Cultura Transversal

“Gangsters” en Tampa

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 10 junio, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – El comisario Adamsberg, insólito sabueso de las novelas de Fred Vargas, nos desvela en una de ellas –La tercera virgen (Siruela)- que la vida de los sicarios del crimen organizado es, en realidad, rutinaria. Por la mañana, dormir. Por la tarde, trapicheos. Por las noches, chicas guapas. Los domingos, madres. Yo no lo percibía de modo tan realista cuando, de niño, me sentía fascinado por los ternos de raya diplomática, los sombreros de ala corta, las pistolas, las partidas de cartas y las coristas de brillantes muslos a quienes veía en las películas como elementos indisociables de los deberes cotidianos del gangster.

Se trata sin duda de un mundo extinto, visto desde la perspectiva de estos días en los que mi referente ético de cara a tratar con políticos -que no trato, ni creo que trate en el futuro- es, sin duda, Francisco Paesa, no exactamente un gangster, pues va siempre por libre, pero que se da un aire. Ese mundo desaparecido, precisamente, ha titulado Dennis Lehane su última novela, publicada por Salamandra y que -no como la de Vargas, donde Adamsberg se refiere a dos camellos de poca monta- sí versa en torno a las peripecias de verdaderos gangsters, es decir, de italianos.

Ahora, todo ha cambiado. Cuando Mario Puzo escribió El Padrino, cuenta Arturo San Agustín que, al poco de publicarse la novela, se encontró con que alguien –“un grupo importante”– había saldado sin decirle nada toda la deuda que el escritor arrastraba con los casinos de Las Vegas. Hoy, el mundo del crimen organizado ha olvidado la clase, esos detalles, y se centra sobre todo en la pederastia -que horrorizaría a cualquier gangster de bien- y los ciberdelitos, perpetrados por individuos a buen seguro mal indumentados y alimentados con comida basura. El hacker es, de por sí, un cobarde que no da la cara ni se juega el tipo, que es lo que siempre -con el Peter Clemenza de El Padrino como arquetipo- cimentaba el prestigio de un pistolero a las órdenes de Sam Giancana o Lucky Luciano. Incluso el protagonista de Ese mundo desaparecido, Joe Coughlin, que se ocupa ahora del frente legal y oficinesco de la familia Bartolo, está ahí por haber dado antes el callo en las aceras y haberse labrado una reputación de hombre de redaños.

En sus oídos de ex cobrador del frac no cesa de zumbar el rumor de que aLguien ha ordenado su asesinato coincidiendo con el Miércoles de Ceniza. ¿Será cierto? Y de serlo, ¿qué porvenir aguarda a su hijo? Con mucha frecuencia le perturba la visión de otro niño, pero este sin rostro, espectral. Sucede últimamente en muchas novelas, el niño fantasma está de moda… Coughlin es un gangster de la época dorada, de los días de la II Guerra Mundial, cuando Luciano se aburre en la cárcel, la mujer del alcalde de Tampa está muy buena, Meyer Lansky -con ayuda de Coughlin- manda en Cuba y Carlos Marcello, el padrino de Nueva Orleans, ignora que algún día tendrá que decidir si se involucra o no en la muerte de un presidente que, por el momento y aunque conoce muy bien a su padre, sólo es un joven que combate a los japoneses desde una lancha torpedera en el Pacífico.

El mejor descrito de los personajes en esta novela que a Stephen King le parece la mejor del género desde El Padrino es Vivian Ignatius Brennan, un sicario apodado El Santo “porque había más hombres que le rezaban a él cuando estaban a punto de morir que a San Antonio o a la Virgen”. Es además un tío educadísimo. Aunque ha de admitirse que tampoco era mala gente Carlos Marcello, a quien el narrador de la novela se refiere como un hombre cuyo trato, si no invadías su territorio, resultaba sumamente agradable. Así era, sin duda. Un lobo no tiene la culpa de que los chapuceros con complejo de sobrados confundan con debilidad -y, a veces, reiteradamente- su condescedencia o piedad. El resultado lógico es que el lobo termine pegando al listo crecido la del pulpo. El mundo de los gangsters, como otros, no es para ir de gracioso y, aunque todos nos hayamos pasado ya tres pueblos en eso de “civilizarnos”, esta ley continúa vigente. Es peligroso tomar la clemencia por mansedumbre. Y más, en los negocios. Porque nada de estas cosas son personales. Sólo negocios. Y los negocios, se rematan.

Una lectura en verdad didáctica, la de Ese mundo desaparecido, de Lehane.

Foto: José Luis Chaín

 

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