Cultura Transversal

Oswald: “Teoría de la Conspiración”

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 13 mayo, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Vaya por delante que Teoría de la Conspiración (Navona) de Javier Garcia Sánchez es una investigación escrita con excelente pulso literario. Además, como cinéfilo que lleva años esperando el cumplimiento por Robert De Niro de su promesa de rodar la continuación de El buen pastor, celebro toparme con otro hombre de letras devoto también de esta buenísima película sobre la CIA y sus miserias morales. Diré asimismo que nos hallamos ante uno de esos libros altamente probatorios de que, en contra del parecer de tanto burócrata, quienes de verdad podemos arrojar luz sobre enigmas históricos como el asesinato de Kennedy, la resurrección de la Gran Duquesa Anastasia o el vuelo de Rudolf Hess a Escocia somos nosotros los escritores, no los profesores, pues éstos no escriben libros, sino refritos con aceite ya muy oscuro y pasado.

Así y en buena lógica, lejos de ser tal, esta Teoría de la Conspiración conforma una paciente y meticulosa puesta en orden -por descontado que con talante justiciero- de un caudal de informaciones relativas al magnicidio de Dallas ya conocidas por los investigadores y seguidores del mismo, pero, por una u otra razón, generalmente omitidas o dadas a conocer sólo con un sesgo muy selectivo, de modo que el conjunto de los hechos y su sentido queden desdibujados a fin de poder servir a los propósitos preconcebidos de cada ensayista… o del servicio de inteligencia que con mayor o menor discreción apadrinó cada libro.

En realidad y como bien afirma García Sánchez, de que a Kennedy lo asesinó la CIA -que tenía tomada y bajo absoluto control, si bien de modo extraoficial, la Plaza Dealey- con el beneplácito de Lyndon B. Johnson y por encargo de varios millonarios texanos, existen numerosas pruebas que no dejan de serlo sólo porque una Comisión Warren por completo mediatizada -si no dirigida- por la Agencia prefiriese omitirlas: ahí están, entre otros, los testimonios de agentes retirados como Hunt, Sturgis, Atlee, Morrow o Nagell… O el de Roscoe White, marine en Atsugi como Oswald, policía en Dallas y hombre de la Agencia que confesó por escrito en su diario haber disparado a Kennedy y matado al agente Tippit, segunda víctima atribuida a Oswald, patsy o cabeza de turco de esta historia…

También, de que Oswald fue un agente de la Inteligencia Naval norteamericana, organismo que junto con la CIA se ocupó de crear su leyenda o falsa biografía, incluido aquel viaje a México que nunca realizó. O de que Jack Ruby no sólo era el hombre del capo Sam Giancana en Dallas, sino de que Bobby Kennedy le había usado en su momento como mediador para obtener de los cubanos la libertad del mafioso Santos Trafficante. O de que -como quedara bien sentado en el libro de William Reymond JFK. El último testigo (La Esfera de los Libros)- uno de los tiradores de Dallas fue Marc Wallace, asesino al servicio de Lyndon B. Johnson. Por cierto que García Sánchez nos pone aquí también sobre la pista de Charles Harrelson, sicario a sueldo del mejor postor y muy a menudo del padrino Carlos Marcello, a fuer de padre de Woody Harrelson -sí, el de Cortina de humo– y que aparece -excelente en su papel- en la famosa foto de los “mendigos” de la Plaza Dealey.

Y, como igualmente sostiene el autor, no resulta de rigor excluir de la investigación a las decenas de personas relacionadas con el caso que a lo largo de los años fueron muriendo -asesinadas, “suicidadas” o víctimas de enfermedades fulminantes- por hablar demasiado o justo antes de comparecer a prestar testimonio en juicio: desde la amante de Kennedy -Mary Pinchot Meyer- al hombre para todo de la Mafia -Johnny Rosselli- o George de Morenschildt, colocado por la Agencia al lado de Oswald a modo de controlador sobre el terreno, al igual que el matrimonio Paine, cuyas biografías -en realidad, leyendas- transparecen asimismo muy claramente como diseñadas por Langley. Entre los oportunos cadáveres abundan los agentes de policía y paisanos que afirmaron haber visto a otros tiradores en la zona o que Oswald, Ruby y Tippit se conocían, y más que bien, desde bastante antes de los sucesos de Dallas… Deposiciones que la Comisión Warren ignoró o, directamente, cambió sin permiso de los declarantes al editar sus conclusiones. Grata sorpresa, por cierto, encontrarnos también por aquí con Mark Lane, abogado de Oswald que, unos años después, sería también asesor legal del gurú de la secta Templo del Pueblo y uno de los pocos supervivienes -¡por los pelos!- de la hecatombe de Guyana, otro episodio lacrado con el sello de las chapuzas de la Agencia.

La reconstrucción de modo ejemplar hilada por García Sánchez es en gran medida la traslación literaria a la hoja en blanco del laberíntico mundo de espejos, sugerencias y muñecas dentro de otra muñeca de la JFK de Oliver Stone, película cuya revisión nunca nos decepciona, así como una réplica al sometimiento de la verdad a las veleidades literarias y al discurso bienpensante perpetrado por Mailer en su novela-ensayo sobre Oswald. Pero es también una propuesta de tipo académico menos irónica de lo que pudiera antojarse, por cuanto somos invitados por él a pensar no tanto en Oswald como a Oswald. Con el subtítulo: “La mentira en política”, Oswald podría, sugiere, “ser una interesante asignatura impartida en cualquier facultad de ciencias políticas avanzadas que decidiese ser en verdad pionera” .

No le falta razón sobre el carácter arquetípico ni la riqueza de fondo del pionero que fue Oswald -él, sí- entre los habitantes de Homeland, ese -más que una serie- género televisivo en el que con total desparpajo se nos presenta a Pakistán -lacayo de Estados Unidos- como enemigo de Washington y a Irán -fustigador incansable de Al Qaeda y Daesh– como un aliado de estos. Hace falta, sí, repensar a Lee Harvey Homeland. Porque, como la vida sigue, también continúa el juego, sin cesar de suministrar al homo mediaticus chivos expiatorios diseñados en la misma fábrica. ¡Qué gran mentira es la política! Tan grande, que ha logrado convertir en pura falacia hasta la propia Historia…

Foto: José Luis Chaín

 

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