Cultura Transversal

Desde el desierto

Posted in Autores, Censura y Libertad, Literatura by paginatransversal on 1 junio, 2017

por Antonio Ríos Rojas – Hace tiempo que esperaba la oportunidad de ponerme en marcha hacia el desierto, para desde allí, escuchado sólo por lagartos y serpientes, denunciar en voz alta y clara al demonio de nuestro tiempo, es decir a aquel al que todos sirven como a un dios y cuyo nombre les revelaré más adelante.

La oportunidad para predicar en el desierto me la brindó un artículo publicado hace unas semanas en “El español”, titulado “el derribo de la cultura”, firmado por Carlos Mayoral. A través de él recibía, sin excesiva sorpresa, la noticia de que la literatura se verá recortada en los institutos a manos del PP.

Mientras leía el artículo se cocían dentro de mí el lógico desasosiego y, a su vez, la risa; extraños ingredientes para un mismo plato. El desasosiego es obvio para todo aquel que haya o que no haya leído el artículo, ya que la enseñanza no tiene solución en España ni en ningún país que goce de las viandas neoliberales. He de recordar a este respecto que la filosofía es en Alemania y en Austria materia optativa desde hace decenios, mientras que en España ha sido obligatoria en los dos últimos cursos del bachillerato hasta día de hoy. Alemanes y austriacos, quienes, por cierto, sin tener filosofía y literatura como troncales en sus institutos, leen infinitamente más a los grandes escritores que nosotros los españoles, quienes durante decenios tuvimos a esas asignaturas como un inamovible desfile de nombres ilustres. Sepan, pues, que con esta terrible medida del PP, España no es la primera, sino de las últimas en caer. Pero la caída no tiene mérito, aunque sea uno el último en hacerlo, sobre todo porque esta caída se parece más bien a un arrojarse a la vía del tren.

Pero ¿por qué al desasosiego le acompañaba la risa? ¿Por qué me reía yo? Se lo voy a decir, se lo diré a riesgo de que la risa les acompañe a ustedes también y de que sea yo no sólo la causa sino el objeto de sus risas, pues sí, hasta cierto punto, lo que afirmaré en estas líneas es propio de un enajenado. Esperen y verán. Mientras iba leyendo el citado artículo, me sorprendí a mí mismo en una carcajada cuando me di cuenta de que las elegíacas letanías que iba leyendo, no eran sino espejismos en un oasis. Me di cuenta en un instante de que los lamentos del autor del artículo no eran proferidos por la pérdida de algo que existe, que tenemos y que nos arrebatan. Me di cuenta de que lo que supuestamente existe, lo que supuestamente tenemos: la literatura, la filosofía, Cervantes, Dickens, Unamuno, Gustavo Bueno –por citar algunos de los nombres que iba leyendo-, no los tenemos en realidad desde hace ya mucho tiempo, y la mayoría de las personas no los han tenido nunca. Me daba cuenta de que sólo tenemos sus nombres y de que la mayoría dejan asomar tales nombres en el umbral de sus bocas sólo para proferir con ellos elegiacas letanías –quiero puntualizar que no es ese el caso de Carlos Mayoral, autor del artículo referido-. Me iba dando cuenta –y la risa iba aumentando y sustituyendo al desasosiego- de que hace tiempo que a Cervantes, a Dickens a Unamuno, por no hablar de Gustavo Bueno (en cuyo caso la carcajada se me hacía bien sonora), no los lee en este país ni Cristo. Si no los leen ni aquellos que los tuvieron en un temario de bachillerato que ahora echan de menos, ¿a qué tanto lamento por dejar de escuchar esos nombres en el bachillerato venidero? ¿Llorar por ser desprovistos de grandes nombres de los que no han leído ni cien páginas la mayoría de los profesores que hoy deberían ilustrarnos en ellos? Profesores, la mayoría de los cuales formados en ese sistema cultifilsteo que comenzó en los años ochenta y que mantenía a la filosofía y a la literatura para lavar la imagen de un hombre al que ya se le preparaba para ser una máquina eficaz, y cuyo resultado evidente son las legiones de ignorantes que invaden hoy toda España. Pero, ¿dónde está el quid de la cuestión de todo este asunto, aparte de en la hipocresía? ¿Por qué las cosas que dignifican y afinan el espíritu –empleo la cita de Unamuno que trae Mayoral- han desaparecido desde hace tiempo y se empeñan aún más en desaparecer?

