Cultura Transversal

Trump, Kipling y la “Ambulancia 13”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 22 abril, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Cuando escribimos estas líneas, Trump acaba de lanzar contra supuestos contingentes del Daesh y sobre Afghanistán -que en la televisión, al anunciar la acción, confunde con Iraq- la bomba más potente con que Estados Unidos cuenta en su polvorín después de la atómica. O eso se ha dicho, pues sólo ha trascendido un vago informe local dando cuenta de una centena de bajas, lo de cazar moscas con misiles, así que en principio la cosa suena a poco más que un castañazo contra el desierto, a un mero y propagandístico pronunciamiento muscular que cuadra al dedillo con el comprensible modo que Washington tiene de combatir al Daesh, no en vano la sección más importante en cuanto a estrategia geopolítica adscrita a su organigrama de Inteligencia. ¡Bombas contra el vacío! Una variante más del hecho bélico, pues guerras, la verdad, las hay para todos los gustos.

La de Ernst Jünger, mismamente. La lectura de sus diarios de guerra nos sume siempre en una suerte de letargo presidido por una placidez infinita. La guerra del capitán Jünger consistía en entrar en casas abandonadas -preferiblemente solariegas, si no castillos- con cuidado de no estropear nada y tomar acomodo junto a la chimenea para leer a los clásicos latinos de la biblioteca después de haber cenado las suculentas viandas abandonadas sobre la mesa, antes de emprender su precipitada huida, por los dueños. La suya fue una campaña de entomólogo y gourmet, lo que se entiende al repararse en que la toma de Francia por los alemanes en 1940 fue algo así como un paseo, pero sorprende mucho que Rudyard Kipling viviera tantas bucólicas experiencias casi, casi de ese corte un cuarto de siglo antes, cuando -enviado como corresponsal por el Buró de Propaganda de Guerra británico a fin de que sus crónicas fueran luego publicadas por el Daily Telegraph y varios diarios norteamericanos- anduvo con las tropas galas en las trincheras francesas y, luego, en los Alpes austríacos.

Porque la I Guerra Mundial fue de principio a fin no -como la de Trump en Afghanisraq– una baladronada de anfitrión bebido, ni -como la de Jünger- un barullo, unos cuantos atascos de carretera o una sucesión de agolpamientos de gentío en los andenes, ocasiones muy a propósito para visitar la bodega del cura, alcalde o gentilhombre más próximos. Tampoco una cuestión de pulcritud y horticultura, como nos la pinta Kipling. Fue una despiadada y masiva carnicería repugnante a la vista y sólo apta para supervivientes natos con callo en el estómago y el alma. En sus trincheras, hombres mutilados por los obuses o con los pulmones anegados de gases asfixiantes agonizaban entre estertores cada dos pasos, por lo que intriga un tanto que Kipling las recorriera como quien visita el metro, una granja avícola o un jardín en mal estado, pero cuyo aspecto se esfuerzan sus cuidadores, poco a poco, por mejorar.

Nos referimos a su libro Crónicas de la Primera Guerra Mundial (Fórcola), donde recoge aquellos escritos suyos sobre el terreno y en los que se nos antoja inaudito que la escabechina y el olor a pólvora y carne quemada pudieran inspirarle cosas como: “Esto lo escribo en un jardín de turba suave, bajo un haya roja y junto a la corriente cristalina de un molino, donde los soldados de los regimientos alpinos están también escribiendo cartas a sus casas”.. Lo mismo decimos de la atención por él prestada a las montañas donde eran excavadas lavanderías y capillas provisionales. ¡Una delicia de guerra!

Pareciera como si Kipling, en medio del infierno, siguiera instalado por su cuenta en esa dulzura de vivir desconocida, según Macmillan, por quienes no hemos disfrutado del mundo anterior a la I Guerra Mundial. O serán cosas de haber nacido en la India colonial. El caso es que, en la guerra de Kipling, los soldados y sus oficiales destacan sobre todo por su flema británica, su donaire al saludar con taconazo que es un gusto, su amor por las petunias y cosas así.

Desde luego, difícilmente podría escribir pasajes como esos el teniente médico Bouteloup, al mando del grupo de camilleros estresados en primera línea de fuego de Ambulancia 13, el excelente cómic de Cothias, Ordas y Mounier publicado por Yermo. Ya en este primer volumen de la serie –La cruz de sangre– todo -bajo la mirada y la sonrisa de uno de los ángeles esculpidos en la fachada de la Catedral de Reims- es sangre, cieno, impiedad y destrozo. Ni el teniente, ni sus hombres ni su enfermera principal, la bella hermana Isabelle, monja ahora pero que, en el mundo, fuera la Baronesa de Bach y, por tanto y como Melania Trump, arrastra un pasado, pueden permitirse dedicar su tiempo, como Jünger o -valga el caso- Kipling, a descorchar borgoñas, saborear guisos a las finas hierbas u observar la interesantísima vida del escarabajo de la patata, pues para ellos los muertos y heridos a los que han de recoger atravesando campos minados y batidos por el fuego de las ametralladoras distan mucho de ser figuras pintadas sobre un lienzo del siglo XIX. No pueden concederse el lujo de contemplarlos con esa mirada de conservador de museo.

El vívido dibujo y el colorido sin empalago con que los autores nos regalaban los ojos en su Nos, Anastasia R., álbum al que ya dedicamos unas líneas y cuya protagonista, la hija menor de Nicolás II, se asoma a Ambulancia 13 en un bien injertado cameo, no oculta bajo su notoria belleza la realidad espantosa de la matanza masiva e indiscriminada en la que el valor personal, los ideales y el honor guerrero juegan un papel casi nulo ante la sed de sangre de los burócatas y de los marchantes de ingenios destructores.

Ahora, quizá vayamos hacia algo aún peor: hacia la exaltación del honor discotequero en forma de bombazos contra la nada. Se acabaron tanto las guerras bucólicas como las desagradables. Si la Tregua de Navidad de 1914 sirvió para que los ejércitos recogieran y dieran sepultura a sus respectivos muertos, ahora la Ambulancia 13 sólo se ocupará de llevar a la piltra a presidentes con resaca, previo soplido en el alcoholímetro, que parece ir camino de reemplazar al ya obsoleto botón nuclear con el que Kennedy y Khruschev jugaban. Mientras soples y no dé positivo… ¡A tirar bombas!

Foto: José Luis Chaín

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: