantes o giros de muñeca sugieren y contienen infinitamente más matices que las carreras contrarreloj y los interminables repiques de tantos bailaores que lo fían todo a las facultades físicas. De ahí la atención general que de inmediato concentran sobre sus figuras apenas comparecen y el asombro y fascinación suscitados por lo que, en otros, sería apreciado como levedad ayuna de peso artístico. Pero aquí sí que hay peso. ¡Vaya si lo hay!

En los interludios, disfrutamos del cante alante por siguiriyas de Juañares, quien se estremeció en bellos desgarros secundado por el almíbar de la guitarra de Luis Miguel Manzano, y del desgranado por Bocadillo por soleá de Alcalá y Triana sobre los vuelos del cordaje de Juan Serrano, tocaor habitual de Güito y Manolete, entre otros grandes. El fin de fiesta, con el público entregado, tuvo la enjundia propia de lo que jamás pasa de moda, el colorido y los descaros que, como guinda, se espera que coronen un pastel fastuoso.

La noche siguiente y con también todo el papel vendido, cantó en la García Lorca María Vargas, quien, descendiente del Nitri y familia de artistas como La Perla de Cádiz y Aurora Vargas, pertenece a larga prosapia cantaora y -estrella del primer cuadro de Los Canasteros, el mítico tablao de Caracol– figura ya por derecho propio en la historia del cante. Su abuelo, herrero, brillaba alto por siguiriyas y soleá y a través de su padre aprendió ella, de niña, el cante por estos estilos.

Desde Jerez, para acompañarla con el son y la musical dulzura que por comparecencias anteriores le conocemos, subió guitarra en mano Miguel Salado y junto a ella tomaron posiciones como palmeros Barroso y Téllez, que suenan a collera de banderilleros codiciados por las figuras. Ya en sus comienzos por alegrías enganchó María Vargas a la audiencia -Casilda Varela, María Jesús Berzosa, Toni Maya, Marilí Coll, Toñi Benamargo, Antonio Marín, Marisol García Alonso, Rosa Pérez de Zoco Flamenco o Salomé Pavón, que la seguirá este sábado sobre el mismo escenario y con los Vargas de Badajoz a la guitarra- por sus juegos de sumo gusto con la melodía, y cosechó María olés en melismas por soleá que sonaron a rescoldos de noches antiguas que pervivieran en algún rincón de su alma. Clase en los fandangos, arriesgó con casta de gallera por martinete y bulerías y se gustó en gitanísimos remates por tangos, pero fue cantando por siguiriyas cuando la dolencia flamenca vibró en su pecho con más intensidad. Transida de recuerdos y emocionada de verdad, supo transmitir a todos, sin trampas ni falsetes, la grandeza de este palo matriz.

Siguen, pues, las veladas flamencas alumbrando las noches de Madrid, y seguiremos nosotros, Dios mediante, contándoselo. Entretanto, como aconseja Antonio Ortega, ¡sean felices!

Foto: José Luis Chaín

 

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