Les había prometido exponerme a sus risas y hasta ahora probablemente no se las haya despertado. Les había prometido que escucharían la voz de un enajenado. Ya es hora de que la escuchen y no repriman más la saludable risa, pues voy a tocarles sus fibras, sus cuerpos, sus almas, su fe. Oigan una voz que clama en el desierto: Ustedes y yo somos esclavos de un demonio al que tomamos por un dios. Ustedes y yo somos esclavos del demonio del progreso, y este demonio envió a su hijo para condenarnos a todos, envió a internet. Sé que van dudando ya de mi integridad psíquica, y que mi fatalismo no sólo rebasa el artículo de Mayoral, sino lo que ustedes esperaban de mí. Sé que al analizar el creciente malestar de nuestro tiempo son otras las causas que se sacan a la luz, causas de apariencia más carnal, más inmediata, pero hoy el verdadero tabú es señalar al progreso y a “la red” como el verdadero demonio. Y cuando algún neoilustrado como Savater señala “las contradicciones del progreso”, hace que estas consistan en que no hay suficiente progreso, siendo el espíritu retrógrado que anida en los hombres lo que impide la parousía del progreso. A la postre, los males del progreso, sus “contradicciones” se superarían para estos ilustrados con más progreso, tal como las carencias de la democracia alcanzarían su cura con más democracia. Ir más allá de esto es ser considerado como un apestado.

El progreso nos permite vivir noventa años, pero ¿para qué fin? ¿para leer a todos los literatos y filósofos que Mayoral menciona, o para leer el diario Marca y biografías de celebrities y políticos? El progreso es el demonio e internet es su hijo encarnado. Y tal como San Pablo advertía a los gálatas de que no había libertad sin Cristo, la teología del progreso advierte y proclama que no hay libertad sin internet. “Un telón de acero se cierne sobre Europa”, dijo Churchill refiriéndose al comunismo. Un extraño telón etéreo, volátil se cierne ahora sobre el universo, y todos ignoran que es un telón, porque todos han hecho de él un dios, y todos convertirán en un loco o en un melancólico retrógrado a aquel que se atreva a denunciar esto. El éxito rápido, la eficacia productiva a toda costa (y, de ser posible, bajo la marca “España”) que quería el ministro Wert se alía con el dios de la información y de la velocidad, internet. Y estimados lectores, si ustedes quieren de verdad dejarse impregnar por Cervantes, por Dickens, olvídense de la información y de la velocidad. ¿No se dan cuenta de que el enemigo está en sus fibras, en sus cuerpos, en sus almas, en su fe? ¿Reconocen ahora que, desde hace tiempo, la mayoría de nosotros tomamos de los grandes espíritus y creadores sólo sus nombres para utilizarlos como letanías elegíacas? ¿No se dan cuenta? ¿No ven que el enemigo está muy dentro de cada uno de nosotros, y que se presenta bajo los cantos de sirena de la velocidad y de la comodidad? ¿No ven que son esos enemigos los que les impiden tener un trato amoroso, renovador, espiritual, con esas grandezas humanas que andan perdidas en libros, libros que cada vez se multiplican más y más, y de los que cada vez se leen menos y menos, salvo los más próximos a parecerse a la basura? Quizás ustedes reflexionen y me digan “usted también navega en este mar de internet y se comunica con nosotros a través de este medio”. Sí, pero créanme que yo vivo internet no como una navegación, sino como un descenso a los infiernos, infiernos que veo cada vez más decorados con imágenes celestes, y donde se leen pancartas como “elija usted aquello a lo que quiera acceder, pues usted es libre y este es el reino de la libertad”. Créanme que yo espero el momento de decir para siempre adiós a este demonio, y espero hacerlo antes de que la muerte me separe para siempre de él. Puede que usted se sienta a salvo, y que navegue en internet protegido en un crucero, consciente de que la red es sólo un mero instrumento del que servirse ocasionalmente, pero la inmensa mayoría de seres humanos navega en canoa por los océanos de internet, expuestos a tenebrosas tempestades que ensordecen la llamada serena y acogedora que invita a leer esa lista de grandes nombres, literatos y filósofos. Pero si usted no es de mar sino de secano, le diré que internet es un inmenso invernadero de cultivo de analfabetos, es decir de cultivo de seres que jamás se sentarán a leer a ningún autor de la lista de letanías.

