Cultura Transversal

Madridgrado

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 6 mayo, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – “¡No pasarán!”… Hasta el penúltimo día de la guerra civil española, la propaganda republicana se hinchó de proclamar que Madrid iba a ser la tumba del fascismo, ignorante de que sí, lo sería, pero porque, a la vuelta de sólo unos pocos años, a lo que sus maltrechas calles en ruinas servirían en realidad de basamento sería a la erección del nacionalcatolicismo del Opus. Recuperando aquellos roncos ecos de miliciano replicados por los del Tercio desde las ventanas del Clínico, Fernando Castillo ha escrito para su editorial habitual -Fórcola- Los años de Madridgrado, un estudio sobre la visión negativa que acerca de Madrid habría sido alimentada desde la radio, el cine y la literatura del bando franquista y que el ensayista entronca con corrientes de pensamiento previas, exaltadoras de lo rural y críticas con el modo de vida urbano.

Podríamos, por supuesto, remontarnos hasta la muerte de Abel por Caín -primer fundador de urbes- y asumir que Mola pensaba en semejantes términos, pues todo en esta vida es susceptible de ser racionalizado mediante la dialéctica. Pero la verdad es que, pese a lo bien argumentado del libro, amenísimo para cuantos gustamos del juego literario en torno a aquellos personajes y ambientes, no sé hasta qué punto las plumas de los alzados denostaran a Madrid por “madrileña”, por símbolo de la vida pecaminosa atribuida a las ciudades o por encarnar un nido de rojos de mayor calado que otros enclaves. Quizá Madrid, simplemente, no hizo sino seguir en tal orden de cosas el destino de la Troya, la Numancia o la Stalingrado sometidas a largos asedios favorecedores de su idealización o demonización.

Por lo demás, Madrid era la capital del enemigo, pero no tanto por culpa de sus habitantes, muchos de los cuales rezaban a diario por que dejara de serlo, como por la torpeza de los sublevados. Se cuenta que el 18 de Julio de 1936 Manuel Mateo, antiguo dirigente del PCE pasado a la Falange, al enterarse de que paisanos y militares en armas se habían atrincherado en la ratonera del Cuartel de la Montaña, se indignó:

-¡Las revoluciones nunca se han hecho encerrándose en los cuarteles! ¡Hay que salir a la calle! ¡Ahora todo está perdido!

No sé muy bien, la verdad, por qué los nacionales iban a odiar Madrid si, entonces y ahora, todo aquel que quiere ser alguien viene aquí. Bueno… A lo mejor, por eso mismo, pues Castillo acierta al señalar que bastantes españoles de la época percibían en Madrid algo así como una versión hispana de Petrogrado, ya que, desde la proclamación de la II República, había dejado de ser la ciudad de la que Trotsky escribiera que: “A pesar de su electricidad y de sus bancos, Madrid es una ciudad provinciana. Movimiento sin objeto, ausencia de industria, abundancia de devoción hipócrita; se guarda rigurosamente el aspecto exterior de las buenas costumbres”. Las masas obreras y los empleados modestos habían “ocupado”, al hacer habitual su presencia en ellas, todas las zonas capitalinas consideradas hasta entonces, de modo tácito, como reservadas a la aristocracia y los pudientes. Había habido quema de iglesias y se había extendido la propaganda revolucionaria de tal modo que -las cosas, como son- hemos de dar la razón a quienes percibían en Madrid un trasunto ibérico de la Venecia del Norte.

Y es que el punto de destino de quienes en las décadas de 1920 y 1930 querían llegar a algo en la cosa de la revolución también era Madrid, pues no era lo mismo poner una bomba o zurrarse con los guardias al lado de la Cibeles que en Cazorla, donde el desmán no tiene ninguna trascendencia. En fin, que me parece que los nacionales “odiaban” a Madrid circunstancialmente y por razón de que les estaba costando conquistarla, de igual modo en que los rojos tildaban a Burgos de semillero de maldades por ser sede del gobierno de Franco, no por aborrecimiento a lo burgalés o a lo agrario en sí. Quien sí sentía tirrria hacia Madrid por el mero hecho de ser Madrid era, curiosamente, cierto sector de la coalición republicana: los separatistas de Esquerra y del PNV, llegando los segundos incluso a intentar pactar con Hitler la formación de una nación vasca independiente, cimentada sobre la exaltación de la raza euskalduna.

