Cultura Transversal

El doctor Guevara

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 17 junio, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – Tras nuestras reflexiones de días atrás sobre Lee Harvey Oswald, volvemos a la Guerra Fría y al mundo ya virtual de Kennedy. Hoy toca traer a escena al comandante con boina a quien todo Santa Clara se despertaba para ver.

Porque como un hombre “muy divertido que sabía reírse de sí mismo y de los demás” recordaba a Ché Guevara en estos días, en una entrevista, un hermano suyo, el mismo a quien hace años, cuando el rumor de la muerte del guerrillero en Bolivia ya circulaba por redacciones, cancillerías y cuarteles, tomara Tico Medina en el aeropuerto de Barajas unas declaraciones apresuradas para Pueblo. Desde las carencias que me impone el no haberle conocido, mi impresión es la de que el Ché poseía un agudo sentido de la ironía y tal vez del humor en general, pero… siempre y cuando hablara de política. Esa mordacidad suya, no exenta de condescendencia, resulta a menudo patente en la charla colgada en varias páginas de internet y que en 1964 mantuvo para la cadena ABC con Lisa Howard, primera estadounidense que había entrevistado a Khruschev y que también hizo una interviú a Fidel Castro, quien, según la reportera consignó en su diario, le “hizo el amor con mucha eficacia”, como buen admirador de Stajanov que el Querido Comandante en Jefe era.

Me parece, en fin, que, como la mayor parte de quienes rigen su conducta y ordenan sus pensamientos en consonancia con los versículos laicos de una ideología, Guevara debió ser un contertulio amenísimo -durante un rato- en el curso de una conversación de política índole, mas no muy locuaz cuando de otros asuntos se tratara.

Vamos a ver, abramos el tebeo. Digo lo del tebeo porque no soy seguidor en ningún sentido del Ché, pero sí del cómic de su vida –Ché. Una vida revolucionaria– que Sexto Piso está publicando en tres entregas, de las que acabo de recibir la segunda, El doctor Guevara, en la que los pinceles de José Hernández y el guión de Jon Lee Anderson se centran en la etapa en que Ernesto Guevara aún no había desembarcado en Cuba. Prácticamente toda la gente con quien en estas viñetas el futuro insurgente y ministro se relaciona son individuos vinculados a la revolución. No hay palabra salida de sus labios que no tenga que ver con esa obsesión o idea fija suya. Si se acuesta o tiene un hijo con una señorita, es porque mientras esto sucede está hablando con ella de la revolución. Si se marcha de un país es por no soportar que, en él, apenas nadie esté pensando en la revolución ni luchando por ella. Si va a Guatemala o México es también debido a su sospecha de que, en esas tierras, la gente va a echar más cuentas a sus soliloquios sobre el peñazo de la revolución. Y, se abstiene de hacerse tratar en serio su afección asmática, es para no perder en ella un tiempo valioso que pueda demorar el advenimiento de la revolución. Y es que, como escribió en su día antes de salir hacia Tegucigalpa: “He jurado ante una estampa del viejo y llorado camarada Stalin no descansar hasta ver aniquilados a estos pulpos capitalistas”.

Este volumen de la trilogía se centra en unos tiempos en los que Guevara es aún un desconocido que no ha sido presentado a Gagarin y a quien nadie tiene interés en retratar salvo los fotógrafos ayudantes de la policía en la diligencia de la toma de huellas dactilares a alborotadores sospechosos de ir a reincidir. Nadie supone aún, creo, la importancia que su filosofía activista adquirirá en la agitación de tensiones políticas durante toda la segunda mitad del siglo XX, mancha de aceite que llega hasta hoy con su pegajosa estela, pues la disparatada situación por que atraviesa, por ejemplo, Venezuela es del todo incomprensible si no se repara en el carácter de resaca del guevarismo detectable en el postchavismo.

Cada viñeta del cómic se nos sirve envuelta como en una atmósfera de smog similar al que tizna el aire y los edificios del D. F. por el que pasea Guevara en los días en que Raúl Castro, seguidor de Joselillo de Colombia, frecuenta los tendidos de la Plaza México. Unos tiempos a los que Lee Anderson y Hernández nos devuelven con su arte evocador y de un colorido diríase que nostálgico de lo no vivido. Eso, en el fondo, es ante todo el arte: ¡evocación! En fin, que muy buen cómic…

Foto: José Luis Chaín

 

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