El telón neoliberal del que participa no sólo el PP sino todo este podrido mundo, es el que ha encumbrado a un dios que, como todos los dioses se presenta como garante de la libertad y que nos envenena día tras día con la gran tentación que dice: “Pondré todos los reinos de este mundo bajo tus pies con tal de que me adores”. Así tentó Satanás a Cristo en el desierto, y el hombre moderno, casi sin saberlo, casi sin quererlo, ha sucumbido a la tentación, pues todos los reinos de este mundo se nos ofrecen día a día a través de “la red”, abriendo el horizonte infinito de la información, pero cercenando el cielo luminoso que permitía el acceso concentrado, íntimo, amoroso y transfigurador a las grandes obras del espíritu humano. Ya es hora de que alguna voz, a riesgo de que sea tomada como la voz de un loco, diga alto: “Apártate de mí Satanás”.

Escuché hace algunos días a mi admirado Antonio Escohotado dedicarle al demonio la más culta de las alabanzas: “Internet es el intelecto agente de Aristóteles”, dijo. Sin pretender insertarme en cuestiones complejas sobre el intelecto agente en Aristóteles, resumiré para todos las palabras de Escohotado: “Internet es Dios y nosotros participamos de su omnisciencia”. Internet que, de haber entonces existido, podría haber cabido en la “Historia de las drogas” de Escohotado, es hoy un dios para él, y aquel cuya voz se atreva a denunciar a este dios como falso, pasaría a formar parte de la larga lista de “Los enemigos del comercio”, obra por otra parte monumental y única. La definición que Escohotado da de internet como “el intelecto agente” es interesante, pero es beata. Yo propongo otra, menos intelectual, más profética: “Internet es el mundo entero”, y nunca se conoció una religión más pagana que la del progreso actual, que endiosa a lo mundano y a la rapidez, cuando otrora las religiones fueron modelos de lo contrario, de la trascendencia del mundo, de la lentitud y del ascetismo. Internet es el mundo entero en una bola de cristal, el sueño que todo nigromante deseaba ver reflejado en la suya. Quien tiene en su bola mágica al mundo entero, lo busca todo, lo quiere todo, para terminar por no reposar en nada. Quien da vueltas y vueltas a su bola de cristal busca ya sin aventura, sin la aventura que exigen dos palabras que reclama Mayoral en su artículo: imaginación y reflexión. Jamás se tuvo más capacidad imaginativa y reflexiva que en aquellos prefilósofos griegos quienes, dirigiendo su mirada al mar y al cielo y careciendo no sólo de internet sino de libros, imaginaban y reflexionaban. Capacidad de imaginar y de reflexionar que incluía un componente importante, la posibilidad de errar. Pero la KGB, la Gestapo de la información, a nadie permite ya errar, y todas las imaginaciones y reflexiones propias son frenadas por vacuos policías de información, armados con frases que supuestamente pronunció este o aquel, frases sacadas de contexto, no pocas veces falseadas. Pero la grosería de esta nueva policía es infinita.

