Cultura Transversal

Temperaturas cantaoras

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 20 junio, 2017

"JOAQUÍNpor Joaquín Albaicín – No sé si la culpa será del calor ni tampoco si en todas partes se sufre las mismas temperaturas que en Madrid, pero no acabo de entender esta moda, diríase que extendida por doquier, de salir de casa con una bolsa bomba y hacerse estallar por los aires en una plaza, o liarse a tiros en un aparcamiento, o empezar a asestar puñaladas a derecha e izquierda en mitad de la calle, o empotrar el coche en una tienda, y de la que ya no ostentan la exclusiva los terroristas movidos por alucinaciones, servicios secretos o resacas ideológicas, pues parece haberse apuntado a ella -y con gran entusiasmo- la gente pretendidamente normal. Lo último ha sido lo de la diputada francesa que, en el trance de verse insultada en la calle por un detractor, se ha propinado ella misma tal puñetazo que se ha desplomado sin conocimiento sobre la acera. En medio de tanta chaladura, yo prefiero combatir la ola de calor acercándome al Café Central a escuchar al Flamenco-Jazz Quartet de Pedro Ojesto interpretar una soleá o, mismamente, su siguiriya dedicada a la Puerta del Sol sin zurrar a nadie. Me parece cosa mucho más sensata y de mejor provecho.

Porque opciones frente al desatino, además del deslizarse de los dedos de Ojesto sobre el teclado, creo que no faltan en estos días. La otra noche, con todo el bochorno que caía sobre el asfalto, gente del toro y del flamenco –Juan Bellido Chocolate, hoy discípulo en las clases de cante de Rafael Jiménez Falo; María Vargas, Rocío Díaz, Salomé Pavón, María Larroca, José Manuel Gamboa…- nos personamos en los Teatros del Canal donde Pansequito y La Cañeta -sustituta ésta de Aurora Vargas, a quien una lesión impidió salir a escena- colgaron el No hay billetes en una de las más esperadas noches de la Suma Flamenca.

Y acertamos de pleno, porque los dos protagonistas del cartel pertenecen a una generación a la que resulta imprescindible escuchar si se quiere degustar y tomar el pulso al cante forjado en una época dorada para nuestro arte, en la que duende, bohemia y trato de tú a tú con estrellas del cine, figuras del toreo y grandes de todos los géneros configuraban el día a día de la vida flamenca. Todo ese bagaje noctámbulo, así como el haber aprendido de los viejos, resulta patente en el paladar, en los acentos con que los cantaores de esas añadas dicen y sienten cada estremecimiento. Porque en el flamenco se trata, creo, de eso, de -cada cuál como su corazón le dicte- acertar a decir un pálpito, dando evanescente forma, en molde único, a un sentimiento.

Asi, La Cañeta amasa y echa a la sartén los cantes con energía de dragón hembra y ya en el ígneo fulgor con que abordó las bulerías por soleá entusiasmó a la audiencia. Después, maniobrando con el mantón como un mago con sus prestigios y tras el interludio de unos fandangos de José Salazar llenos de sabor en la intención, volvió a dejar bien sentado, por bulerías y tangos y entre aclamaciones, que sigue siendo quien es… y por qué razones. Al timón de su sonanta de redondos remates, supo Antonio Soto conducir a buen puerto la nao de esta volcánica mujer que, allá donde va, la forma gorda de verdad.

Y allí estaba, para liar también la suya con un muletear más despacioso y flemático, Pansequito, que es la elegancia, el temple y el absoluto dominio del ritmo empapando un metal de gitanísima plasticidad. Y que es, sobre todo, un distribuidor de certezas. Escuchar el cante de Panseco despeja todas las dudas que pueda el más neófito albergar a propósito de qué sea y qué no sea flamenco. El enorme peso de los melismas que porta en los bolsillos de su americana torna inevitable la sensación de que se está escuchando a un grande. Antes de sus emblemáticas bulerías flanqueadas por las palmas de Chícharo de Jerez y Rafael Junquera, en las que siempre entusiasma en el pasaje en que se acuerda a su manera de Jeros de Los Chichos, y de esos fandangos en pie y al filo de la corbata con que terminó de prender la leña del entusiasmo con maneras de flamenco eterno, cantó por soleá y taranto -palos en que suspiró la flauta de Juan Parrilla– con pesarosa andadura y dolencia de la buena. Seguido con temple, inteligencia y fino oído por la guitarra de Manuel Salado, dejó tercios por soleá de los que no se olvidan y descerrajó la puerta grande con el empaque y señorío propios de una auténtica figura.

Porque no sólo todos los besos no son iguales, como canta Remedios y unos no sirven y otros, no valen. Lo mismo pasa con las puertas grandes. Esta fue de las legítimas.

Foto: José Luis Chaín

 

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