La animadversión hacia la urbe, nos recuerda Castillo, resulta rampante en Madrid: de Corte a checa de Foxá, quien sin embargo -como Neville o Camba, autor de Madridgrado– fue un urbanita nato. Pero no debemos olvidar que hablamos de una novela policíaca que, como es propio del género, refleja los desmanes y miserias de un entorno y una época. Más allá de ello, Foxá lo pasó en grande en Madrid antes y después de la guerra (no durante la misma, claro, pues le hubiesen pegado un tiro). Y está Madrid nuestro, de Giménez Caballero, que clama entre sollozos amar a Madrid porque hay que redimirla de su pecado de rojerío, por el que Dios la habría maldecido. Giménez Caballero escribió ante todo delirios, pero las chorradas soltadas a viva voz tienden a ser en épocas bélicas y de fanatismo -es verdad- sobrevaloradas y a resultar, pues, de lo más peligrosas.

De cualquier modo, no quisiera que estas palabras mías sonaran demasiado prosaicas, dando pie a pensar al lector que no creo en la intrahistoria y me quedo de natural con el pájaro en mano antes que con los ciento volando. Creo en ella. Y lo cierto es que el repaso de escritos debidos a Ortega y Gasset o al Onésimo Redondo que exaltara los sembrados y Castilla frente a la babilónica ciudad invitan a eso, a tomar en consideración, como Castillo lo hace, el eventual peso que -por encima de lo militar y del afán de victoria- pudieron ejercer sobre la llamada conciencia colectiva ciertos valores píos, provincianistas y literarios. Es probable que en el ánimo marcial de los integrantes del sindicato de remolacheros vallisoletanos fundado por Redondo pesara más la consigna de acabar con la chulería de los madrileños que se enseñoreaba de la Puerta del Sol que otras cosas de mayor calado.

Castillo nos traslada con su pluma, pues, al Madrid de los banquetes de María Teresa y Alberti, rapiñado por los revolucionarios locales y defendido por los internacionales; de las legaciones diplomáticas atestadas de refugiados; del Cine Europa convertido en checa; del escritor pernoctando en un panteón del cementerio, del que salía por las noches a echar un pitillo con el inquilino de la sepultura de enfrente; de las sacas de presos y los bombardeos ora con bombas, ora con pan; cuando era lo segundo, mi abuela adolescente corría en busca de las preciadas hogazas, que los milicianos impedían coger a los hambrientos, gritándoles:

-¡No os las llevéis! ¡Están envenenadas por los fascistas!

Un Madrid de emboscados, agentes secretos, torturadores y buitres actuando en connivencia con -o gracias a la vista gorda de- un Gobierno unas veces cómplice de sus desmanes y otras, simplemente, acojonado. El Madrid de las prostitutas, la lucha por el día a día, los asesinatos masivos perpetrados con esa aquiescencia no del todo extraoficial de las autoridades… El Madrid que se aprestaba a defender Bogart en Arco del Triunfo y en el que parecía quedar un sólo ángel, llamado por cierto El Ángel Rojo y que había sido novillero antes que sindicalista. Un Madrid muy visitado por la novelística, muy bien retratado por Fernando Castillo en esta obra y del que la visión difundida por los sitiadores no estaba tan desenfocada. Un Madrid de cine negro, de chulería y muerte y que a día de hoy, gracias a Dios y a pesar de sus nostálgicos, está mucho más tranquilo.

Mejor así, creo yo…

Foto: José Luis Chaín

 

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2 comentarios

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  1. Eduardo Rodríguez said, on 8 mayo, 2017 at 11:05 am

    Ya eres un maestro con la pluma, pero cuando hablas de estos temas lo bordas.Un abrazo siempre

  2. Joaquin Albaicin said, on 8 mayo, 2017 at 10:11 pm

    Un abrazo y gracias por leerme.


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