Volviendo a Antonio Escohotado, no es extraño que se haya convertido en liberal, pese a que aún se defina como socialdemócrata. Oigo quejarse cada mañana a otro admirado periodista de que hoy no hay liberalismo en España –ni en Francia-, de que hasta el PP es en el fondo socialdemócrata, pero el asunto es al revés, el asunto es que el liberalismo se disfraza de social democracia, y se disfraza tan bien que llega a camuflarse, porque la verdad es que ambas cosas son lo mismo. La verdad es que el liberalismo y el progreso a toda costa están omnipresente, es el aire que ustedes respiran, lo tienen ahí, en sus propias fibras, en sus cuerpos, en sus almas, en su fe. Cada día, a cada minuto está delante de ustedes un falso sancta sactorum: internet y el progreso imparable. Es igual que nuevas voces políticas se alcen en el mundo desarrollado contra el liberalismo, ninguna reconocerá dónde reside la fuerza de este, quién es en realidad su dios. Y en este país, para su mayor desgracia, el único partido político con amplitud de voto que duda –moderadamente- del neoliberalismo no es sino una banda despreciable y miserable, que sólo se salvan de ser despreciados y repudiados cuando, a ratos, su insólito infantilismo los convierte meramente en seres ridículos.

Sé que algunos de ustedes no se ríen, sino que temen mis palabras, pues piensan que estoy insinuando algo parecido a lo que el Gran Inquisidor le reveló en sueños a Iván Karamazov, es decir, que la libertad es el enemigo, el demonio. Pero les garantizo que nada han de temer de mis palabras, y que más bien habrían de temer, al menos un poco, a aquellos que les dicen: “Pondré el mundo entero bajo tus pies con tal de que me adores”. Y ahí tienen el mundo entero a sus pies, delante de la pantalla del ordenador, delante de su teléfono, ahí está por fin consumada la gran tentación del demonio a Cristo. Sí, lo digo como voz que clama en el desierto, internet es el mal. Wert, el PP, el PSOE, todos, con más o con menos hipocresía (es decir, dejen o no a la literatura en el bachillerato), son siervos de Satanás, del que pone el mundo bajo sus pies y que cada día, a cada hora, se interna en sus fibras, cuerpos, almas, en su fe, para impedirle a usted y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos acceder a un mundo en el que no sólo conozcan los nombres de los grandes, y los pronuncien como elegías ante la pérdida de un fantasma, sino en el que se sientan elevados, interpelados y transformados a través de ellos.

Voy terminando, y lo hago con la sensación de que me he quedado solo, y de que ya ustedes no dudan en calificarme cuanto menos de “extravagante”, un loco que ha osado calificar de diablo al dios actual. Asumo y respeto sus juicios, asumo mi soledad, y me doy por contento con que tras de leer estas líneas ustedes hayan reflexionado, me doy por satisfecho con el hecho de haberme insertado en sus ojos y en sus mentes, vestido con harapos y alimentándome de saltamontes, como aquel profeta. No gritaré como él “Convertíos, haced penitencia, que otro más grande que yo viene tras de mí”, pues nada ni nadie viene detrás de mí. Nada hay después de internet. Nada ni nadie frenará al progreso ni a su todopoderoso hijo internet. Es el dios al que adoran y sirven a cada minuto, el que ha corrompido para siempre no sólo la educación, sino el verdadero grial, el cerebro humano. Pese a todo, formularé la pregunta, ¿seremos capaces de liberarnos?

Antonio Ríos Rojas es Doctor en Filosofía por la Universidad de Salamanca, profesor de instituto por oposición de 1998 a 2012. Actualmente vive alejado de la enseñanza. Autor del libro “Lev Tolstoi su vida y su obra” (Rialp, 2015)) y de numerosos artículos publicados en Nómada, Revista de Occidente, Themata, Revista Española de Filosofía Medieval, Espéculo, etc… sobre autores y temas diversos (filosofía medieval, Cervantes, Sloterdijk, Richard Wagner, Leibniz, etc… ).

Imagen: Väinö Hämäläinen (Finlandia, 1876-1940) – Hombre leyendo, 1897.

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